Capítulo 2 El eco de su nombre
Desperté con un sobresalto cuando la luz gris de la mañana se filtró por las cortinas.
El cuello me ardía justo debajo de la mandíbula.
Me llevé la mano y palpé la marca suave, como si unos labios hubieran presionado allí con fuerza.
El recuerdo de la noche anterior me golpeó de lleno: Seraphyx moviéndose sobre mí, el placer que me había dejado vacío y lleno al mismo tiempo.
Me senté en la cama y miré alrededor. El apartamento seguía igual, pero el aire se sentía más denso.
Me levanté tambaleándome hasta el baño. El espejo empañado me devolvió una imagen que apenas reconocí. Ojos hundidos, barba de dos días y esa marca roja en el cuello que empezaba a tomar un tono violáceo. Pasé los dedos por ella. No dolía. Al contrario, un cosquilleo cálido se extendió por mi piel.
– Fue un sueño –me dije en voz alta–. Demasiado whisky, el ritual estúpido y mi mente jugando trucos.
Pero el semen seco en mi vientre y la sensación de saciedad entre mis piernas contaban otra historia.
Preparé café fuerte en la cocina diminuta.
El líquido negro humeaba mientras intentaba reconstruir los hechos con lógica.
Lukas y Anna me habían llevado a una sesión esotérica.
Yo me había burlado. Había visto a una mujer hermosa y había pensado cosas sucias.
Luego, en casa, ella había aparecido. Me había follado como nadie.
Fin de la historia. Excepto que nada de eso tenía sentido.
El día en el estudio freelance fue un desastre. Tenía que entregar tres propuestas de branding. Abrí el programa y me quedé mirando la pantalla sin ver nada. Cada vez que parpadeaba, veía esos ojos negros observándome. Mi mano temblaba sobre el mouse. A mediodía, Lukas me escribió:
– ¿Todo bien, hermano? Ayer te fuiste raro.
Contesté con un simple “Sí, solo cansado” y apagué el teléfono. No quería explicaciones. No quería que nadie me preguntara por la marca en el cuello.
Regresé a casa temprano, con la cabeza pesada. Me duché con agua caliente hasta que la piel me quedó roja. Mientras me enjabonaba, mis dedos rozaron la marca. El recuerdo del tacto frío de Seraphyx me invadió. Mi polla reaccionó de inmediato. Apoyé la frente en los azulejos y cerré los ojos.
– Basta –murmuré–. No puedes obsesionarte con una alucinación.
La noche cayó sobre Kreuzberg con su ritmo habitual. Me tumbé en la cama con una cerveza en la mano y encendí la televisión para distraerme. Nada funcionaba. Cada sombra en la habitación parecía moverse.
Entonces el aire cambió.
Fue sutil al principio, como una corriente fría que recorrió la habitación.
La luz de la lámpara parpadeó una vez. Levanté la vista y allí estaba ella, de pie junto a la ventana.
Llevaba el mismo vestido negro, pero esta vez parecía más sólida, más presente.
Su piel pálida contrastaba con la oscuridad del exterior.
– Volviste –dije, y mi voz salió más ansiosa de lo que pretendía.
– Te prometí que lo haría –respondió Seraphyx. Se acercó con pasos silenciosos y se detuvo a un metro de la cama–. ¿Intentaste convencerte de que fui un sueño, Felix?
Asentí sin vergüenza.
– Es lo que cualquier persona normal haría.
Ella soltó una risa baja, musical.
– Pero tú no eres normal. Eres el hombre que me miró en ese sótano y pensó en follarme sin pedir permiso, sin miedo.
Extendió la mano y rozó la marca en mi cuello con la yema del dedo. El contacto envió una descarga directa a mi entrepierna.
– Me gustó esa honestidad. Por eso regresé.
Me incorporé hasta quedar sentado en el borde de la cama. Mis ojos recorrieron su figura sin disimulo. Quería tocarla, comprobar que era real.
– ¿Qué quieres de mí?
Seraphyx se sentó a mi lado. Su muslo rozó el mío y sentí el frío agradable a través de la tela.
– Quiero lo que tú quieres. Placer. Entrega. Una conexión que los humanos rara vez se permiten.
Su mano subió por mi pierna con lentitud deliberada.
– Anoche te di un adelanto. Hoy aprenderás a obedecer un poco.
Tragué saliva. El corazón me latía fuerte.
– ¿Obedecer?
– Sí –sus dedos llegaron a mi entrepierna y presionaron suavemente sobre la erección que ya crecía–. Esta noche no te tocarás hasta que yo lo permita. Y cuando te lo ordene, me mirarás a los ojos todo el tiempo.
Asentí antes de poder pensarlo. Ella sonrió con aprobación y se levantó. Con movimientos elegantes se quitó el vestido, revelando su cuerpo desnudo. Mis ojos devoraron cada detalle: los pechos firmes con pezones oscuros, la curva perfecta de sus caderas, el triángulo oscuro entre sus piernas.
Seraphyx se acercó y me empujó suavemente hacia atrás hasta que quedé acostado.
Se subió sobre mí a horcajadas, pero sin dejar que entrara en ella.
Solo frotó su sexo húmedo contra mi polla dura, arriba y abajo, en un movimiento lento y tortuoso.
