SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21) Capítulo 1 Susurros desde el velo
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SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21)

SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21)

Por Camila W. Graveheart

© inepub.com

Capítulo 1 Susurros desde el velo

Me llamo Felix Weber y nunca creí en nada que no pudiera tocar con las manos. Esa noche de finales de octubre, sin embargo, todo cambió.

Lukas Müller me había insistido durante semanas.

– Vamos, Felix, solo es una sesión esotérica entre amigos. Nada serio, algo de ambiente y risas.

Anna Schmidt, su novia, había agregado con esa sonrisa que siempre convencía a medio mundo:

– Te va a servir para desconectar del diseño. Llevas meses enterrado en pantallas.

Acepté porque el aburrimiento me pesaba más que la duda.

Kreuzberg bullía de vida como siempre, con sus grafitis frescos y el olor a döner saliendo de cada esquina.

Bajamos por una calle estrecha cerca del canal hasta un viejo inmueble rehabilitado.

El sótano tenía una puerta de metal oxidado.

Lukas golpeó tres veces y alguien abrió desde dentro.

El aire estaba denso, cargado de incienso y humedad antigua. Velas gruesas formaban un círculo irregular en el suelo. Unas diez personas estaban sentadas en cojines raídos. Me senté entre Lukas y Anna con una cerveza tibia en la mano.

El que dirigía el ritual era Heinrich, un tipo flaco de barba larga y ojos que no parpadeaban. Empezó a hablar en voz baja sobre portales y entidades que responden a la llamada sincera. Yo contuve una risa.

– Entidades –repetí en mi cabeza–. Como si unas velas y palabras bonitas pudieran cambiar algo.

Heinrich comenzó el cántico. Voces bajas se unieron, repitiendo sílabas extrañas. El humo subía en espirales lentas. Cerré los ojos por cortesía, pero los abrí pronto. No pasaba nada. Todo seguía igual de ridículo.

Entonces la vi.

Al principio fue solo una sombra más densa en el borde del círculo.

Parpadeé. La figura se definió. Una mujer alta, de piel extremadamente pálida y cabello negro que caía en ondas pesadas hasta la cintura.

Sus ojos eran pozos negros sin fondo. El vestido sencillo se pegaba a su cuerpo marcando cada curva con descaro.

– Joder –murmuré sin poder contenerme.

Lukas me miró de reojo, pero yo no aparté la vista. La mujer no se movía como los demás. Flotaba más que caminaba. Su presencia llenaba todo el sótano. Sentí un calor subir por el pecho.

– Con esta sí la pongo –pensé, y la idea salió tan clara y sucia que casi la dije en voz alta. Imaginé mis manos en esa cintura, su piel fría contra la mía, esa boca gimiendo mi nombre.

Heinrich elevó la voz en un llamado final. La figura se volvió hacia mí. Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible. Nadie más reaccionó. Solo yo sentí ese escalofrío que me recorrió la columna.

La sesión terminó entre aplausos flojos y comentarios nerviosos. La gente se levantó. Yo me quedé sentado un momento más, con el pulso acelerado. Cuando miré de nuevo hacia donde había estado ella, ya no había nada.

Lukas me palmeó el hombro.

– ¿Viste? Te dije que valía la pena. Te quedaste callado al final.

– Sí, claro –respondí con una sonrisa forzada–. Muy místico todo.

Salimos a la calle. El aire frío de Berlín me golpeó en la cara. Todo parecía normal otra vez. Me despedí de ellos con un abrazo rápido y caminé solo hacia mi apartamento en la Reichenberger Straße.

El edificio era viejo, con escaleras que crujían. Mi departamento en el tercer piso era pequeño: sofá gastado, mesa llena de bocetos y la computadora siempre encendida. Me serví un whisky y me dejé caer en la cama sin encender la luz grande.

El reloj marcaba las dos y media cuando el aire cambió. Una presión sutil, como si la habitación se hubiera hecho más pequeña. Abrí los ojos. La oscuridad era más densa en una esquina, cerca del armario.

Entonces apareció.

Estaba allí, de pie, a menos de tres metros. La misma mujer del sótano. Su piel brillaba débilmente. El vestido negro se adhería a sus curvas. Sus ojos negros me observaban con calma.

