Su voto despiadado (London Bratva) Capítulo 31
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Capítulo 31

Laszlo

El viaje a casa transcurre en silencio, alerta. No ha pasado absolutamente nada en la cena, pero no pienso bajar la guardia. Sé que Galina sí. Estuvo a punto de decirlo en la cena, pero no tiene sentido tentar a la suerte.

Entro en el camino de acceso y espero a que las puertas se cierren del todo detrás de nosotros antes de apagar el motor.

Galina se desabrocha el cinturón y se vuelve hacia mí.

—Ya te habrás dado cuenta de que no ha pasado nada.

—Mm.

—Ese era el objetivo.

—El objetivo era comprobar si pasaba algo. No es lo mismo.

Salgo primero esta vez. Grisha y Yuri ya están en movimiento, inspeccionando la entrada, revisando la línea oscura de los setos, las ventanas, el perfil del tejado. Rutina a estas alturas. Necesaria. Abro la puerta de Galina y le tiendo la mano.

La mira, luego me mira a mí.

—¿No habíamos quedado en que no iba a esperar a que me abrieras la puerta del coche?

—Puedo ignorar tus preferencias cuando me da la gana.

—Qué sano.

—Eso es el matrimonio.

Resopla y me toma la mano de todos modos.

Dentro, la casa está en calma de esa forma controlada que me gusta. No muerta. No descuidada. Contenida. Leonid aparece de la nada, como siempre, echa un vistazo a la gorra que Galina todavía lleva en la cabeza y su rostro se vuelve completamente inexpresivo.

Casi me echo a reír.

Galina se da cuenta y me mira con los ojos entrecerrados mientras se la quita.

—Di una sola palabra y te asfixio mientras duermes.

—Yo pensaba que estabas muy cosmopolita.

Leonid cierra los ojos un instante, como si implorara al cielo una paciencia que ninguno de los dos merecemos.

—Por favor, no empiecen.

Galina me apunta con la gorra.

—¿Ves? Hasta él te odia.

—Odia a todo el mundo.

Leonid responde con dignidad:

—Eso no es cierto. Simplemente tengo criterio.

—Viene a ser lo mismo —murmuro.

Galina le entrega la gorra.

—Deshazte de esto antes de que infecte el resto de la casa.

Leonid la coge entre dos dedos como si fuera portadora de alguna enfermedad.

—Con mucho gusto. Déjelo en mis manos. Encontraré algo más apropiado para la próxima vez.

Lo veo alejarse y me descubro a punto de sonreír otra vez. Pero la sensación se esfuma tan rápido como llegó, porque casas como esta solo permanecen en calma un tiempo antes de que algo siniestro vuelva a colarse.

—Gracias —dice—. Sé lo difícil que eso debe de haber sido para ti.

—No demuestra nada. Solo significa que esta noche no nos vigilaba.

—De acuerdo, pero si estuviera esperando otra oportunidad para disparar, ¿no estaría al acecho?

—O nos vigilaba y decidió no apretar el gatillo. Lo cual, francamente, me molesta más.

Me estudia el rostro durante un segundo.

—Porque no puedes predecirlo.

—Porque no puedo matarlo si no logro encontrarlo.

Se le tensa la boca. Sabe que esa es la respuesta sincera.

—Sube.

Entrecierra los ojos de inmediato.

—¿Por qué?

—Porque quiero cinco minutos para hablar con los hombres sin que estés delante, Galina. No me lleves la contraria cada vez que te pido algo.

—Si no lo hiciera, pensarías que pasa algo.

—Cierto. Pero aun así necesito que confíes en mí.

Me coge la mano y me la aprieta.

—Confío en ti.

Me suelta la mano y sube. La sigo con la mirada hasta que desaparece arriba, luego me vuelvo hacia Grisha y Yuri.

—¿Y?

Grisha se cruza de brazos.

—Nada en la calle. Nada en el trayecto de ida ni de vuelta. Dos tipos merodeando a la puerta de la vinoteca, pero eran exactamente lo que parecían. Banqueros borrachos.

