Su voto despiadado (London Bratva) Capítulo 15
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Capítulo 15

Laszlo

El aire entre nosotros es diferente ahora. No seguro. No resuelto. Pero desnudo. Honesto en lo que importa.

Eso es más peligroso de lo que nunca fue la hostilidad.

—Leonid la estará preparando ahora —murmuro—. Te buscaré algo mientras tanto.

Asiente con cautela, y siento cómo las barreras vuelven a cerrarse de golpe.

Para ambos. Esto fue demasiado real, demasiado pronto.

O quizás no lo bastante pronto. Tiene un miedo genuino a cómo acabará esto para ella, pero da igual lo que diga, no me cree.

Todavía no. Ni siquiera mis actos se lo están dejando claro.

La única forma que conozco de demostrarlo es seguir adelante.

Seguir estando ahí. Seguir haciendo lo que dije que haría.

Las palabras valen poco en nuestro mundo. Galina lo sabe tan bien como yo.

Me dirijo a la puerta y ella me sigue sin que se lo pida, lo cual ya es algo.

Abajo, el olor de algo que se está cocinando nos llega antes de alcanzar la planta baja. Leonid aparece de la cocina con la expresión de un hombre que ha estado escuchando todo lo ocurrido durante la tarde a través del techo y ha decidido volcar sus emociones en la comida.

—Veinte minutos —dice.

—Ella necesita algo ahora —digo mientras la guío al comedor.

Desaparece sin rechistar y regresa con una pequeña tabla. Pan, mantequilla, un trozo de queso, manzana en rodajas. Simple. La coloca sobre la mesa frente a ella sin ceremonias y vuelve a lo que estaba haciendo en la cocina.

Galina arranca un trozo de pan y se lo come, observándome con esos ojos verdes que no revelan nada. —No quiero estropearme el apetito —murmura entre bocados—. Lo que esté preparando huele de maravilla.

Arranca otro trozo y pasa el cuchillo por el pequeño recipiente de mantequilla que Leonid dejó junto a la tabla antes de untarlo generosamente en el pan.

La observo comer intentando que no parezca que la estoy observando, lo cual es más difícil de lo que parece.

Hay algo desarmante en eso. Galina Rusanova, que anoche entró en esta casa como si la llevaran al patíbulo con la intención de llevarse a todos por delante, está sentada a mi mesa comiendo pan con mantequilla con la satisfacción concentrada de alguien que no ha comido desde la mañana y no finge lo contrario.

Sirvo agua en ambos vasos y me siento frente a ella.

Mira el vaso, luego a mí. —Gracias.

—No lo conviertas en un hábito —digo.

Su boca se curva, solo ligeramente. —¿Agradecerte?

—Sorprenderte cuando hago algo que no es horrible.

Lo considera mientras corta una rodaja de queso y la coloca sobre el pan. —No me sorprende cuando haces algo que no es horrible —dice al fin—. Me sorprende cuando haces algo que no es complicado.

—Son lo mismo.

—No lo son. —Da un mordisco y mastica pensativa—. Lo horrible es fácil de catalogar. Complicado significa que tengo que pararme a pensar en ti.

—Y preferirías no hacerlo.

—Preferiría comer mi pan en paz.

Me recuesto y considero mis opciones. Solo hay una forma de conseguir lo que quiero. —Quiero saber qué está pasando tu padre por el corredor Voronov.

Se queda paralizada, el pan a medio camino de la boca. Inspira hondo y suelta el aire mientras lo deja de nuevo en la tabla. —Y crees que lo sé.

—No, dijiste que no. Te creo. Quiero que lo averigües.

—¿Cómo?

—Pregúntale.

—Ya lo hice. No quiso decírmelo.

—Entonces haz que te lo diga.

Sus ojos se han vuelto cautelosos. He pasado de ser el hombre con el que puede bromear al hombre de la Bratva que teme que la aplaste.

—Te lo pregunto otra vez: ¿cómo? Está claro que no conoces a mi padre.

—Si se parece en algo al tío Baz, lo conozco.

—¿Tío Baz? —Se le escapa una carcajada, pero enseguida recompone el gesto—. Eres un cabrón —añade.

—Despiadado, lo sé.

—¿Cómo haces eso?

—¿Hacerte reír cuando esta conversación ha entrado en un campo de minas?

Asiente.

—Talento. Quiero saberlo, moya zhena. Tú lo averiguarás.

—Me estás pidiendo que traicione a mi padre. —En nuestro mundo, el matrimonio nunca es solo votos y firmas. Es elegir a quién serle leal cuando cualquiera de las dos opciones podría matarte.

—Te estoy pidiendo que te pongas del lado de tu marido.

—Laszlo... —Se humedece los labios—. No puedo presentarme en su casa sin más y exigirle que me lo cuente. Sabrá que me has pedido que lo averigüe y se cerrará aún más.

—Busca la manera.

—Maldito seas —dice, negando con la cabeza—. Por eso no puedo confiar en ti.

Entrecierro los ojos. —¿Porque te pido que averigües algo que es vital para mantenerte a salvo a ti y a mi familia?

Eso le hace mella, y ambos lo sabemos.

Me sostiene la mirada durante un largo momento, y observo cómo la guerra se libra en su rostro. No la compostura ensayada que usa como escudo. Lo auténtico. La parte de ella que odia estar atrapada entre dos hombres que creen saber qué es lo mejor para ella.

—No es justo —dice en voz baja.

—No.

—Me estás pidiendo que elija.

—Te estoy pidiendo que seas mi esposa. En nuestro mundo, eso es elegir.

Se le tensa la mandíbula.

—¿Lo es?

Me inclino hacia delante, con los antebrazos sobre la mesa, y mantengo un tono neutro.

—Te estoy pidiendo que averigües qué va a pasar por una ruta que discurre bajo territorio Voronov el día de nuestra boda, y no lo hago por cotillear, Galina.

Si es algo que podría estallarnos en la cara, en sentido literal o figurado, no puedo protegerte si no sé lo que se avecina.

No voy a interferir. No voy a socavar a tu padre.

No voy a decirle que no puede usar el acceso.

—¿El día de nuestra boda? —dice tragando saliva, algo pálida.

—No me digas que no lo planeó.

—Mierda —dice, con lágrimas asomándole a los ojos mientras aparta la mirada—. Joder.

Me siento bastante mal por hacerla llorar, pero esto es por el bien... común.

—No me des una respuesta de mierda. ¿Cómo se supone que voy a conseguir que me lo cuente?

—Solo tú conoces la respuesta a eso, y esa no es una respuesta de mierda. No lo conozco, no sé qué teclas tocar. Tú sí.

Se le aprieta la mandíbula.

—¿Qué gano yo con esto? Y no me digas que mi seguridad. Eso no compensa el cargo de conciencia de engañar a mi padre.

—¿Incluso después de que él te engañara primero?

Parece que quiere clavarme un tenedor en la mano, así que retiro ambas de la mesa.

—No me engañó. Sabía lo que se avecinaba.

—¿En serio? —digo arrastrando las palabras—. Parecías bastante furiosa cuando se puso todo sobre la mesa en su despacho.

—No fue porque no lo supiera. Fue en general —suspira y se frota la frente—. Responde a la pregunta, Laszlo.

—¿Qué ganas con esto?

Asiente.

—¿Tienes algo en mente?

Asiente lentamente, y tengo la clara sensación de que esto me va a costar más de lo que estoy dispuesto a dar.