SÚCUBO (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 21) Capítulo 7 La verdad que quema
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Capítulo 7 La verdad que quema

El décimo octavo día sin salir del apartamento marcó un antes y un después.

Me desperté con la boca seca y un sabor metálico en la lengua.

El pecho me dolía con cada respiración, como si mis pulmones se hubieran vuelto demasiado pequeños.

Me arrastré hasta la cocina, abrí la nevera y solo encontré una botella de agua a medias.

Bebí directamente del grifo, apoyando la frente en el metal frío.

El espejo de la entrada me devolvió la imagen de un hombre que parecía haber envejecido diez años: pómulos marcados, barba irregular, ojos hundidos con un brillo febril.

Sabía que necesitaba respuestas. No podía seguir entregándome sin saber exactamente qué me estaba pasando.

Esa tarde, por primera vez en semanas, salí a la calle.

El aire frío de Berlín me golpeó como una bofetada.

Kreuzberg me pareció extraño, ruidoso, demasiado vivo.

Caminé con paso inestable hasta la biblioteca estatal de Unter den Linden.

El edificio antiguo me recibió con su olor a papel viejo y silencio.

Cerré el libro con fuerza. El corazón me latía contra las costillas. Todo coincidía: la pérdida de peso, el agotamiento, la obsesión que borraba el resto del mundo. Regresé al apartamento cuando ya anochecía, con una mezcla de miedo y determinación ardiendo en el pecho.

Seraphyx apareció poco después de medianoche. Se materializó sentada en el sillón viejo, con las piernas cruzadas y una expresión tranquila. Llevaba un vestido negro más sencillo que de costumbre. Sus ojos negros me observaron con curiosidad.

– Saliste hoy –dijo simplemente.

Asentí y me quedé de pie frente a ella.

– Fui a investigar. Encontré cosas sobre ti.

Ella inclinó la cabeza ligeramente.

– ¿Y qué encontraste, Felix?

Respiré hondo.

– Que has hecho esto antes. Que dejas a los hombres vacíos, catatónicos. Que te alimentas hasta que no queda nada.

Seraphyx no lo negó. Se levantó con gracia y se acercó hasta quedar a un paso de mí.

– Es verdad. He existido durante siglos. Los humanos me llaman cuando su deseo es lo suficientemente fuerte como para abrir un portal. La mayoría me teme después de la primera noche. Algunos intentan rezar o huir. Otros se entregan por completo y yo los tomo hasta el final.

Sus palabras cayeron como piedras en mi estómago. Di un paso atrás, pero ella avanzó y me sujetó la cara con ambas manos frías.

– Mírame –ordenó con suavidad–. ¿Quieres ver la verdad?

Antes de que pudiera responder, sus ojos se volvieron aún más negros.

Visiones invadieron mi mente como relámpagos.

Vi a un hombre de bigote grueso en un dormitorio victoriano, gimiendo mientras Seraphyx lo montaba.

Luego el mismo hombre, semanas después, delgado y con mirada perdida, sentado en una silla sin moverse.

Otra visión: un joven soldado en los años veinte, riendo mientras ella lo besaba, y después en un hospital psiquiátrico, balbuceando su nombre.

Imagen tras imagen de hombres que habían terminado rotos, vacíos, muertos en vida.

El horror me invadió. Intenté apartarme, pero ella me mantuvo firme.

– Eso es lo que hago –susurró–. Me alimento. Sobrevivo. Pero contigo es diferente, Felix. Tu deseo fue puro, insolente, sin miedo. Me hiciste sentir deseada, no temida.

Las visiones terminaron. Me soltó y di varios pasos hacia atrás hasta chocar con la pared. Mi respiración era agitada.

– Entonces ¿por qué no paras? ¿Por qué sigues tomando de mí?

Seraphyx se acercó otra vez, pero más despacio.

