Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Tres hombres suyos, de pie alrededor de una mesa cubierta de fotos impresas, planos del salón y una carpeta idéntica a la que sostenía el organizador esa noche. Copiada, no robada. Algo mejor todavía.

Aleksandar no se sienta. Apoya las dos manos sobre el borde de la mesa y espera a que empiecen a hablar.

La habitación huele a papel nuevo y a café frío, dos tazas sin tocar cerca del borde de la mesa, olvidadas desde hace horas. Ninguno de los tres se ha movido de su lugar desde que él entró.

Afuera, alguien camina por el pasillo sin apuro, pasos que se alejan hasta perderse. Nadie en esta sala levanta la vista para verificar quién es. Todos saben que si algo anduviera mal, ya lo sabrían.

Son sus tres hombres más confiables, elegidos hace años, uno por uno, después de pruebas que ninguno de los tres querría recordar en voz alta. Si alguien puede reconstruir cada pieza de lo que pasó anoche, son ellos.

—El local se alquiló hace cuatro días —dice el primero, señalando un contrato fotografiado—. No hay reserva anterior. Nada de logística previa.

—¿Cuatro días?

—Cuatro. Contrataron seguridad de una agencia de tercera, ni siquiera de las que suelen usar en este tipo de eventos.

—¿Nombre de la agencia?

—Una que cierra los fines de semana. Dos hombres armados, sin experiencia real en este tipo de trabajo.

Aleksandar pasa el dedo por el borde del contrato sin tocarlo. Cuatro días no alcanza para montar un mercado real. Alcanza, apenas, para montar algo que parezca uno.

El primer hombre espera, la vista fija en las manos de Aleksandar, como midiendo si conviene seguir hablando o dejar que el silencio haga su trabajo primero.

—¿Y el resto del salón? —pregunta—. Iluminación, plataforma, custodia en las puertas.

—Todo alquilado en el mismo lote. Un solo proveedor, un solo pago.

—¿Nombre del proveedor?

—Una empresa fantasma. Existe hace tres semanas.

Aleksandar no dice nada. Se limita a mirar la fotografía del contrato un segundo más de lo necesario, como si esperara que las letras se movieran solas y le dieran el dato que todavía falta.

Nadie en la mesa se apura a llenar ese silencio.

—Las mujeres —dice—. ¿De dónde salieron?

—Reclutadas rápido. Ofertas de trabajo falsas, la mayoría. Ninguna con antecedentes de haber pasado antes por algo así.

—¿Cuántas?

—Nueve, contando a la última.

Amateur. Cada respuesta lo confirma un poco más.

El segundo hombre reordena las fotos sobre la mesa sin que se lo pidan, como quien necesita las manos ocupadas mientras espera su turno de hablar.

El tercero se queda quieto, la vista fija en un punto de la carpeta que todavía no ha mencionado, como si estuviera calculando el momento exacto para soltar lo que trae guardado.

Aleksandar los conoce lo suficiente como para notar esa clase de silencio. No es el silencio de quien no tiene nada que decir. Es el silencio de quien está esperando el momento justo para decir algo que no va a gustarle a nadie en esta mesa.

—Tú —dice, sin mirarlo todavía—. Tienes algo.

El tercer hombre no contesta enseguida. Cierra la carpeta un centímetro, dejando pasar ese segundo antes de abrirla otra vez.

—Después de esto —dice—. Terminemos primero con lo demás.

Aleksandar no insiste. Deja que el silencio se estire un segundo más, lo suficiente para que los tres entiendan que lo notó.

Cuatro días de organización no explican ni la mitad de lo que Aleksandar vio esa noche.

Y eso significa que todavía falta la mitad más importante de la historia.

*

—¿Y el dinero? —pregunta Aleksandar—. Alquiler, seguridad, sobornos para los permisos. Eso no sale de cuatro días de improvisación.

El segundo hombre desliza una hoja sobre la mesa. Números, cuentas, transferencias fragmentadas en montos pequeños para no llamar la atención de ningún banco.

—Viene de varias cuentas distintas. Todas cerradas apenas terminó el pago.

—¿Rastreables?

—Estamos en eso. Pero hay un patrón.

—¿Cuál?

—Quien pagó esto sabía exactamente cuánto gastar y en qué orden. No es dinero de alguien improvisando sobre la marcha.

Aleksandar se endereza. Alguien armó un decorado barato por fuera, pero pagó cada pieza de ese decorado con precisión de cirujano.

Nadie en la mesa dice nada por un momento.

Toma la hoja entre dos dedos. La levanta hasta la altura de los ojos, sin apuro.

—¿Cuántas cuentas?

—Ocho. Ninguna repite monto ni destinatario final.

—¿Alguna abierta a nombre real?

—Ninguna. Todas a través de testaferros que ya no aparecen en ningún registro.

—¿Y los sobornos de los permisos?

—Ahí es donde el patrón se ve más claro. Un solo pago, una sola vez, la cifra exacta que pide ese funcionario en particular. Ni un peso de más.

Aleksandar repasa la hoja una vez más, línea por línea. Cada transferencia lleva la misma firma invisible: nada de más, nada de menos, la cifra exacta necesaria en el momento exacto en que hacía falta.

Ningún aficionado calcula así. Un aficionado se pasa de presupuesto en algún punto, deja rastros donde no debería, confía en que nadie va a mirar tan de cerca. Esto no tiene esa clase de descuido en ningún lado.

