Capítulo 30
Galina
Me despierto sobresaltada, me doy la vuelta en la cama y me enredo con las sábanas.
Tengo demasiado calor y las aparto de una patada mientras examino la habitación.
Laszlo no está en la cama, pero oigo la ducha.
Fuera está oscuro. Adiós a las dos horas.
Los dos debemos de haber dormido cerca de diez.
Pero supongo que lo necesitábamos. Espero que esto no disuada a Laszlo de salir.
Tengo la boca seca y el pelo hecho un desastre.
Me giro hacia el cabecero y paso los dedos por el agujero, arañándome la piel con la madera áspera.
La ducha se para.
Levanto la mano y me aparto el pelo de la cara, escuchando el silencio de la casa. Diferente del de anoche. Este tiene algo de calma, la que se instala cuando un edificio ha sido revisado una y otra vez, y cada hombre en el perímetro conoce su trabajo.
La puerta del baño se abre y Laszlo sale con una toalla, secándose el pelo con otra.
Tiene un aspecto más humano que esta mañana.
Sigue siendo peligroso. Siempre peligroso.
Pero el tono grisáceo que el agotamiento le había dejado bajo los ojos ha desaparecido, y la línea de su mandíbula ha perdido parte de su ferocidad.
Me ve sentada y deja caer la toalla del pelo sobre la silla.
—Estás despierta.
Saco las piernas de la cama.
—¿Cuánto tiempo llevas levantado?
—Una hora más o menos.
—Y no me despertaste.
—Lo necesitabas.
Me pongo de pie y me estiro, y me cruje la columna.
—Tú también.
—Lo sé —dice, y no añade nada más, lo que encuentro extrañamente satisfactorio. Sin discusión. Sin evasivas. Solo la admisión, limpia y simple.
Voy al baño, me cepillo los dientes y me echo agua fría en la cara.
El reflejo que me devuelve la mirada tiene color ahora, lo cual es una mejora respecto a esta mañana.
Me paso el cepillo por el pelo y lo dejo suelto, luego me pongo unos vaqueros oscuros y una camisa de seda negra, práctica y discreta.
Cuando salgo, Laszlo está vestido. Vaqueros oscuros, camisa oscura, la pistola ya enfundada a la espalda. Mira el teléfono con la expresión concentrada que significa que ha llegado información.
—¿Dmitri? —pregunto.
—El tirador es un fantasma. No hay coincidencias en el cruce de referencias del circuito. O no es de aquí, o ha sido lo bastante cuidadoso para que nadie tenga un nombre asociado a él.
Se pone la camisa y empieza a abrocharse los botones.
—Lo que confirma lo que ya pensaba.
—Se ha ido.
—Se ha ido.
Se mete la camisa por dentro y me mira.
—¿Sigues empeñada en salir?
—¿Sigues empeñado en discutir?
—No estoy discutiendo. Estoy preguntando.
—Sí —digo—. Lo estoy.
Me estudia un momento y luego asiente una vez.
—Bien. Comemos en algún sitio cercano. Llevamos dos coches. Grisha y Yuri en el segundo. Te quedas a mi izquierda en todo momento.
—De acuerdo —digo.
Algo en su expresión cambia. No es exactamente sorpresa, pero lo bastante cerca como para que lo note. Se estaba preparando para una pelea y no la tuvo.
—No pongas esa cara de sorpresa —digo mientras me pongo las botas y me subo las cremalleras—. No soy irrazonable.
—Sueles ser irrazonable.
—Suelo tener razón —corrijo—. No es lo mismo.
Hace un sonido que no llega a ser una risa y se dirige a la puerta. Lo sigo.
Leonid espera al pie de las escaleras con mi abrigo ya sobre el brazo y la expresión de un hombre que ha aceptado su destino con digna resignación.
Lo sostiene sin que se lo pidan, y me lo pongo, captando su mirada un segundo.
No me devuelve nada salvo un asentimiento preciso, casi imperceptible, que creo que es su versión de la aprobación. Me vale.
Grisha y Yuri ya están fuera. Oigo el segundo coche al ralentí junto al bordillo mientras Laszlo abre la puerta principal y sale primero, examinando la calle antes de apartarse para dejarme pasar.
El aire nocturno es fresco, pero seco.
Laszlo me pone la mano en la parte baja de la espalda mientras nos dirigimos al coche, y me permito apoyarme ligeramente, lo justo para sentirlo sólido a mi lado en el camino de entrada.
La calle está tranquila. Un taxi negro pasa despacio por el otro extremo y gira sin aminorar.
Nadie mira.
O si lo hacen, es desde tan lejos que el barrido de Grisha no los ha detectado, y Grisha lo detecta todo.
Laszlo abre la puerta del coche y entro. Rodea el capó y se acomoda en el asiento del conductor, cierra la puerta y el silencio del coche nos envuelve.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
—A algún sitio cercano.