– Porque tú me lo pides cada noche. Porque cuando estoy dentro de ti, sientes lo que ningún humano te ha dado nunca. Porque ya no sabes vivir sin esto.

Tenía razón. A pesar del miedo, mi cuerpo reaccionaba a su cercanía. Mi polla se endurecía solo con su olor. La odiaba y la deseaba al mismo tiempo.

– ¿Vas a matarme? –pregunté con la voz ronca.

Ella negó lentamente.

– No quiero matarte. Quiero que te quedes conmigo. Que elijas quedarte.

Extendió la mano y rozó mi mejilla.

– Pero sí, cada vez que vengo tomo un poco más. Tu vitalidad, tu tiempo, tu conexión con el mundo exterior. Es el precio.

Me quedé en silencio un largo rato. La habitación parecía girar. Pensé en mi madre esperando en Hamburgo, en Lukas y Anna preocupados, en la vida que había dejado atrás. Luego miré a Seraphyx y recordé el éxtasis, la intimidad, la forma en que me hacía sentir completo.

– Muéstrame otra vez –dije al fin.

Ella levantó una ceja.

– ¿La verdad?

– No. Muéstrame lo que me das a cambio.

Seraphyx sonrió con una mezcla de triunfo y algo más suave.

Me empujó contra la pared y me besó con fuerza.

Sus manos bajaron por mi cuerpo, quitándome la ropa con prisa.

Cuando estuve desnudo, usó sus sombras para sujetarme las muñecas por encima de la cabeza.

Sus labios bajaron por mi cuello, por mi pecho, hasta tomar mi polla en su boca.

Me chupó con hambre mientras las visiones regresaban, pero esta vez mezcladas con placer.

Veía a los hombres destruidos, pero también sentía su boca caliente, su lengua girando alrededor del glande, sus manos apretando mis muslos.

El terror y el éxtasis se fundieron. Gemí mientras ella me llevaba al borde y se detenía, una y otra vez.

– ¿Aún me quieres después de ver lo que soy? –preguntó levantando la vista.

– Sí –respondí sin aliento–. Te quiero igual.

Seraphyx se levantó, se quitó el vestido y se presionó contra mí.

Me rodeó la cintura con las piernas y descendió sobre mi polla de un solo movimiento.

Empezó a moverse con embestidas profundas mientras sus sombras me mantenían inmovilizado.

Cada vez que entraba en ella sentía que me drenaba un poco más, pero el placer era tan intenso que no me importaba.

– Mírame mientras te follo –ordenó.

Lo hice. Sus ojos negros me atraparon mientras me montaba contra la pared.

Sus pechos se apretaban contra mi pecho.

Sus uñas se clavaban en mis hombros. Cuando llegamos al clímax juntos, fue violento y largo.

Me corrí dentro de ella con un grito ahogado, sintiendo cómo ella absorbía mi energía y me devolvía placer multiplicado.

Después, me llevó a la cama y me abrazó. Mi cuerpo temblaba. Estaba más débil que nunca, pero también extrañamente en paz.

– Podría convertirme en lo que soy –susurró contra mi oído–. Podría dejarte seco hasta que solo quedara una cáscara. Pero elijo no hacerlo. Porque te quiero aquí, consciente, entregándote voluntariamente.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho frío.

– Entonces quédate. Quédate aunque me destruyas poco a poco.

Seraphyx besó mi frente.

– Lo haré. Mientras tú sigas eligiendo esto.

Esa noche dormí profundamente por primera vez en semanas. Soñé con ella caminando a mi lado por calles vacías de Berlín, los dos solos en un mundo que ya no me importaba.

Al despertar, supe que había tomado la decisión moral más peligrosa de mi vida.

Prefería morir en sus brazos, consumido lentamente por su amor oscuro, que vivir sin ella en un mundo gris y vacío.

La verdad quemaba. Pero el fuego que ella encendía en mí era más fuerte.

Y yo ya no quería apagarlo.