Capítulo 26
Galina
La habitación de invitados es más pequeña que la nuestra. Sin cristales rotos. Sin agujeros de bala. Sin viento frío colándose por una ventana destrozada. Solo cuatro paredes, una cama sin estrenar y el leve olor a sábanas limpias.
Cierro la puerta a mi espalda y me quedo en medio de la habitación con el arma en la mano, escuchando mi propia respiración.
Tengo las manos firmes. Alguien ha intentado matarme y, sin embargo, sigo adelante como si nada hubiera pasado.
La puerta se abre a mi espalda y pego un bote de la hostia, girándome con el arma en alto.
—Soy yo —dice Laszlo, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras él.
Se acerca enseguida, pone la mano sobre el cañón y me baja el brazo antes de quitarme el arma—.
¿Sabes siquiera cómo usar esta cosa? —pregunta con una sonrisa pícara mientras me lleva hacia la esquina de la habitación, junto a las ventanas.
Arqueo una ceja y curvo el labio.
—¿Apuntar y disparar?
—Qué mona —dice—. Siéntate.
—¿En el suelo?
—En el suelo.
Me dejo caer al suelo y me abrazo las rodillas hasta la barbilla. Él se sienta en la esquina de la cama, con las dos armas colgando de las manos.
—Fue Petyr —dice—. O al menos contrató a alguien. Me alejó de ti con un ruido en la casa y…
—Bang —murmuro. El único disparo que oí desde las escaleras mientras intentaba esquivar a Grisha aún me resuena en los oídos. Ejecución—. ¿Por qué?
—Porque te tocó y le rompí el brazo.
—Así que me echa la culpa a mí —no es una pregunta, sino una afirmación—. Parece un poco excesivo, ¿no? ¿Mandar que me maten en mi propia cama?
Suspira y se frota la cara con la mano.
—Los hombres rusos son orgullosos, moya zhena. Los hombres de la Bratva son orgullosos. También son impulsivos y temerarios si no se han criado bajo la mano y la guía de un pakhan.
—¿De verdad pensó que se saldría con la suya? ¿No solo contigo, sino con mi padre?
—No estaba pensando en tu padre —dice Laszlo—. Estaba pensando en su orgullo y en que todos los hombres de este equipo me vieron partirle el brazo como una ramita. Eso fue lo que le jodió. No tú en concreto. La humillación. Tú eras simplemente la forma más fácil de castigarme a mí.
Apoyo la frente en las rodillas y respiro.
—Así que soy un daño colateral en una guerra de egos.
—Bienvenida a ser una esposa Voronov.
—Ojalá me hubieran pasado el aviso.
—Ahora ocupas otro lugar en la mesa. Él no lo sabía. Si lo hubiera sabido, habrías estado protegida. No se habría atrevido.
Levanto la cabeza y lo miro. Está sentado en el borde de la cama con dos armas en las manos, vestido solo con pantalones de chándal y los pies descalzos, y es exactamente el hombre con el que me casé esta tarde. Peligroso. Concentrado. Mío.
—Lo has matado —digo.
—Sí.
Sin vacilación. Sin justificación. Sin suavizar la palabra. Solo el hecho, dicho de la misma manera en que podría decirme que está lloviendo.
Espero a que llegue el horror. La repulsión. La parte de mí que debería echarse atrás ante un hombre que acaba de meterle una bala en la cabeza a alguien, pero no llega.
—Se lo vamos a contar a todo el mundo ahora mismo —dice, poniéndose de pie—. Esto ya no va de Yelena. Esto va de protegerte a ti. Mi esposa. El contrato sobre tu cabeza sigue en pie, pero como mi esposa, se lo pensarán antes de echarse atrás. Especialmente con Petyr muerto.
El corazón me late con fuerza.
—Pero la iglesia...
—Viktor encontrará otra manera —dice con frialdad—. Mi única preocupación es protegerte.
—Laszlo —le espeto.
—No —dice, negando con la cabeza, una advertencia en toda regla—. Esto podría haber terminado contigo muerta en nuestra cama de bodas. Si crees que voy a dejar que esto vuelva a pasar quedándome callado, no conoces en absoluto al hombre con el que te has casado.
Lo miro fijamente y la discusión muere en mi lengua. No porque esté equivocado. Porque tiene razón, y lo odio.
—Vale —digo en voz baja—. Se lo contamos a todo el mundo.
Asiente una vez, seco y definitivo.
—Llamaré a Baron y a tu padre para decirles que hay cambio de planes.
Sale de la habitación sin decir nada más. Oigo sus pasos en las escaleras, luego el murmullo grave de su voz mientras habla con Grisha. Me quedo en el suelo, en la esquina, con las rodillas recogidas y la espalda contra la pared, y dejo que el peso de las últimas horas caiga sobre mí.
Papá se encargará de esto. Yelena y los niños seguirán estando bien. Solo tendrá que hacer otro plan. Seguro que tiene un montón de planes de reserva, y si llega el caso, estoy bastante segura de que aceptará la oferta de Baron de entrar a saco. Con suerte, no llegará a eso.
Hundo la cara en las rodillas y respiro.
