Su voto despiadado (London Bratva) Capítulo 10
33%

Capítulo 10

Galina

El vestido es perfecto. Seda blanca y pulida, ajustado al cuerpo, la espalda abierta indecente de un modo que sé apreciar, el escote elegante en lugar de recargado. Parece caro, severo y nupcial sin convertirme en un merengue.

La dependienta reaparece con una sonrisa comedida y un datáfono.

Laszlo teclea su PIN sin siquiera preguntar el importe.

Me quedo mirando su mano un segundo después de que termina, la tarjeta negra entre dos dedos tatuados, la expresión aburrida, como si comprarme un vestido de novia no fuera más importante que pagar la gasolina.

Hay algo innegablemente sexy en ello.

La dependienta se apresura a desabrochar los botones y retirarme el vestido para empaquetarlo antes de que Laszlo cambie de opinión. Bajo de la plataforma, recojo mi ropa de la silla y desaparezco detrás de la cortina del probador.

Me sigue.

—¿Te importa?

—No, adelante —dice.

—No era una invitación a responder con sinceridad.

Cierra la cortina tras de sí y llena el pequeño espacio con calor, colonia y arrogancia.

—Te ha gustado.

Odio que suene complacido. Odio más que tenga razón.

—Servirá.

Su mirada baja al encaje de mi sujetador y luego vuelve a mi rostro.

—Mentirosa.

—No vas a decidir cada detalle de esto —digo en voz baja.

—Ya lo verás.

Levanto la barbilla y le sostengo la mirada en el espejo que tengo detrás.

—Me encantaría.

Su boca se curva, pero no hay suavidad en el gesto.

Nada en él es suave cuando me mira así. Se coloca detrás de mí hasta que el calor de su cuerpo presiona contra mi espalda sin llegar a tocarme, una mano apoyada junto a mi cabeza contra la pared del probador, y me atrapa entre seda, piel y pura arrogancia masculina.

—Crees que esto va de ganar —murmura.

—Va de no dejar que me arrastres a la fuerza a cualquier fantasía que te hayas montado en la cabeza.

—Mi fantasía —dice, y baja la mirada de nuevo a mi ropa interior— ya ha entrado sola.

Las palabras deberían sonar a amenaza. En cambio, se deslizan bajo mi piel como algo más ardiente, y eso ya es una advertencia en sí misma.

Me giro con la intención de poner distancia entre nosotros, pero aquí no hay espacio suficiente.

Mi cadera le roza. Su mano se mueve con la rapidez necesaria para atraparme la muñeca antes de que pueda esquivarlo.

—Suéltame.

—No.

Suelto una risa seca, sin pizca de humor.

—De verdad que solo tienes una respuesta para todo, ¿no?

—Cuando es la respuesta correcta, sí.

Sus dedos se deslizan más abajo, de mi muñeca a mi mano, y luego me gira la palma hacia arriba. Su pulgar roza la esmeralda de mi dedo. El gesto es demasiado íntimo para un hombre al que apenas conozco. Me molesta que mi pulso reaccione igualmente.

—Vístete, Galina. Tenemos que irnos.

Su tono se ha vuelto más frío. Retrocede y me deja vestirme en paz.

Considero tomarme mi tiempo, pero su mirada me ha advertido que no lo haga. Adondequiera que tenga que ir, es importante.

Me visto deprisa, agarro el bolso y las gafas de sol y me pongo a caminar a su lado.

Su mano descansa en la parte baja de mi espalda y me guía fuera de la boutique sin mirar atrás.

Uno de sus hombres está cargando el vestido en el otro coche mientras Laszlo me abre la puerta del copiloto.

Esta vez se lo permito. Tiene prisa, y retrasarlo solo por joderle no es la persona que quiero ser.

—¿Adónde vamos? —pregunto cuando sube y enciende el motor.

No responde mientras se aleja del bordillo como un cohete.

—A un sitio importante —dice, y se mira el reloj. Hace una mueca y acelera. Me agarro al cinturón de seguridad con la mano derecha mientras tomamos una curva tan rápido que solo gracias a la buena ingeniería no acabamos empotrados en el seto de algún vecino.

