SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21) Capítulo 3 Cadenas invisibles
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Capítulo 3 Cadenas invisibles

El tercer día amaneció con una niebla espesa que envolvía Kreuzberg como un sudario gris.

Me desperté con el cuerpo pesado, como si hubiera corrido una maratón en sueños.

La marca en el cuello había bajado de tono, pero seguía allí, un recordatorio silencioso.

Me miré en el espejo del baño mientras me afeitaba y noté las ojeras más pronunciadas.

Mis ojos parecían más hundidos. Sacudí la cabeza y seguí con la rutina, pero cada pasada de la navaja me devolvía el recuerdo de sus dedos fríos.

El trabajo se volvió imposible. Abrí el archivo de la campaña publicitaria y me quedé mirando las líneas vectoriales sin verlas. Cada vez que intentaba concentrarme, la voz de Seraphyx susurraba en mi mente:

– Buen chico.

Mi polla reaccionó al instante. Maldije en voz baja y cerré el portátil. Necesitaba salir, moverme, recordar que existía un mundo fuera de esa habitación.

Bajé a la calle y caminé sin rumbo por el canal.

El aire frío me golpeaba la cara, pero no lograba despejar la niebla dentro de mi cabeza.

En un café pequeño cerca de Görlitzer Park pedí un espresso doble.

Mientras esperaba, saqué el teléfono y vi tres mensajes perdidos de Anna.

Contesté con un escueto “Todo bien, mucho trabajo” y guardé el aparato.

Regresé al apartamento cuando la tarde empezaba a oscurecer.

Me duché otra vez, dejando que el agua caliente cayera sobre mis hombros.

Al cerrar los ojos, la vi. No era un recuerdo.

Estaba allí, dentro del vapor, de pie frente a mí en la ducha.

Su piel pálida brillaba mojada. El cabello negro se pegaba a sus pechos como hilos de tinta.

– No puedes estar aquí –murmuré, aunque mi cuerpo ya se inclinaba hacia ella.

– Puedo estar donde quiera –respondió Seraphyx con esa voz grave que me erizaba la piel–. Especialmente donde tú estás desnudo y pensando en mí.

Me empujó suavemente contra los azulejos.

Sus labios bajaron por mi cuello, succionando la marca antigua hasta que gemí.

Sus manos exploraron mi pecho y finalmente envolvieron mi erección.

Me masturbó con movimientos lentos mientras el agua caía sobre nosotros.

Intenté tocarla, pero ella sujetó mis muñecas con una fuerza sorprendente y las levantó por encima de mi cabeza.

– Quédate quieto –ordenó.

Obedecí. Sus sombras cobraron vida: filamentos oscuros que surgieron del suelo del baño y se enroscaron alrededor de mis muñecas y tobillos, inmovilizándome contra la pared. El pánico duró un segundo. Luego llegó el placer cuando ella se arrodilló y tomó mi polla en su boca.

El calor húmedo combinado con las sombras que me sujetaban me llevó al borde en minutos.

Seraphyx succionaba con ritmo perfecto, girando la lengua alrededor del glande cada vez que subía.

Mis caderas querían moverse, pero las sombras me mantenían pegado a los azulejos.

Solo podía gemir y suplicar con la mirada.

Cuando sentí que iba a correrme, ella se detuvo.

Se levantó, se dio la vuelta y apoyó las manos en la pared, ofreciéndome su trasero perfecto.

Las sombras soltaron mis muñecas solo para que pudiera agarrar sus caderas.

Entré en ella de un empujón. Estaba mojada, apretada, caliente.

Empecé a follarla con fuerza bajo el agua que seguía cayendo.

Cada embestida producía un sonido húmedo que se mezclaba con nuestros jadeos.

– Más fuerte –exigió ella.

Aceleré. Mis dedos se clavaban en su carne pálida.

Seraphyx empujaba hacia atrás, encontrando cada movimiento mío.

El orgasmo llegó como una explosión. Me corrí dentro de ella con un gruñido ronco, sintiendo cómo sus músculos internos me apretaban y ordeñaban hasta la última gota.

Ella alcanzó el clímax segundos después, temblando contra mí.

Las sombras desaparecieron tan pronto como terminamos. Seraphyx se giró, me besó en los labios con suavidad y salió de la ducha como si nada. Cuando cerré el agua y miré alrededor, ya no estaba. Solo quedaban mis piernas temblorosas y el vapor que empañaba todo.

Esa noche intenté trabajar un poco más. Logré terminar dos propuestas, pero el cliente me respondió con correcciones que normalmente habría resuelto en diez minutos.

Me tomó casi dos horas. Mi concentración se rompía cada pocos minutos.

Veía su rostro en el reflejo de la pantalla. Sentía sus manos en mi nuca.

A la mañana siguiente Anna me llamó. Contesté porque sabía que insistiría hasta que lo hiciera.

– Felix, ¿qué te pasa? Lukas dice que estás raro desde la sesión. ¿Estás enfermo?

– Solo mucho trabajo –respondí, intentando sonar normal–. Deadline tras deadline.

Hubo un silencio.

– Nos preocupas. Quedemos esta tarde en el café de siempre. Solo un rato.

Dudé. Parte de mí quería verlos, volver a la normalidad. Pero la otra parte, la que ya empezaba a sentir hambre de Seraphyx, solo quería quedarse en casa y esperar.

– Está bien –cedí al final–. A las cinco.

