Capítulo 9
Laszlo
Después de pasar la noche con una erección que no remitía, en la habitación de invitados —por si fuera poco—, vuelvo a entrar en mi dormitorio y lo encuentro vacío y ordenado.
Entro al baño, y diez minutos después, estoy mirando mi ropa colgada junto a la de Galina.
Me paso la mano por la cara y sacudo la cabeza.
Anoche se me fue de las manos, de alguna manera.
Su vulnerabilidad me afectó profundamente, pero no encontré las palabras para tranquilizarla.
Saco una camisa negra y un traje Tom Ford, me los pongo y cojo el reloj y el teléfono. Al comprobar la hora, veo que todavía es demasiado temprano para llamar a la boutique y organizar una visita privada para que Galina se pruebe vestidos de novia.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y bajo las escaleras para encontrarme con un hervidero de actividad.
—¿Qué está pasando? —le pregunto a Leonid, que merodea al pie de las escaleras como si estuviera a punto de recibir una patada en el culo.
—La señorita Rusanova está causando cierto revuelo entre los hombres —dice, visiblemente incómodo con sus propias palabras.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Señala las puertas correderas al otro lado del salón diáfano, que están abiertas de par en par para dejar entrar la luz del amanecer.
Cruzo la estancia con los mocasines silenciosos sobre el mármol y me detengo en el umbral mientras observo a mi prometida, vestida con mallas de yoga negras ajustadas y un sujetador deportivo, doblada sobre las baldosas cerca de la fuente en una postura que probablemente tiene algún nombre raro que nunca recordaré.
Mis hombres están divididos entre no mirar y mantenerse cerca, porque esas son las órdenes de su jefe.
Las miradas no duran mucho. Saben lo que les conviene. Y si no lo saben, lo aprenderán. Algunas lecciones en mi casa solo hace falta enseñarlas una vez.
Uno de ellos me ve, agacha la cabeza y se aleja rápidamente. Salgo a la terraza y todos los ojos masculinos caen al suelo tan rápido que resultaría gracioso si no estuviera planteándome un asesinato antes del desayuno.
Galina se endereza lentamente. Sin prisa. Sin vergüenza. Levanta los brazos por encima de la cabeza, se estira y se gira para mirarme con el pelo recogido y una expresión lo bastante fría como para helar la sangre.
—Buenos días —dice.
Está descalza sobre la piedra, pelo oscuro recogido, piel enrojecida por el esfuerzo, ejecutando estiramientos con lenta precisión mientras seis hombres armados fingen haber desarrollado de repente un profundo interés por la arquitectura del jardín.
El anillo le brilla bajo el sol cuando se lleva la mano a la cadera.
Mía.
Ese pensamiento me asalta con fuerza, inmediato, y no me molesto en fingir lo contrario.
Mis hombres desaparecen a una velocidad impresionante.
Uno se dirige a la puerta lateral. Otro recuerda de repente que tiene que revisar el perímetro.
Un tercero prácticamente echa a correr rodeando la fuente.
Leonid permanece dentro, observando este desastre desde detrás del cristal con la expresión cansada de un hombre que ha visto demasiado y al que todavía no le pagan lo suficiente.
—¿Todavía crees que no puedes satisfacerme? —murmuro con voz oscura, invadiendo su espacio, lo bastante cerca para que sienta mi erección contra ella.
Traga saliva, pero no dice nada durante un momento. Luego pregunta:
—¿A qué hora me voy?
—¿Irte adónde? —pregunto, distraído por el volumen de sus pechos bajo el sujetador deportivo.
—A buscar vestidos de novia —dice, algo exasperada.
Arrastro la mirada de vuelta a sus ojos.
—Todavía no han abierto. No he podido llamar para organizar una prueba privada.
—No quiero una prueba privada —dice—. Solo quiero ir hoy y elegir uno.
No sé si sentirme insultado por su eficiencia.
—No vas a ir sola.
—Puedo arreglármelas, Laszlo.
—No vas a ir sola porque dije que te protegería, pero más que eso, yo decido lo que llevas para casarte conmigo.
