SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21) Capítulo 4 La grieta en la razón
40%

Capítulo 4 La grieta en la razón

El quinto día decidí resistir. No podía seguir así.

El trabajo se acumulaba, los mensajes de Lukas y Anna se volvían cada vez más insistentes y mi reflejo en el espejo mostraba a un hombre que apenas reconocía: mejillas hundidas, ojos febriles, piel pálida como si la sangre se me estuviera escapando gota a gota.

– Esta noche no vendrás –dije en voz alta al apartamento vacío mientras preparaba café–. Me quedaré despierto. Leeré, trabajaré, haré cualquier cosa menos esperarte.

Sonaba ridículo hablarle a la nada, pero necesitaba escucharme decirlo.

El día fue un infierno de concentración rota.

Logré entregar una propuesta mediocre y rechacé una videollamada con un cliente nuevo.

A las nueve de la noche me senté en el sofá con una pila de libros que nunca había abierto.

Encendí todas las luces del apartamento.

Puse música alta, algo de techno berlinés que normalmente me ayudaba a enfocarme.

Bebí café negro hasta que me temblaron las manos.

Cada media hora miraba el reloj y me repetía el mismo mantra:

– No aparecerá. No la necesito.

A las dos de la madrugada el cuerpo me traicionó.

El cansancio acumulado cayó sobre mí como una manta pesada.

Luché contra el sueño. Me pellizqué los brazos, me lavé la cara con agua fría, caminé de un lado a otro del salón.

Pero los párpados se me cerraban solos. Me senté en la cama solo un momento, prometiéndome que sería breve.

Desperté con un jadeo cuando sentí frío en las muñecas.

Seraphyx estaba sobre mí, completamente desnuda, con las rodillas a cada lado de mis caderas. Sus sombras oscuras me sujetaban las muñecas y los tobillos contra el colchón, extendiéndome como una ofrenda. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de enojo y deseo.

– Intentaste rechazarme –dijo con voz baja y peligrosa–. Pasaste horas luchando contra lo inevitable. Eso me molesta, Felix.

Tragué saliva. Mi polla ya estaba dura, traicionándome antes de que pudiera abrir la boca.

– Solo quería… descansar una noche –murmuré.

Ella se inclinó hasta que sus pechos rozaron mi pecho. Sus labios casi tocaron los míos.

– Descansarás cuando yo lo permita. Esta noche aprenderás lo que significa negarme.

No hubo besos suaves ni caricias preliminares. Seraphyx se deslizó hacia abajo y tomó mi polla en su boca, succionando con fuerza y rapidez. El placer fue inmediato y abrumador. Justo cuando sentía que iba a correrme, se detuvo. Se sentó sobre mi cara, presionando su sexo húmedo contra mi boca.

– Lame –ordenó.

Obedecí con desesperación. Mi lengua trabajaba frenéticamente mientras ella se movía contra mí, usándome para su placer.

Cada vez que mis caderas se sacudían buscando fricción, las sombras apretaban más fuerte, impidiéndome cualquier alivio.

Ella alcanzó el orgasmo con un gemido largo, inundándome la boca y la barbilla con su humedad.

Luego bajó otra vez y repitió el proceso: me chupó hasta llevarme al borde, se detuvo, me montó la cara, se corrió, y volvió a empezar.

Una hora. Dos. Perdí la cuenta. Mi cuerpo estaba cubierto de sudor. Mi polla palpitaba dolorosamente, roja e hinchada, goteando líquido preseminal que ella lamía con lentitud cruel. Supliqué. Lloré. Le prometí cualquier cosa.

– Por favor, Seraphyx… déjame correrme. Haré lo que quieras.

Ella se detuvo con mi glande entre sus labios y me miró desde abajo.

– Dilo más claro. Admite que me necesitas más que al aire, más que a tus amigos, más que a tu cordura.

Respiré entrecortado. Las lágrimas me escocían en los ojos.

– Te necesito más que al aire. Más que a nadie. Por favor… soy tuyo. Solo tuyo.

Seraphyx sonrió con satisfacción oscura y se subió sobre mí.

Descendió de golpe, envolviéndome por completo.

Empezó a cabalgarme con movimientos rápidos y profundos.

Las sombras soltaron mis tobillos para que pudiera levantar las caderas y follarla desde abajo.

El alivio fue tan intenso que grité. Cuando por fin me permitió correrme, el orgasmo me atravesó como un rayo.