Entra en Belgravia y se detiene frente a una casa enorme con verjas de hierro. Se abren automáticamente y conduce más despacio por el camino de acceso.

—¿Dónde estamos? —pregunto de nuevo.

—En la casa del barón Voronov.

—Oh.

Me muerdo el interior del labio.

—Esperaré aquí.

—No, entrarás conmigo.

—Preferiría esperar aquí.

—No sé cuánto tiempo estaré.

—No pasa nada, tengo el móvil.

—Galina…

Se pellizca el puente de la nariz. Es la primera vez que lo veo agobiado.

—Tengo exactamente dos minutos antes de dejar de llegar oficialmente temprano. No pienso romper mi racha ahora. Sal del coche. Por favor.

Tarda un segundo en calar, pero el por favor me llega.

—Tiene modales —murmuro mientras abro la puerta del coche.

—Gracias —dice, sin morder el anzuelo.

La puerta ya está abierta cuando cruzamos el camino de acceso. El hombre de seguridad del pakhan Voronov se aparta para dejarnos pasar. Laszlo le saluda con un gesto de cabeza. Yo miro al frente.

Oigo cerrarse la puerta principal a nuestra espalda, y ese sonido me recorre la columna con más fuerza de la que debería.

Laszlo camina a mi lado con determinación, una mano que me roza brevemente la parte baja de la espalda antes de apartarse.

Parece deliberado. Reconfortante, si yo fuera de las que disfrutan que las reconfortaran.

No lo soy.

Normalmente.

El hombre de seguridad nos guía por la casa sin decir palabra.

Llegamos al estudio y el hombre abre la puerta.

El barón Voronov está junto a la ventana, con las manos a la espalda. Se vuelve cuando entramos. Su mirada recae primero en mí. No en Laszlo. En mí.

Eso me dice más de lo que me gustaría.

—Señorita Rusanova —dice.

—Pakhan Voronov.

Laszlo da un paso adelante.

—¿Tiene el papeleo?

—Lo tengo. —Sus ojos pálidos nos repasan a los dos—. No esperaba que la trajeras.

—¿Ella? Se llama Galina —dice Laszlo, y trago saliva. Por esto precisamente quería quedarme en el coche.

—Por supuesto —dice Voronov—. Quizás la señorita Rusanova preferiría tomar una taza de té mientras revisamos estos documentos.

—Me encantaría —digo antes de que Laszlo pueda atarme a su lado mientras repasan mi dote. Supongo que de eso se trata, al fin y al cabo. Sus condiciones.

Una mujer aparece casi al instante, como si la hubiera invocado la palabra té por sí sola, y me hace un gesto para que la siga. La sigo, porque quedarme aquí mientras dos Voronov discuten las condiciones de mi venta sería peor.

Siento la mirada de Laszlo sobre mí mientras me voy. No me doy la vuelta.

La mujer me conduce a un salón en la parte delantera de la casa.

Es elegante de una manera fría y cara. Paredes pálidas.

Sofás bajos color crema. Un piano de cola en una esquina que probablemente nadie toca aquí a menos que esté amenazando con cerrar la tapa sobre las manos de alguien.

Rosas blancas frescas reposan sobre una mesa auxiliar.

Toda la habitación parece diseñada para aparentar. Civilizada. Refinada.

Peligrosa.

—¿Té, señorita Rusanova? —pregunta.

—Sí, por favor.

Inclina la cabeza y desaparece.

Me quedo de pie un momento en lugar de sentarme.

Todavía tengo la piel demasiado tensa después del viaje.

Por las prisas de Laszlo. Por el por favor que se le escapó de la boca como una grieta en su escudo.

Me inquieta más de lo que jamás me ha inquietado su arrogancia.

Pero es revelador. Quiere complacer a su tío.

No solo porque es pakhan, sino porque lo quiere y desea su aprobación.

Me hace sonreír levemente ver que hay algo debajo de ese exterior atractivo, tatuado y arrogante.