Cuento hasta cuatro. Aguanto. Suelto. Luego me pongo de pie.
Las cortinas están cerradas, los guardias que quedan están en alerta máxima, y la noticia de Laszlo ya habrá llegado a la red de cotilleos de la Bratva, y las familias de toda la ciudad la estarán recibiendo.
Estarán recibiendo el mensaje de que alguien ha intentado dispararme y casi lo ha conseguido.
Cerrarán filas. Mi padre tendrá refuerzos aquí en menos de diez minutos.
Baron también, probablemente, aunque más por su sobrino que por mí.
Si el tirador sigue ahí fuera, se lo pensará dos veces esta noche antes de volver a intentarlo. Me paso las manos por la cara y me obligo a moverme.
Quedarse sentada en una esquina esperando a que los hombres decidan el siguiente paso es la forma en que las mujeres acaban bajo tierra.
Voy hacia la puerta del dormitorio, la abro y salgo al rellano. Grisha está plantado en lo alto de las escaleras como un muro humano. Niega con la cabeza en cuanto me ve.
—No.
—Apártate, Grisha.
—No.
Me pongo las manos en las caderas.
—No era una sugerencia.
—Tampoco es cosa tuya.
Lo miro fijamente.
—Apártate.
Su expresión sigue impasible.
—Laszlo ha dicho que te quedes aquí arriba.
Me acerco más.
—Si Baron o mi padre llegan y me encuentran escondida arriba como una niña asustada, te voy a hacer la vida imposible.
Exhala por la nariz.
—Mi vida ya es un infierno.
—Entonces déjame mejorar la mía.
Se le tensa la mandíbula. No está disfrutando de esto y mira por encima de mi hombro; una expresión de profundo alivio le cruza el rostro.
Me giro y veo a Laszlo salir del dormitorio acribillado, ya completamente vestido con pantalones negros y camisa negra, el pelo todavía húmedo, la mandíbula apretada de un modo que indica que ha tomado tres decisiones y ha matado a un hombre en su cabeza desde la última vez que lo vi.
Leonid llega casi al mismo tiempo por las escaleras, pálido y furioso, con una bandeja de té, agua y lo que parece brandy.
Laszlo cierra la puerta tras de sí y me fulmina con la mirada.
—Vuelve a la habitación.
—Te diré lo mismo que a tu hombre. No.
Sus ojos se vuelven inexpresivos. Sin alzar la voz. Peor.
—Galina.
—No —repito, plantándome en el rellano—. No puedes disparar a un hombre en el jardín, contarle a medio Londres que soy un objetivo y después encerrarme en un dormitorio como un puto adorno.
Leonid se queda inmóvil con la bandeja en las manos.
Grisha parece querer fundirse con el papel pintado.
Laszlo avanza hacia mí, conteniendo la violencia.
—Alguien disparó a través de nuestra ventana mientras estabas desnuda en nuestra cama.
Grisha deja escapar un quejido que intenta sofocar, pero no creo que Laszlo lo oiga. Tiene la mirada clavada en mí.
—Sí, lo recuerdo.
—Y crees que este es el momento de ponerme a prueba.
—Creo que este es el momento de dejar de tratarme como si fuera inútil.
Aprieta la mandíbula.
—Te estoy tratando como a mi esposa.
—Entonces háblame como tal.
Durante un segundo tenso, nadie se mueve.
Laszlo me sostiene la mirada, y sé exactamente lo que está haciendo. Está decidiendo si plantarme cara o adaptarse.
—Que sepas lo que está pasando y que estés en medio son dos cosas distintas.
—Ya estoy en medio.
Se le tensa la mandíbula.
—Ese es exactamente el problema.
Leonid carraspea suavemente.
—Quizá primero un té...
—Que le den al té —digo sin apartar la mirada de Laszlo.
Leonid inspira como si hubiera insultado a sus ancestros.
—Eso es profundamente ofensivo en mi presencia.
En cualquier otra circunstancia, me reiría. Ahora mismo, estoy demasiado cabreada.
Laszlo aprieta los labios.
—Vuelve a la habitación. Ahora.
—No.
Da otro paso hacia mí.
—No me obligues a llevarte en brazos.
—Atrévete.
Grisha murmura una oración por los condenados en ruso.
Alzo la barbilla.
—¿Quieres que esté a salvo? Bien. Entonces deja de dar órdenes y empieza a hablar.
¿Quién lo sabe? ¿Qué dijo Baron? ¿Qué dijo mi padre?
¿Han identificado al tirador? ¿Nos quedamos aquí?
¿Nos vamos? ¿Vienen más hombres? No puedes decidir que soy lo bastante importante para esconderme pero no lo bastante para informarme.
Eso da en el blanco. Lo veo en el leve cambio de su expresión.
Bien, porque estoy harta de que me manejen.
Leonid deposita lentamente la bandeja sobre una mesa del pasillo con el cuidado de un hombre que sabe que su vajilla está a punto de convertirse en daño colateral.
—Si alguien quiere brandy mientras continúan esta discusión conyugal, ahora sería el momento.
Ninguno de los dos le responde.