– ¿Quién carajos eres? –pregunté, y mi voz sonó más ronca de lo esperado.

Ella dio un paso adelante. Sus pies descalzos no hicieron ruido.

– Seraphyx –respondió. Su voz era grave, antigua y nueva al mismo tiempo–. Viniste a buscarme esta noche, Felix Weber. Tus palabras fueron… directas.

Me senté completamente en la cama.

– Esto es una broma, ¿verdad? Lukas te mandó o algo.

Seraphyx inclinó la cabeza. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

– No fue una broma cuando dijiste que me pondrías. Lo escuché todo. Cada pensamiento sucio que cruzó por tu mente mientras me mirabas.

Hizo una pausa y sus ojos bajaron por mi cuerpo un instante.

– Me gustó. Hace mucho que nadie me desea con tanta honestidad.

Sentí calor subir por el cuello. Estaba excitado y aterrado. Mi erección presionaba contra los pantalones sin que pudiera evitarlo.

– ¿Cómo entraste aquí? –insistí.

Ella se acercó hasta el borde de la cama. Extendió la mano y rozó mi mejilla con las yemas de los dedos. El contacto frío envió una corriente directa a mi entrepierna.

– Las puertas que abren los deseos no necesitan llaves. Tú me invitaste con tu insolencia. Ahora estoy aquí para darte lo que pediste.

Tragué saliva. Mis ojos bajaron sin querer a la forma de sus pechos, a la curva de sus caderas.

– Esto no puede estar pasando –dije, pero no me moví.

Seraphyx se inclinó sobre mí. Su cabello cayó como una cortina oscura alrededor de mi rostro.

– Puedo irme si lo deseas, Felix. Solo dilo.

No lo dije. En cambio, levanté una mano y la posé en su cintura. Era sólida. Real. La atraje hacia mí. Nuestras bocas se encontraron en un beso hambriento. Su lengua se deslizó contra la mía. Sabía a miel oscura y promesas.

Mis manos bajaron por su espalda y apretaron sus nalgas. Ella se subió a horcajadas sobre mis piernas sin romper el beso. Sentí el calor entre sus muslos. Con un movimiento fluido se quitó el vestido. Su cuerpo era perfecto: pechos llenos, cintura estrecha, caderas anchas.

Se posicionó sobre mí y descendió lentamente, envolviéndome centímetro a centímetro. El placer fue tan intenso que vi puntos de luz. Empezó a moverse con un ritmo hipnótico. Sus manos se apoyaron en mi pecho mientras sus caderas giraban.

– Dime que me deseas –pidió entre jadeos.

– Te deseo –respondí sin dudar–. Desde que te vi en ese sótano. Quería follarte hasta que no pudieras caminar.

Seraphyx sonrió con satisfacción y aceleró. El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación. Cuando el orgasmo llegó, fue devastador. Me corrí con fuerza dentro de ella, gimiendo su nombre. Ella se tensó y alcanzó su propio clímax con un suspiro largo y tembloroso.

Se dejó caer sobre mi pecho. Su cabello se extendió sobre mí como seda negra. Por un momento solo se escuchó nuestra respiración agitada.

– ¿Qué eres? –pregunté al fin, pasando los dedos por su espalda.

Ella levantó la cabeza y me miró con esos ojos insondables.

– Algo que responde a los deseos que otros temen admitir. Un succubo, si quieres ponerle nombre. Pero para ti, solo Seraphyx.

Besó mi cuello con suavidad.

– Y volveré, Felix. Porque esto apenas empieza.

Se levantó con gracia. El vestido volvió a cubrir su cuerpo como por voluntad propia. Caminó hacia la esquina oscura de la habitación. Antes de desaparecer, se volvió una última vez.

– Gracias por tus cumplidos esta noche. La próxima vez, te haré suplicar por más.

Y luego ya no estaba.

Me quedé solo en la cama, con el cuerpo todavía temblando y la mente llena de preguntas. El semen pegajoso en mi vientre era la única prueba real de lo que había pasado. Miré el techo agrietado de mi apartamento y supe, con una certeza que me heló la sangre, que mi vida ya no sería la misma.

Seraphyx había venido.

Y yo, en lugar de huir, solo quería que regresara pronto.