Capítulo 34
Galina
El brazo de Laszlo me rodea como hierro. —No mires.
Demasiado tarde para eso.
Me retuerzo de todos modos y me zafo de su agarre, porque no pienso quedarme aquí mientras mi padre se pega un tiro y todo el mundo finge que esto es jodidamente normal.
Me agarra la muñeca, pero no con la fuerza suficiente para detenerme. Solo lo justo para dejar clara su postura.
—Galina.
—Estoy bien —espeto, aunque es evidente que es mentira.
Papá apoya una mano en el todoterreno y exhala por la nariz como si esto fuera un inconveniente administrativo. El hombre que le disparó ya se acerca a él con un paño y un botiquín de primeros auxilios que ha debido salir de la nada.
Laszlo me suelta.
Miro fijamente a papá. —Eso es una locura.
—No. Es limpio —señala con la cabeza hacia el cuerpo de Petrov—. Él me ataca. Luchamos. Dispara. Yo sobrevivo. Lamentablemente, él no.
Lamentablemente.
—Una noche normal de la Bratva —murmuro.
—Más o menos —dice Laszlo—. Ve con tu prima, asegúrate de que esté bien.
Asiento con rigidez y Dmitri me sigue por donde vinimos.
A través del club, pasando el bar, por el vestíbulo donde los cuerpos han desaparecido misteriosamente, y salimos a la calle.
Un todoterreno negro le hace señales con las luces a Dmitri, y él se pega a mí para cubrirme mientras cruzamos la calle y la puerta trasera se abre.
Yelena está sentada allí, todavía con su botella rota como arma, y subo mientras Dmitri se queda fuera tras cerrar la puerta.
Yuri está delante, fingiendo que no escucha.
—Hola —dice ella.
—¿Estás bien? —La pregunta va cargada. Está el «bien» de esta noche y el «bien» de los últimos tres años.
—Soy libre, mis hijos están a salvo. Estoy bien.
—No tienes que hacerte la fuerte...
—No —dice, negando con la cabeza—. No digas nada. Estoy bien, y con eso basta por esta noche.
—De acuerdo —digo, dispuesta a hacerlo a su manera, sea cual sea—. Te eché de menos.
—Cállate —gruñe, pero veo el fantasma de una sonrisa en su rostro antes de que le tiemble—. ¿Él está...?
Asiento. —Viktor se encargó de todo. Ahora eres la viuda Petrova.
—Menos mal, joder. Soñaba con envenenarlo mientras dormía, pero no sabía cómo. Tenía el internet vigilado. No podía buscarlo.
Mira por la ventana, y dejo que sus palabras floten en el aire porque ¿qué puedo decir?
Sin apartar la vista de la ventana, se pone la botella en el regazo y se arranca los anillos del dedo.
—Libre —murmuro.
—Libre —murmura ella a su vez, y eso es todo lo que necesitamos decir ahora mismo.
Fuera, los hombres pasan junto a las ventanas tintadas. Rápido. Organizados. Puertas que se abren, que se cierran. Órdenes murmuradas en voz baja. La ciudad sigue su curso alrededor de todo esto, porque a Londres nunca le importa una mierda qué violencia ocurre a dos metros de distancia.
Me siento con mi prima en la parte trasera del todoterreno y comparto el silencio con ella, porque se ha ganado al menos eso.
Sus manos están desnudas ahora. Sin alianzas.
Sin cadenas visibles. Solo sangre en un puño y una botella rota apoyada sobre sus muslos, como si todavía esperara tener que usarla.
La puerta se abre y Dmitri asoma la cabeza. —Van a trasladar a Yelena. Tienes que venir conmigo.
Abro la boca para protestar, pero Yelena me pone la mano en el brazo. —Ve, cuanto menos sepas, mejor.
Quiero insistir en que necesito quedarme con ella, pero quizá eso no es lo que necesita. Necesita que me vaya, para que no sepa dónde acaba. No es que no confíe en mí, pero se le parece. Lo entiendo.
—Si me necesitas, dile a mi padre que me llame enseguida. Siempre estaré aquí.
—Lo sé —dice en voz baja.
Asiento y salgo con Yuri mientras los hombres de mi padre se hacen cargo.
No miro atrás al cruzar la calle. Si lo hago, ignoraré lo que me ha pedido y me quedaré con ella.
Pero eso sería egoísta, así que mantengo la vista al frente y camino.
Laszlo me espera junto a la entrada cuando llego a la acera, con la mandíbula tensa, los ojos fijos en mí antes que en nada más.
No dice nada mientras abre la puerta trasera del Range Rover. Sube después de mí mientras Grisha se pone al volante. Yuri y Dmitri van en el coche de atrás.
En cuanto el coche arranca, el silencio nos golpea.
Mi padre sigue allí atrás con una bala en el muslo, orquestando su propia victimización oficial mientras los hombres limpian la sangre y mueven cuerpos como si estuvieran recogiendo vasos a la hora del cierre.
Me paso una mano por la cara. —¿De verdad acaba de pegarse un tiro para cuadrar la historia?
—Sí.
—Eso es jodidamente demencial.
—Conoce el procedimiento.
Conoce el procedimiento. Eso significa que esto es lo normal.
Familias de la Bratva que mueven las piezas a su antojo para conseguir el resultado que quieren.
Lo sabía, en el fondo. Supongo que simplemente no quería reconocer que falsificar escenas del crimen pegándote un tiro formaba parte del juego.
—Por favor, dime que nunca harás que uno de tus hombres te pegue un tiro.
El resoplido de Grisha es difícil de ignorar. Laszlo le fulmina la nuca con la mirada.
Vuelve la mirada hacia mí y dice: —No puedo prometerte eso. Hacemos lo que hay que hacer. Lo que sí puedo prometerte es que nunca dejaré que nadie te dispare para mantener una coartada.
—Qué tranquilizador —digo con una risa breve—. Supongo que ya nos preocuparemos de eso. Esta noche, Yelena y sus hijos están a salvo, y ese monstruo está muerto. Con eso basta.
—A veces, tiene que serlo.
—Sí —murmuro, y echo la cabeza hacia atrás. Cierro los ojos y dejo que todo me invada hasta que aminoramos la marcha y entramos en el camino de casa.
El coche se detiene y levanto la cabeza. Abro los ojos.
—Casa —digo.
—Casa —responde Laszlo—. ¿Estás lista?
—¿Para qué?
—Para tu futuro como la señora Voronova.
Le tomo la mano y entrelazamos los dedos.
—Nací lista.