Sus ojos relampaguean.
—Ni de coña —escupe.
La comisura izquierda de mi boca se curva hacia arriba.
—Así funcionan las cosas.
—Eso es de lo más controlador. No puedes decirme qué puedo y qué no puedo ponerme.
—¿Quieres apostar?
Parece que quiere discutir, pero entonces recuerda con quién está hablando y aprieta los labios.
Mis dedos ascienden por su brazo hasta detenerse en su garganta.
—Buena chica —murmuro—. Estás aprendiendo.
—Estoy aprendiendo lo imbécil y dominante que eres —murmura.
Retrocedo y acepto la taza de café que Leonid ha decidido ofrecerme en este momento. Es un hombre sabio.
—Ve a vestirte, printsessa. Salimos en media hora.
Me lanza una mirada que promete violencia futura y gira sobre sus talones.
La observo marcharse porque, por lo visto, disfruto complicándome la vida.
—Pareces alegre —se atreve a decir Leonid.
—Estoy pensando en despedir a todo el mundo en esta casa.
—¿Porque miraron a tu prometida mientras hacía ejercicio en el jardín donde tú le dijiste que podía estar?
Doy un sorbo.
—Sí.
—Eso parece proporcionado.
—Me alegra que estés de acuerdo.
No se digna a responder.
—¿Necesitará seguridad adicional para la salida?
—Sí. Dos coches. Dos hombres. Yo llevo a Galina. Ellos nos siguen. Y si alguno de ellos se atreve siquiera a echar un vistazo a sus tetas en la tienda, los mando a Siberia.
—Estamos en Londres, señor.
—Aun así pueden ir.
Leonid asiente una vez con esa expresión que pone cuando quiere poner los ojos en blanco pero probablemente no sabe cómo.
—Entendido.
Bebo el café y miro hacia el jardín donde ella estaba hace un segundo. Mi casa parece diferente con ella dentro. Menos ordenada. Más viva. Más peligrosa.
No estoy acostumbrado a disfrutar de ninguna de las dos cosas.
Media hora después, estoy en el vestíbulo abrochándome la chaqueta mientras intento no pensar en que toda mi mañana ha sido secuestrada por una mujer que hace estiramientos en mi jardín.
El taconeo me detiene todos los pensamientos.
Me giro.
Galina baja las escaleras con un vestido negro ajustado que le llega justo por encima de la rodilla, gafas de sol oscuras ya puestas, un pequeño bolso estructurado en una mano y suficiente actitud en la expresión como para considerarse un arma.
El pelo le cae suelto hoy, brillante y oscuro contra la línea afilada del vestido.
El anillo de esmeralda destella cuando se ajusta las gafas.
Joder.
Galina llega al último escalón y me mira de arriba abajo. —¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Nos vamos, o piensas quedarte ahí de adorno?
Sonrío a mi pesar. —De verdad que estás empeñada en complicarlo todo.
—Sigues diciendo eso como si me importara.
Me interpongo antes de que pueda pasar. —A mí sí me importa —digo—. Quítate el cuchillo.
Entrecierra los ojos de inmediato. —No.
—Sí. No puedes entrar en una boutique y quedarte en ropa interior con un cuchillo atado al muslo.
Aprieta los labios, sabiendo que tengo razón. —Me lo quitaré en el coche antes de bajar.
—Te lo quitarás ahora —digo, y me agacho frente a ella.
Deslizo las manos bajo su vestido mientras los dos guardias que nos acompañan sueltan un gemido horrorizado y salen disparados por la puerta principal.
Oigo portazos, y le sonrío—. Ellos también están aprendiendo.
—Desabrocho el cuchillo, me levanto y lo dejo sobre la mesa del vestíbulo, cerca de la puerta—.
Lo recuperarás cuando volvamos a casa. —Le ofrezco la mano.
La mira como si la hubiera ofendido personalmente y pasa de largo sin aceptarla.
Fuera, el aire de la mañana ya es cálido.