Me vacié dentro de ella en oleadas interminables mientras ella se corría a la vez, apretándome con sus músculos internos.

Quedé destrozado, jadeando, con el cuerpo temblando sin control. Seraphyx se acostó a mi lado y pasó los dedos por mi cabello empapado de sudor.

– ¿Ves lo que pasa cuando luchas? –murmuró.

Asentí débilmente. Ya no tenía fuerzas para resistir.

Los días siguientes fueron un borrón. Mi madre llamó desde Hamburgo. Su voz sonaba más débil que la última vez; la quimioterapia la estaba dejando sin energía.

– Hijo, ¿cómo estás? ¿Puedes venir a visitarme pronto?

Escuché sus palabras y sentí un pinchazo de culpa, pero la respuesta que salió de mi boca fue automática:

– Pronto, mamá. Tengo mucho trabajo ahora.

Colgué y me quedé mirando el teléfono. Apenas recordaba la última vez que había ido a verla. Mi vida anterior se desdibujaba.

Esa misma noche Seraphyx apareció temprano. No hubo dominación inmediata. Se sentó en la cama y me atrajo hacia su regazo como si fuera un niño. Me abrazó mientras yo apoyaba la cabeza en sus pechos fríos. Por primera vez hablamos sin prisa.

– Cuéntame de tu infancia –pidió con voz suave.

Le hablé de Hamburgo, del padre que se fue cuando tenía nueve años y de la madre que tuvo que trabajar doble turno para criarme sola. Le conté del vacío que siempre había sentido, de cómo nada lo llenaba hasta que ella llegó.

Seraphyx escuchaba en silencio, pasando los dedos por mi cabello.

– Los humanos siempre cargan vacíos. Yo los lleno… por un tiempo. Contigo quiero llenarlo más tiempo.

Sus palabras me conmovieron. Por un momento vi algo parecido a ternura en sus ojos negros.

Esa noche no follamos con violencia. Hicimos el amor con lentitud.

Ella se movió sobre mí con movimientos suaves, besándome profundamente mientras yo entraba y salía de su cuerpo.

Cuando nos corrimos juntos fue casi dulce, un clímax largo y compartido que me dejó con lágrimas en los ojos.

Pero la dulzura duró poco.

Al día siguiente perdí un cliente importante. El correo llegó claro:

– Tu trabajo de las últimas semanas ha bajado mucho de calidad. Lamentamos informarte que terminamos la colaboración.

Me quedé mirando la pantalla con las manos temblando. Sabía que era verdad. Mi mente ya no estaba en los diseños. Solo estaba en ella.

Lukas insistió en venir a casa esa tarde. Abrí la puerta de mala gana. Entró, miró alrededor y frunció el ceño.

– Esto está hecho mierda, Felix. Hay ropa tirada por todos lados, platos sucios… y tú pareces un fantasma. ¿Qué coño te pasa?

Intenté bromear, pero la voz me salió rota.

– Nada. Solo una mala racha.

Él se acercó y me agarró del brazo.

– Anna y yo queremos ayudarte. Ven a quedarte unos días con nosotros. Sal de este apartamento.

La idea de alejarme de Seraphyx me provocó un pánico inmediato. Me solté con brusquedad.

– No necesito ayuda. Estoy bien. Solo déjenme en paz.

Lukas dio un paso atrás, herido.

– Estás eligiendo esto, lo que sea que te esté pasando, por encima de nosotros.

No respondí. Lo acompañé a la puerta y la cerré detrás de él. Me apoyé contra la madera y cerré los ojos. La culpa me apretaba el pecho, pero debajo de ella ardía algo más fuerte: la necesidad de que Seraphyx regresara y me hiciera olvidar todo.

Esa noche ella apareció y me encontró sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos. Se arrodilló frente a mí y levantó mi rostro.

– Elegiste quedarte –dijo con suavidad.

Asentí. Lágrimas silenciosas rodaron por mis mejillas.

– Sí. Te elijo a ti.

Seraphyx me besó con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Me llevó a la cama y me hizo el amor otra vez, lento y profundo, susurrándome al oído que ella era todo lo que necesitaba. Mientras me corría dentro de ella, sentí que la grieta en mi razón se hacía más grande.

Ya no sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba ella.

Y por primera vez, esa idea no me aterrorizaba.

Solo me hacía desear que la grieta se abriera del todo y me tragara entero.