Me acerco a la ventana y miro hacia el jardín mientras espero, deseando que esto acabe pronto para poder irme a casa e intentar relajarme después de una mañana tan agotadora.

Una taza de té después, Laszlo aparece y me indica con la cabeza que me mueva. Dejo la taza con cuidado, me levanto del sofá y cruzo con soltura el suelo de mármol.

—¿Todo a tu gusto? —pregunto con un poco de sarcasmo para intentar disipar la tensión.

Me fulmina con la mirada, luego ve lo que estoy intentando hacer y sonríe.

—Todo está en orden.

No vuelvo a hablar mientras me conduce fuera de la casa hacia el Lamborghini, y esta vez espero a que me abra la puerta.

Parece que lo hubieran pasado por un escurridor antiguo, y ahora mismo no necesita mi sarcasmo.

Estoy demasiado cansada para pelear a cada momento, pero eso no significa que haya dejado de luchar.

Significa que necesito elegir los momentos que importan.

Las mujeres duras no sobrevivían enseñando los dientes a todo el mundo.

Sobrevivían aprendiendo exactamente dónde morder.

No puedo pasarme la vida así. Me mataría.

Darme cuenta de esto me quita un pequeño peso de encima, y me relajo durante el corto trayecto a casa.

Laszlo no dice una palabra mientras salimos del coche y entramos en la casa, pasando junto a Leonid, que me saluda con un breve gesto de cabeza antes de girarse hacia Laszlo.

—Señor, hay una amenaza potencial en el jardín...

—Oh, han llegado mis paquetes —digo mientras avanzo hacia las puertas correderas del jardín. Laszlo se apresura a alcanzarme—. Ya los cojo yo...

—Atrás —gruñe uno de los hombres de Laszlo, que levanta el brazo y me lo estampa en el pecho para frenarme. Jadeo por el impacto.

Laszlo se mueve más rápido que nadie. Agarra el brazo del hombre, lo aparta de mí y se lo retuerce a la espalda con un crujido audible que me revuelve el estómago.

—No la toques —gruñe Laszlo.

—Señor —jadea el hombre—. Aún no hemos revisado el paquete.

—¡Es ropa de cama! —exclamo—. ¡Lo pedí anoche!

Los fríos ojos azules de Laszlo se posan en mí, y no sé si quiere azotarme o pegarme un tiro. Suelta al hombre con un empujón que lo manda tambaleándose hacia atrás por el pavimento. El resto del equipo de seguridad se queda paralizado, todos descubriendo de pronto el valor del silencio.

—¿Cómo sabes que es lo que pediste?

—Lo pedí a la tienda que aparece en el lateral de la caja —tartamudeo, dándome cuenta de mi error. Debería habérselo dicho a alguien. No pensé. En casa, en la de mi padre, escaneaban todos mis paquetes antes de que yo supiera siquiera que habían llegado.

—Ábrelo —espeta Laszlo a uno de los hombres, que avanza con un cúter y una mueca de quien le ha tocado la china.

Laszlo me hace retroceder y se coloca delante de mí mientras abren y revisan la caja. Se vuelve hacia mí con una mirada que no logro descifrar del todo.

—Lo siento. No volveré a pedir nada —suelto, sintiéndome como una niña traviesa.

Frunce el ceño.

—Pide lo que quieras, solo díselo a Leonid.

—No, está bien —tartamudeo.

Laszlo se pasa la mano por la cara.

—Galina, pide lo que te dé la puta gana, ropa de cama, un coche, me da igual. Solo díselo a Leonid, ¿vale?

—V-vale —murmuro mientras el guardia de seguridad me entrega la caja de algodón egipcio. La agarro con fuerza y salgo corriendo escaleras arriba antes de que alguien pueda decir nada más.

En el dormitorio, me quito los zapatos y saco la nueva ropa de cama. Algodón egipcio blanco de mil hilos. Fresco, limpio y precioso.

Y sin usar.