El tercer hombre observa la escena sin intervenir, como si ya conociera lo que sigue y prefiriera guardarse el comentario para después.

Compara, sin decirlo en voz alta, con la forma en que él mismo organiza sus propios movimientos de dinero. El mismo cuidado. La misma paciencia para fragmentar sin que nada llame la atención.

Deja la hoja sobre la mesa, boca abajo, como si no quisiera seguir mirándola.

—Alguien con recursos jugó a que no los tenía —dice, más para sí que para los otros dos.

Ninguno responde. No hace falta.

El dinero no es de un aficionado, aunque todo lo demás en esa sala lo pareciera.

Y esa contradicción es la primera grieta real en el caso.

*

—Hay algo más —dice el tercer hombre, más despacio que los otros dos.

—Dilo.

Se toma un segundo antes de continuar, como si todavía estuviera decidiendo cómo formular lo que sigue.

—La subasta se armó rápido, pero no al azar. Sabían cosas de ti. Tus horarios habituales. Los lugares donde sueles aparecer sin avisar antes.

Aleksandar no contesta enseguida.

—¿Cómo de específico?

—Bastante. Alguien con acceso real a tu rutina, no un rumor de la calle.

—¿Quién tiene ese acceso?

—Una lista corta. Muy corta.

Aleksandar cierra la mano sobre el borde de la mesa.

—Dila.

El tercer hombre mira a los otros dos antes de hablar, como pidiendo permiso sin decirlo.

—Gente de tu círculo. Gente en la que confías todos los días.

—Nombres.

—Todavía no. Primero queríamos confirmar que el patrón era real y no una coincidencia.

Aleksandar no levanta la voz. No hace falta.

—¿Qué sabían exactamente?

—El bar donde paras los martes. La hora en que sales sin escolta los fines de semana. Cosas que no están escritas en ningún lado.

El segundo hombre baja la vista a la mesa. El primero no dice nada.

Aleksandar recorre la mesa con la mirada, una vez, despacio. Contrato, transferencias, ahora esto.

—Alguien montó todo esto sabiendo que yo iba a aparecer.

—Eso parece.

—Entonces la pregunta no es solo quién financió esto.

—¿Cuál es la pregunta?

Aleksandar no responde de inmediato. Repasa, en silencio, cada detalle que ya tiene sobre la mesa: la rapidez, el dinero preciso, el conocimiento íntimo de sus propios hábitos.

Los tres hombres esperan, sin apurarlo. Ninguno se atreve a llenar el silencio con una suposición propia.

Alguien no solo sabía que él iba a estar ahí esa noche.

Sabía, con precisión, cómo hacer que apareciera.

*

—Necesito los nombres de las mujeres reclutadas —dice Aleksandar—. Todas. Cómo las contactaron, quién hizo el primer acercamiento.

—Ya estamos reuniendo eso.

—Empiecen por la última.

Los tres hombres se miran entre ellos, apenas un segundo, antes de que el primero asienta y empiece a buscar entre las fotos sobre la mesa.

Ninguno pregunta por qué el orden importa.

Todos entienden, sin que haga falta explicarlo, que la última pieza subastada suele ser la más reciente en llegar a la lista, y por lo tanto la más fácil de rastrear hacia atrás.

Aleksandar no necesita explicar por qué.

Cuatro días de organización barata, dinero preciso, conocimiento íntimo de su rutina. Y en medio de todo eso, una mujer que dedujo sola, sin ayuda de nadie, el verdadero propósito del evento antes de que él terminara de confirmarlo con recursos que ella nunca tuvo.

Eso no encaja con un reclutamiento al azar.

El primer hombre revisa las fotos una por una, descartando las que no sirven, hasta que se detiene en la última.

—Aquí está.

La desliza hacia el centro de la mesa. Aleksandar no baja la vista todavía.

—¿Fecha de contacto? —pregunta.

—Hace seis días. Dos antes de que se alquilara el salón.

—¿Por qué mensaje?

—Un número que ya no existe. Se dio de baja horas después de la subasta.

Aleksandar fija los ojos en la fotografía recién.

Aleksandar recuerda, sin buscarlo, la voz baja de Mila cruzando el ruido de fondo del micrófono, la frase que ningún organizador ni ningún hombre suyo llegó a registrar.

Alguien tan preciso con el dinero no deja algo así librado a la casualidad.

Aleksandar pide el nombre de quien contactó primero a Mila.

Y nadie en la sala tiene todavía una respuesta.

*

—Todavía no tenemos ese dato —dice finalmente el segundo hombre—. Estamos rastreando el contacto inicial.

—Consíganlo.

—¿Por qué la de ella específicamente?

Aleksandar mira los papeles desplegados sobre la mesa. El contrato de cuatro días. Las transferencias fragmentadas. La lista corta de personas con acceso real a su rutina.

—Porque si armaron todo esto para atraerme a mí —dice, despacio—, y ella terminó ahí, en esa sala, la misma noche que yo decidí ir...

No termina la frase en voz alta.

No hace falta.

Los tres hombres esperan.

Ninguno se mueve. Ninguno rompe el silencio con una pregunta de más, como si todos hubieran llegado, al mismo tiempo que él, al borde de la misma conclusión y prefirieran dejarla sin nombrar un segundo más.

Aleksandar junta los papeles sobre la mesa, uno por uno, sin apuro, y los alinea en un solo montón antes de volver a hablar.

—Consíganme ese nombre esta noche.

A Mila la pusieron ahí a propósito.