El café estaba lleno de estudiantes y freelancers. Anna y Lukas ya estaban sentados en una mesa junto a la ventana. Ella me abrazó fuerte al verme. Lukas me dio una palmada en la espalda.

– Joder, Felix, pareces que no has dormido en una semana –dijo Lukas sin rodeos.

– Gracias, tú también te ves genial –contesté con sarcasmo forzado.

Anna me miró con preocupación genuina.

– En serio. Tienes ojeras y estás más delgado. ¿Estás comiendo bien?

Asentí y pedí un café solo. La conversación fluyó al principio sobre tonterías: el nuevo local de cervezas, el último chisme del barrio. Pero pronto Anna volvió al tema.

– Desde la sesión esotérica estás diferente. ¿Pasó algo esa noche?

Me removí en la silla. La marca en el cuello me picaba bajo la bufanda.

– Nada. Me reí un rato y ya.

Lukas entrecerró los ojos.

– Te vi mirando fijamente a la nada al final. Parecías… hipnotizado.

– Estaba borracho –mentí–. El incienso me mareó.

Anna no parecía convencida. Extendió la mano y tocó mi brazo.

– Si necesitas hablar, estamos aquí. No tienes que cargarlo todo solo.

Sus palabras me golpearon más fuerte de lo esperado.

Por un segundo quise contárselo todo: la aparición, el sexo, las sombras, el placer que me hacía olvidar mi propio nombre.

Pero entonces imaginé sus caras. Preocupación.

Miedo. Quizá lástima. Y lo peor: que intentaran ayudarme. Que intentaran alejarme de ella.

– No pasa nada –dije con voz más dura de lo que pretendía–. Estoy bien. Solo necesito enfocarme en el trabajo.

El resto de la tarde fue tenso. Lukas intentó cambiar de tema varias veces, pero Anna me miraba con esa expresión que decía que no me creía. Cuando nos despedimos, ella me abrazó más tiempo del normal.

– Cuídate, Felix. Por favor.

Caminé de regreso a casa con un nudo en el estómago. Me sentía culpable por mentirles, por alejarlos. Pero la culpa duró poco. Al subir las escaleras del edificio, el deseo ya empezaba a crecer otra vez. Quería que Seraphyx apareciera. Necesitaba sus manos, su voz, su cuerpo.

Esa noche no tuve que esperar mucho.

Apareció en el sofá mientras yo intentaba ver una serie en la televisión. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirándome con calma. Me levanté y me acerqué sin decir nada. Ella extendió la mano y yo la tomé. Me atrajo hacia sí hasta que quedé de rodillas frente a ella.

– ¿Tuviste un mal día? –preguntó con suavidad.

Asentí.

– Mis amigos… se preocupan.

Seraphyx pasó los dedos por mi cabello.

– Los humanos siempre se preocupan por lo que no entienden. ¿Les contaste de mí?

– No.

– Bien.

Se inclinó y me besó en la frente.

– Esta noche te recompensaré por tu lealtad.

Me hizo desnudarme allí mismo. Luego usó sus sombras otra vez: filamentos oscuros que me ataron las muñecas a la espalda y me obligaron a mantener las rodillas separadas. Seraphyx se sentó en el borde del sofá y abrió las piernas. Su sexo brillaba húmedo frente a mí.

– Lámeme –ordenó.

Me incliné hacia adelante, limitado por las ataduras.

Mi lengua recorrió sus pliegues con devoción.

Sabía dulce y salada, como un pecado antiguo.

Ella gemía bajito y guiaba mi cabeza con una mano.

Cada vez que encontraba el ritmo correcto, apretaba los muslos alrededor de mi cara.

Me perdí en el acto, lamiendo, succionando, penetrándola con la lengua mientras mi polla palpitaba dolorosamente sin tocar nada.

Cuando estuvo cerca del clímax, me apartó.

Se levantó, me dio la vuelta y me empujó sobre el sofá con el pecho contra los cojines y el culo en alto.

Sus sombras mantuvieron mis muñecas sujetas.

Sentí su cuerpo cubrir el mío desde atrás.

Sus pechos se apretaron contra mi espalda.

Luego entró en mí… no con un pene, sino con algo hecho de oscuridad sólida y caliente que presionó contra mi entrada trasera.

Gemí cuando me penetró lentamente. El placer era extraño, profundo, mezclado con una ligera quemazón que solo lo hacía más intenso. Seraphyx empezó a moverse, follándome con embestidas controladas mientras su mano alcanzaba mi polla y la masturbaba al mismo ritmo.

– Ríndete –susurró en mi oído–. Deja que te tome.

Lo hice. Me corrí con fuerza sobre los cojines del sofá, gritando su nombre mientras ella continuaba penetrándome hasta que también alcanzó el orgasmo. Las sombras se disolvieron. Me quedé allí, jadeando, con el cuerpo tembloroso y la mente en blanco.

Seraphyx se acostó a mi lado y me abrazó desde atrás. Su cuerpo frío contra el mío caliente era reconfortante.

– Estás empezando a entender –murmuró–. Cuanto más te entregas, mejor se siente.

Asentí débilmente. Pero en el fondo, una pequeña voz empezaba a susurrar que algo no estaba bien. Había perdido horas de trabajo. Había mentido a mis amigos. Mi cuerpo se sentía más cansado cada día. Aun así, cuando ella besó mi nuca y me dijo que era suyo, solo pude responder con un susurro:

– Sí… soy tuyo.

Las cadenas invisibles se apretaban un poco más cada noche. Y yo, en lugar de luchar, empezaba a disfrutar cómo se hundían en mi piel.