—Eso ya lo has dicho.
—Y lo digo en serio las dos veces.
Sale a la calle y observo las casas deslizarse en la oscuridad. Las farolas están encendidas, naranjas y constantes, y nada se mueve entre ellas salvo algún coche y una pareja paseando a un perro en el otro extremo de la calle, que no nos dedican ni una mirada.
—Italiano —digo.
Me mira.
—¿Qué?
—Italiano. Ahí es donde vamos. Hay un sitio cerca al que voy desde los doce años. Mesa de esquina, sin ventanas en dos lados, el dueño conoce a mi padre y acomodará a Grisha y Yuri en la parte de atrás sin montar una escena.
Laszlo guarda silencio un momento. Casi puedo ver cómo lo pasa por el filtro por el que pasa todo: salidas, líneas de visión, quién conoce la dirección, si el hecho de que mi padre coma allí es un punto a favor o en contra.
—Llevas yendo desde los doce años —dice.
—Desde que mamá me llevaba. Sí.
Otra pausa.
—El dueño. ¿Cuánto conoce a Viktor?
—Lo bastante bien como para esconder a dos hombres de mi padre en su cocina durante seis horas en una redada. Ni siquiera les cobró la comida, lo que a mi padre le hizo mucha gracia. Gira a la izquierda aquí —digo—. Luego todo recto hasta la esquina del bar de vinos.
Sigue las indicaciones sin rechistar, algo tan insólito que lo guardo en la memoria. El segundo coche sigue a la distancia que Grisha siempre mantiene.
El restaurante aparece a la izquierda, exactamente igual que siempre. Una fachada estrecha con un toldo verde oscuro y luz cálida que se derrama a través del cristal. El nombre está pintado en dorado sobre la puerta, con letras que llevan ahí más tiempo del que llevo yo viva.
Laszlo se detiene y lo observa un segundo antes de bajar la ventanilla y alzar la vista hacia Grisha.
Grisha le pasa algo, y Laszlo lo coge con una sonrisa burlona. Sube la ventanilla y me lo da.
Lo fulmino con la mirada, enarcando una ceja.
—¿En serio?
—Dijiste un sombrero antibalas. Pues aquí lo tienes.
—Es jodidamente fea —gruño al ver la gorra de béisbol negra con «Londres» estampado en la parte delantera.
La mandíbula de Laszlo se tensa, sus ojos se enfrían hasta un gris invernal.
—Póntela, moya zhena, o nos volvemos a casa.
El músculo de su mejilla se contrae una vez: su tic cuando no hay margen de negociación. Cojo la gorra de un tirón y me la pongo con una mueca.
—Todo el mundo pensará que soy turista —refunfuño, mientras el peso de la gorra me presiona el cuero cabelludo.
—Mejor eso que muerta —dice, y abre su puerta. Salgo antes de que pueda rodear el coche para abrirme la mía, sobre todo porque la gorra me hace sentir ridícula, y quedarme quieta solo empeora las cosas.
Laszlo aparece a mi lado sin hacer ruido, algo que a estas alturas probablemente debería haber dejado de impresionarme. Pero no.
La puerta se abre antes de que lleguemos.
Marco tiene setenta y tres años, tiene el cuerpo de un hombre que lleva seis décadas comiendo su propia cocina, y esa clase de rostro que parece permanentemente encantado de verte aunque no lo esté. Me mira a mí, luego a Laszlo, luego otra vez a mí, con expresión cómplice.
—Galina —dice, y me besa en ambas mejillas antes de apartarse para mirarme bien. Sus ojos se posan en el anillo. Luego en Laszlo. Luego vuelven a mí con una pregunta que es demasiado educado para formular en voz alta.
—Marco, te presento a mi marido, Laszlo Voronov.
Marco arquea las cejas y algo cambia en su rostro.
No es solo que reconozca el nombre. Es algo más profundo.
Mira a Laszlo con la evaluación particular de un anciano que ha visto pasar a suficientes hombres de la Bratva por su puerta como para saber exactamente a quién tiene delante, y luego asiente una vez, despacio, con la gravedad de quien otorga una aprobación que nadie ha pedido pero que ofrece igualmente.
—Venid —dice Marco—. La mesa del rincón, ¿verdad?
—Sí —dice Laszlo antes de que me dé tiempo a contestar.
El restaurante está medio lleno. Iluminación suave, manteles blancos, olor a ajo y vino y a algo cocinado a fuego lento que me llega directamente al estómago.
Nos sentamos de espaldas a la pared, y me relajo un poco cuando nos ponen vino delante, junto con una cesta de pan. Abro la boca, pero los dedos de Laszlo me la tapan.
—No lo digas —dice.
—Vale —murmuro, y cojo la carta cuando me retira la mano de la boca.