Laszlo inspira audiblemente y me mira con una contención que probablemente debería preocuparme más de lo que me preocupa.
—Bien —dice al fin, con voz cortante—. ¿Quieres información?
La tendrás. Baron viene de camino. Tu padre está enviando hombres.
Esta noche no nos quedamos aquí. Dmitri y Sasha están peinando las casas vecinas y sacando imágenes de todas las cámaras de esta calle y las dos siguientes.
Petyr está muerto. El hombre que contrató aún no ha sido identificado.
Hasta que lo esté, no te acercas a ninguna ventana sin cubrir y no te apartas de mi vista. ¿Te queda claro, esposa?
—Sí —digo—. Mejor.
Se le dilatan las fosas nasales. Odia que tenga razón.
Leonid coge el brandy y me lo tiende con desaprobación.
—Bebe.
Lo acepto porque no soy estúpida. He llevado a Leonid al límite esta noche. La ironía de que le tenga más miedo al mayordomo que a mi marido me hace apretar los labios.
—Gracias —mascullo.
—Ya te disculparás con el té más tarde —murmura.
Me cuesta horrores no estallar en carcajadas. Solo el pensamiento de que Laszlo podría tomarlo por histeria y encerrarme bajo llave en una habitación acolchada me detiene.
Pero maldita sea. Lo ve de todos modos.
—Esto no tiene gracia.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si estuviera exagerando.
—Estoy actuando como alguien que casi se muere y que aun así prefiere saber qué coño está pasando a que la escondan. —Doy un sorbo de brandy. Me quema hasta el fondo—. No son lo mismo.
Me mira un segundo más y asiente una vez. No es aceptación, sino reconocimiento.
—Bien —digo, porque si me detengo ahora, le daré un dedo y se tomará el brazo hasta encerrarme bajo llave.
Sus ojos se entrecierran ante el tono.
—No tientes a la suerte.
—No estoy tentando nada. Estoy de pie, pidiendo que no me mientan. Por lo visto, eso cuenta como rebelión en esta casa.
—En esta casa —dice, muy bajo ahora— cuenta como sobrevivir lo suficiente para volver a molestarme mañana.
Eso cala más hondo de lo que debería, y doy otro trago al brandy.
Antes de que pueda responder, Grisha se gira con la mano en el arma. Leonid ni se inmuta. Vuelve a levantar la bandeja del té con dignidad ofendida, como si hombres armados apareciendo a medianoche no fueran razón para dejar que el Earl Grey se enfríe.
Un segundo después, oigo portazos de coche.
Laszlo mira a Grisha.
—Quedas relevado de la guardia de la esposa. Por ahora. Ve.
Grisha asiente y desaparece escaleras abajo tan rápido que creo que va a echar a volar.
Doy otro sorbo al brandy y odio que me tiemble un poco la mano. La mirada de Laszlo baja al vaso y luego a mi cara.
—Deberías sentarte —dice.
—Estoy bien.
—Estás en shock.
—Estoy enfadada.
—Puedes estar las dos cosas.
Leonid chasquea la lengua.
—Está las dos cosas.
Lo miro.
—¿De qué lado estás?
Me lanza una mirada imperiosa.
—No del tuyo.
—Ay, Leo. Eso duele.
Se le sube el pavo y gira sobre sus talones mientras Laszlo intenta no reírse.
—No creo que nadie en la historia del mundo lo haya llamado Leo —resopla.
Cuando cruzo mi mirada con la suya, sonriendo, su sonrisa desaparece al instante.
—No creas que esto cambia nada.
Unos pasos pesados retumban en las escaleras un segundo antes de que aparezca Baron, con el abrigo negro abierto y expresión asesina, pasando junto a Leonid. Me ve en el rellano con el brandy en la mano, a Laszlo vestido para ir a la guerra, y se le endurece toda la cara.
—¿Dónde está el cuerpo? —pregunta.
—Deshaciéndose de él mientras hablamos —dice Laszlo.
La mirada de Baron se clava en mí. Me recorre con esos ojos pálidos, cortantes como un láser, y asiente al ver que estoy ilesa.
Otra serie de pasos lo sigue. Mi padre aparece con dos hombres a su espalda, abrigo oscuro y sin corbata, la cara tan fría que casi absorbe el aire del rellano.
Sus ojos van directos a mí.
Odio la oleada de alivio que me invade. Soy una mujer adulta. Casada, ahora. Casi me pegan un tiro en mi propia cama. Pero basta una mirada a mi padre para que parte de mí quiera soltar el aire y dejar que él lo arregle todo.
Sube el resto de las escaleras y se detiene frente a mí.
—¿Estás herida?
—No.
Sus ojos recorren mi cara, mis manos, comprueban que estoy de pie y discutiendo en lugar de derrumbada. Asiente una vez.
—Yelena —digo.
—No te preocupes por tu prima. Llevo mucho tiempo planeando esto, malyshka. Tengo planes de contingencia.
—¿Implican tiroteos?
—Todavía no —suelta—. Esto está controlado. Ahora nos centramos en ti.
Doy otro sorbo al brandy y asiento mientras mi mirada se desvía hacia Laszlo.