—Los banqueros también son peligrosos —murmuro, y miro a Dmitri, que entra por el pasillo de atrás con el móvil en la mano—. Dime algo útil.

Echa un vistazo a la escalera primero, comprobando que Galina se haya ido, y dice:

—Bermondsey no nos ha dado nada más. Pero Sasha ha sacado imágenes de una cámara de tráfico cerca de Vauxhall, del coche de alquiler antes de que lo devolvieran. El mismo conductor. Paró una vez bajo los arcos durante cuatro minutos.

—¿Por qué?

—No hay grabación bajo el arco. Punto ciego.

—¿Y después?

—Directo al depósito.

Extiendo la mano. Dmitri me pasa el móvil. Capturas con grano. Coche oscuro. Matrícula bastante legible. Hora: justo después de las tres. Paso a la segunda imagen. Perfil del conductor a través del parabrisas, gorra calada, cara medio girada.

No basta.

—Podría ser una cita —dice Yuri.

—Podría ser una meada —añade Grisha.

—Un profesional no para a mear en un punto ciego de vuelta de un trabajo a menos que algo haya cambiado —digo.

Dmitri asiente una vez.

—Eso mismo pensé.

Le devuelvo el móvil.

—Consígueme todas las cámaras que cubran las vías de entrada y salida de ese arco. Antes, después, calles laterales, gasolineras, cajeros, todo. Quiero saber si entró otro coche, si alguien pasó a pie, si cruzó una bici, lo que sea.

—Ya estamos en ello —dice.

—¿Qué hay del personal del depósito?

—Sasha está hablando con ellos otra vez. Discretamente.

—Más vale que discretamente signifique que nadie sabe por qué pregunta.

—Así es.

—El coche estaba limpio cuando lo devolvió. Supongo que lo limpió bajo ese puente. Puede que incluso escondiera el arma para recuperarla después. Vamos. Ahora.

—¿Qué hay de la señora Voronova? —pregunta Yuri.

—¿Qué pasa con ella?

—¿La vas a dejar aquí?

—Pues no me la voy a llevar, joder.

Hace una mueca. —¿Quién se queda?

Ah. Vale. Ya veo el problema. Vigilar a la esposa es aburrido comparado con donde está la acción. Los miro a todos y lo veo claro. Ninguno de los cabrones quiere hacer de niñera.

—Tú —le digo a Yuri, ya que fue el que se quejó en voz alta.

Se le tensa la cara. —¿Por qué yo?

—Porque Grisha es mejor en espacios reducidos, y Dmitri por una vez está dando información útil. —Lo fulmino con la mirada—. Y porque si le pasa algo a mi esposa mientras estoy fuera, te arrancaré el corazón y te obligaré a mirar.

Exhala por la nariz. —Entendido.

—Bien. Te quedas en esta planta. No le quitas ojo al pasillo fuera de mi habitación a menos que ella esté físicamente contigo.

Si quiere comida, llamas a Leonid. Si quiere aire, le abres una ventana un par de centímetros en una habitación que ya haya sido revisada.

Si quiere discutir, la dejas discutir y sigues haciendo tu trabajo.

Grisha sonríe con suficiencia.

Le clavo la mirada. —No te rías de él, joder. La única razón por la que no te quedas tú es que esta mañana decidiste ponerte de su lado como un imbécil. Demasiado jodidamente cerca, gilipollas. Ni siquiera la mires.

Eso le borra la sonrisa de la cara y la sustituye por concentración. Mejor.

Echo a andar hacia el pasillo trasero. —Yuri.

—¿Sí?

—Si se da un golpe en el dedo del pie mientras estoy fuera, empieza a cavarte la tumba.

Asiente una sola vez, seco.

—Dale la noticia y luego... corre —digo con una sonrisa lenta, viendo cómo palidece y traga saliva.

—Sí, señor —murmura, y se aleja arrastrando los pies.