Me pongo a quitar las sábanas de la cama y las dejo en un montón en la esquina. Percibo un movimiento con el rabillo del ojo y lo ignoro mientras ajusto la sábana bajera.

—Ropa de cama —dice, apoyado en el marco de la puerta.

—Me dijiste que podía pedir la ropa de cama que me hiciera sentir cómoda —digo sin mirarlo.

—Eso dije.

—Puedes quemar esas sábanas —digo con un gesto vago hacia el montón.

—¿Quemarlas? ¿No te parece un poco drástico?

—No pienso acostarme en sábanas en las que te has follado a otras mujeres. Lavadas o no. Si creyera que me lo iban a permitir, haría leña con esta cama y también la quemaría.

No iba a heredar el lugar de otra mujer. Si me acostaba en esta cama, sería porque la había hecho mía.

—Vaya con la celosilla, ¿eh? —murmura mientras se acerca.

Resoplo mientras meto una almohada en su funda y la sacudo.

—Seré tu esposa. Merezco ese respeto.

—Lo mereces —concede—. Te aseguro que si me viera obligado a acostarme en una cama donde te follaste al tipo que no puedes quitarte de la cabeza, haría algo más que quemar la cama: quemaría la puta casa con ella dentro.

—No hay nadie en mi cabeza —afirmo mientras ahueco las almohadas con energía.

—Discrepo. Anoche usaste a ese hombre como arma contra mí. Averiguaré su nombre y lo eliminaré del tablero por completo.

—No seas absurdo —espeto mientras cojo la funda nórdica—. No tienes de qué preocuparte.

—Eso ya lo decidiré yo —dice, y me quita la funda nórdica para meter el edredón dentro como un puto profesional.

Me digo que tiene ventaja de altura y fuerza, pero en realidad es solo él. Competente. Capaz.

Lo miro fijamente mientras alisa el algodón con esas manos tatuadas, como si no le hubiera roto el brazo a alguien en el jardín hace apenas diez minutos solo porque me tocó para impedir que me acercara demasiado a una caja de ropa de cama.

Se le tuerce la boca.

—Contengo multitudes.

—No he dicho nada, aunque no estaría bien por mi parte no señalar que la arrogancia es una de ellas.

—Los celos son una de las tuyas.

Tiro del otro lado del edredón para colocarlo y lo fulmino con la mirada.

—La posesividad no es lo mismo que los celos.

—Lo es cuando me quieres solo para ti.

Odio el calor que me sube por el cuello.

—Quiero higiene básica.

Me lanza una mirada que dice que no me cree ni por un segundo.

—Si de verdad quieres deshacerte de la cama, le pediré a Leonid que...

—No —digo mientras niego con la cabeza, sintiéndome tonta—. Por favor, no lo hagas. Estoy bien con la ropa de cama nueva.

—¿Estás segura?

—Totalmente.

—Cualquier cosa que quieras, Galina, la tendrás —dice, y su mirada penetra la mía de un modo que me eriza el vello de la nuca.

Entonces sonríe con suficiencia.

—Dentro de lo razonable.

—Qué manera de arruinar una frase bonita.

—Si crees que puedes pedirme que traiga aquí a tu amorcito para un trío, eso es inaceptable y lo recibiré con extrema hostilidad.

Está intentando no reírse, así que yo intento no darle una patada en los huevos.

—Anotado.

Parpadea, como si esperara más. Espera que vuelva a negar que haya alguien más. La oscuridad le inunda los ojos cuando no lo consigue.

—Lo digo en serio, Galina. Si alguien más te toca, o siquiera piensa en tocarte, un brazo roto le parecerá un picnic.

—No hay nadie más, Laszlo. Y aunque lo hubiera, se habría acabado. No soy ninguna hipócrita. Soy una hija obediente de la Bratva, pronto seré esposa. No tienes de qué preocuparte.

Su mirada permanece en mí durante un largo segundo, sopesando las palabras, buscando en ellas debilidad, mentiras, cualquier cosa que pueda sacar a la luz y matar.

Entonces asiente una vez.

—Bien —dice.

La palabra no debería afectarme.

Lo hace.