Gemí e intenté levantar las caderas, pero ella colocó una mano en mi pecho y me mantuvo quieto.
– Quieto –ordenó con voz suave pero firme–. Siente. Solo siente.
El placer era agonizante. Cada roce de sus labios inferiores contra mi glande enviaba ondas de fuego por mi columna. Mis manos se aferraron a las sábanas. Quería agarrarla, penetrarla, tomar el control, pero algo en su mirada me impedía moverme.
– Por favor –murmuré después de varios minutos de esa tortura deliciosa.
Seraphyx se inclinó sobre mí. Sus pechos rozaron mi pecho.
– ¿Por favor qué, Felix?
– Déjame entrar en ti.
Ella negó con la cabeza lentamente.
– Todavía no.
Bajó más y tomó mi polla en su mano. Empezó a masturbarme con movimientos precisos, lentos, deteniéndose justo cuando sentía que iba a correrme. Una y otra vez. El sudor me cubría la frente. Mis músculos temblaban por el esfuerzo de contenerme.
– Eres hermoso cuando suplicas –susurró cerca de mi oído–. Tan humano, tan lleno de necesidad.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, se posicionó y descendió sobre mí de un solo movimiento. El calor apretado de su interior me arrancó un gemido ronco. Empezó a cabalgarme con ritmo controlado. Mis manos subieron a sus caderas, pero ella las sujetó y las colocó sobre mi cabeza.
– Mírame –exigió.
Lo hice. Esos ojos negros me atraparon por completo. Mientras me follaba con movimientos cada vez más rápidos, sentí que algo más profundo ocurría. No era solo mi cuerpo. Era como si ella estuviera bebiendo de mí, no solo placer, sino una parte de mi energía.
El orgasmo se construyó lento e inevitable. Cuando llegó, fue devastador. Me corrí dentro de ella con fuerza, gritando su nombre mientras mi visión se nublaba. Seraphyx se tensó sobre mí y alcanzó su propio clímax con un suspiro largo y tembloroso.
Se quedó sentada sobre mí unos minutos, recuperando el aliento. Luego se inclinó y besó la marca en mi cuello con ternura.
– Buen chico.
Me sentía exhausto, pero extrañamente vivo. Mi cuerpo vibraba con una satisfacción que nunca había experimentado. Seraphyx se acostó a mi lado y pasó los dedos por mi pecho en círculos perezosos.
– ¿Quién eres realmente? –pregunté después de un rato, con la voz ronca.
Ella giró la cabeza para mirarme.
– Una entidad que se alimenta de deseo y entrega. Los humanos me llaman succubo, pero ese nombre es solo una etiqueta. He existido mucho antes de que vuestras iglesias me temieran.
Hizo una pausa y su expresión se suavizó un poco.
– Contigo es diferente, Felix. Tu insolencia en el ritual me llamó de una forma nueva. No solo hambre. También curiosidad.
– ¿Curiosidad por qué?
– Por un hombre que me deseó sin vergüenza, sin pedir permiso, sin miedo a parecer sucio.
Sus dedos bajaron hasta mi abdomen.
– La mayoría reza o huye. Tú solo pensaste en follarme.
Solté una risa débil.
– Y mira dónde estoy ahora.
Seraphyx sonrió.
– Exacto. Y seguirás aquí porque lo deseas.
Se incorporó un poco y me miró con seriedad.
– Pero cada vez que vengo, tomo algo de ti. No es gratis, Felix. La energía que te doy de vuelta es mayor, pero siempre hay un precio pequeño.
Pensé en la marca en mi cuello, en la fatiga que sentía ahora.
– ¿Qué precio?
– Un poco de tu vitalidad. Nada que no puedas recuperar con descanso.
Besó mi hombro.
– ¿Te arrepientes?
Negué con la cabeza.
– Todavía no.
Ella pareció satisfecha con la respuesta.
Pasamos el resto de la noche hablando en voz baja.
Me contó fragmentos de épocas antiguas, de hombres que la habían llamado en rituales olvidados, de cómo algunas ciudades antiguas la conocían bajo otros nombres.
Yo le hablé de mi vida en Berlín, del trabajo que me mantenía a flote pero que no me llenaba, de la soledad que disimulaba con sarcasmo y cervezas con amigos.
Por primera vez en años sentí que alguien me escuchaba de verdad.
Cuando el amanecer empezó a teñir el cielo, Seraphyx se levantó.
– Volveré pronto –dijo mientras el vestido se acomodaba solo sobre su cuerpo–. Descansa, Felix. Y no luches contra esto. Solo déjate llevar.
Desapareció en la misma esquina oscura de siempre. Me quedé solo, con el cuerpo saciado y la mente llena de ella. El eco de su nombre resonaba en mi cabeza como una melodía que no podía dejar de repetir.
Seraphyx.
Sabía que estaba metiéndome en algo peligroso. Sabía que cualquier persona racional habría buscado ayuda o se habría mudado. Pero mientras cerraba los ojos y sentía el placer residual latiendo en mis venas, solo podía pensar en una cosa: cuánto tiempo pasaría hasta que regresara.
Y cuánto estaba dispuesto a dar para que lo hiciera.