—En marcha —les digo a los otros dos—. Range Rover.

—Bueno, no pensaba que fuéramos a caber todos en el Lambo —murmura Grisha entre dientes.

—¿Quieres que te patee el culo hasta Siberia?

—No, señor —dice, y acelera el paso para abrirme la puerta de atrás.

Dmitri se sube en el asiento del copiloto mientras Grisha se acomoda en el del conductor. Arranca con fuerza y limpieza, la verja se abre delante de nosotros y se cierra detrás. Reviso el arma. Hábito. Compulsión. Supervivencia.

—¿Cuánto? —le pregunto a Grisha.

—Diez.

—Hazlo en ocho.

Acelera.

El teléfono me vibra en la mano.

Galina.

Miro la pantalla un segundo antes de contestar. Si no lo hago, esto se alargará, se dispersará y perderá fuerza. Deslizo el dedo por la pantalla, y antes de que pueda decir nada, digo:

—No. No discutas, no refunfuñes, no me grites por hacer que Yuri te diera el mensaje.

—No iba a hacerlo —dice tras una pausa—. Llamaba para decirte que tengas cuidado.

Eso me pone en mi sitio con más fuerza que cualquier otra cosa. Durante un segundo, no digo nada.

Grisha me mira por el espejo y luego, sabiamente, vuelve la vista a la carretera.

—Repítelo —le digo, más bajo.

Una pequeña pausa. Oigo la casa detrás de ella en el silencio.

—He dicho que tengas cuidado —responde—. No eres el único al que se le permite preocuparse, Las.

Algo en mi sangre se tensa cuando acorta mi nombre, de una forma que no tengo tiempo de analizar.

—Siempre tengo cuidado —digo automáticamente.

Suelta un bufido suave. —Mentiroso.

Casi se me curvan los labios. Casi. —Vete a la cama.

—No estás aquí.

—Entonces espérame en ella.

Otra pausa. —Vale. Cuelga, y me quedo mirando el teléfono un segundo más. Cada vez que creo que la tengo calada, me sorprende y tengo que replantearme todo.

—¿Cuánto? —le pregunto a Grisha otra vez.

—Cinco —dice, pisando más el acelerador.

Londres pasa en cintas oscuras y reflejos húmedos.

Cortamos por calles laterales y giramos bajo el ferrocarril donde empiezan los arcos, bocas negras de ladrillo y sombra, hollín viejo sobre piedra vieja.

Grisha frena en seco en la entrada del carril de servicio y apaga los faros un segundo antes de entrar despacio.

—Aquí —dice Dmitri, cotejando el teléfono con el tramo de carretera que tenemos delante—. Este es el sitio.

Salgo antes de que el motor se pare del todo.

El zumbido sordo del tráfico arriba y más allá. El arco en sí está mal iluminado, una lámpara de seguridad parpadeante sobre un trastero cerrado y otra más lejos donde el carril desemboca en una vía de servicio.

Desenfundo el arma y barro a la izquierda, luego a la derecha.

—Despejado —murmura Grisha a mi espalda.

—Por ahora —digo.

Avanzamos en triángulo rápido. Dmitri a la derecha. Grisha cubriendo la izquierda. Yo voy directo al tramo de pared donde un hombre en un coche de alquiler se detendría si no quisiera que lo vieran pero sí tener dónde cubrirse.

Marcas de neumáticos. Muchas. Basura. Una caja destrozada. Nada que destaque.

Dmitri se agacha cerca del bordillo.

—Si escondió su arma aquí debajo... ¿dónde?

—Ya habría vuelto a por ella, ¿no? —dice Grisha, agachándose también.

—Buscamos lo que sea. Vamos.

Me acerco a la base de la pared y me agacho, recorriendo con la mirada la línea donde el ladrillo se une al hormigón.

Un profesional no para en un punto ciego cuatro minutos porque le guste el ambiente.

Reviso primero el desagüe. Una bolsa de patatas vacía, lodo negro, una cuchara doblada, ningún arma. Grisha ya está apartando dos palets rotos apilados contra la persiana. Dmitri barre con la linterna pegada al suelo, manteniendo el haz cerrado y alejado de la calle.

—¿Algo? —pregunto.

—Todavía no —dice Dmitri.

Enfundo el arma un segundo y uso las dos manos para apartar un contenedor de la pared. Raspa con estrépito sobre el hormigón. Detrás, solo ladrillo húmedo y una tubería oxidada.

—Podría haber sido una entrega —murmura Grisha.

—Podría ser —digo—. O se cambió de ropa. O tiró un teléfono. Seguid buscando.

Avanzo hacia el fondo del arco, donde la luz escasea. Los ojos se me acostumbran. Manchas de aceite. Chicle viejo. Una sección parcheada de pared con un hueco estrecho al lado donde alguien podría ocultarse de la entrada del callejón.

Ilumino el interior con la linterna del móvil.

Algo brilla.

—Aquí.

Dmitri está a mi lado en un instante. Meto la mano y saco un móvil desechable barato envuelto en una bolsa de congelador, encajado detrás de la tubería.

Grisha suelta un suspiro quedo.

Le doy la vuelta. Sin daños visibles. Escondido a propósito, no caído.

—No limpió esta ruta porque entrara en pánico —dice Dmitri en voz baja—. Paró para deshacerse de esto.

—O para recogerlo y dejar otra cosa —digo—. Pero esto se quedó aquí.

Le paso el arma a Grisha y retiro la bolsa con cuidado, usando el interior para no dejar huellas en el teléfono.

—Linterna.

Dmitri me enfoca con la luz.

Y entonces suena.

—¿Qué coño? —pregunta Dmitri.

Levanto una ceja y contesto en altavoz.

—Estás muerto. Solo que todavía no lo sabes.

—Sr. Voronov —dice. Sin nerviosismo. Sin prisa. Controlado.

—He dicho que estás muerto.

—¿No lo estamos todos?

Aprieto el teléfono con fuerza.

—No me toques los cojones, gilipollas. Que mi mujer esté en peligro no me pone de buen humor.

—Por si no era obvio, soy el hombre que eligió no meterle una bala en el cráneo a su esposa.

Mantengo la voz neutra.

—Ya me lo imaginaba. ¿Quieres decirme por qué?

—Hice mi trabajo como debía.

—Fallaste dos veces.

—No. Decliné dos veces.

—Sabías que te rastraría hasta aquí. Estás vigilando tan de cerca que sabes cuándo llamar en el momento en que tengo el teléfono en la mano. Dame una buena razón para no colgar y cazarte como un zorro a un conejo.

—Porque su hombre era un idiota, y los idiotas levantan olas. Quería venganza. Nada más. Eso muere con él.

—Esperas que simplemente acepte eso.

—Me da igual lo que acepte. Me importa que entienda que no voy a volver a por su esposa. Si la hubiera querido muerta, lo estaría.

—¿Qué garantía tengo? No soy hombre que se fíe de la palabra de nadie.

—No la tiene —dice—. Tiene el reconocimiento de patrones, el momento elegido, y si le he mentido hasta ahora o no.

Pero le diré una cosa. Llevo mucho tiempo en este negocio, Sr. Voronov.

Sé cuándo el objetivo no vale el infierno que me caerá encima.

Me gusta mi cabeza. Me gusta mi vida. No voy a arriesgarla para terminar un trabajo para un hombre muerto que nunca tuve intención de completar.

—Entonces, ¿por qué aceptar el trabajo?

—No todos los hombres son como yo, Sr. Voronov. La mayoría son lo bastante arrogantes como para disparar con intención de matar. Eso los deja muertos frente a gente como usted.

Cuelga, y aprieto la mandíbula con tanta fuerza que casi me parto un diente.

—¿Y ya está? —pregunta Grisha cuando el silencio se vuelve un poco incómodo.

No respondo. Me limito a meter el teléfono en la bolsa y vuelvo al coche.