El Lamborghini que ella encuentra tan divertido pero se niega a comentar espera en la entrada con el motor en marcha, y el Range Rover al ralentí detrás.
Mis hombres están en posición, todos de repente muy interesados en la carretera, los setos, el jodido cielo.
Bien. El instinto de supervivencia es una cualidad atractiva en el personal.
Abro la puerta del copiloto.
Galina se detiene frente a ella y levanta la barbilla. —Puedo abrirla yo sola.
—Lo sé. Y aun así lo hago.
Me lanza una mirada que sugiere que el asesinato sigue siendo una opción, y entra con elegancia, sin el menor tambaleo sobre sus tacones mientras se acomoda en el asiento deportivo.
Cierro la puerta y rodeo el capó, consciente de cada par de ojos que fingen no verme tratarla como cristal hilado y dinamita al mismo tiempo.
Cuando me deslizo en el asiento del conductor, el aroma de su perfume me alcanza antes incluso de cerrar la puerta. Algo oscuro y caro, con el carácter suficiente para ir con ella.
Meto primera, echo un vistazo al retrovisor para asegurarme de que el segundo coche está en posición y salgo a la calle.
Por una vez, está callada.
Le doy treinta segundos.
—No tenías por qué meterme las manos bajo el vestido en el vestíbulo —dice, con la vista fija en el parabrisas.
—Sí tenía, de hecho. Te negaste. —Le lanzo una mirada—. No te estaba manoseando por diversión, Galina. Te estaba quitando una navaja antes de que entraras en una tienda de novias.
—Qué decepción para ti, seguro.
Sonrío. —En absoluto. Lo disfruté.
—Odio que digas esas cosas con tanta naturalidad.
—Y yo odio que te pongas ropa de yoga ajustada en mi jardín con seis hombres que intentan no perder el trabajo.
Gira la cabeza bruscamente. Incluso detrás de las gafas de sol, noto el calor de su mirada. —Eso era ejercicio.
—Eso era intento de asesinato. —Me río entre dientes y giro a la derecha.
Cruza los brazos. —Sabes que las mujeres llevan sujetadores deportivos en público todos los días sin que los hombres se caigan a una zanja.
—Mis hombres no tienen permitido pensar en tus tetas bajo ningún concepto.
—Eso parece un problema suyo, no mío.
—Se convierte en problema tuyo cuando empiezo a despedir gente, y no me refiero a darles el finiquito.
Resopla con disgusto. —Eres imposible.
—Y sin embargo aquí estás. En mi coche. De camino a comprarte un vestido para casarte conmigo.
Se le tensa la mandíbula. Disfruto más de lo que debería.
La boutique está en Knightsbridge, tras cristales discretos y latón pulido, el tipo de lugar que sobrevive a base de recomendaciones y mujeres que tratan la alta costura como una religión.
Aparco junto al bordillo y el segundo coche se detiene detrás.
Dos hombres bajan primero y barren la acera con la mirada.
Apago el motor y salgo, rodeando el coche hacia su lado antes de que pueda empeñarse en abrir la puerta ella misma otra vez.
Ya está fuera cuando llego.
—Persistente —murmuro.
—Capaz —responde ella. Se ajusta las gafas de sol y mira hacia la boutique.
Uno de los hombres abre la puerta de cristal. El aire fresco nos golpea de inmediato, cargado de perfume, flores frescas y dinero. El interior es todo paredes color crema, iluminación suave, madera pulida y demasiados espejos. Tres mujeres de negro aguardan junto a un mostrador de recepción curvo.
—Buenos días —dice una de ellas con una sonrisa radiante que pierde algo de brillo cuando ve a los hombres fuera—. ¿Tienen cita?
—No —dice Galina antes de que pueda responder—. Pero hoy voy a comprar un vestido de novia, así que, a menos que piensen rechazar una venta, podemos ahorrarnos todos el tiempo.
La miro. Ella ni siquiera me mira.
La recepcionista parpadea una vez. —Por supuesto, señora. Podemos atenderla sin ningún problema.
—Bien —digo—. No queremos champán. No queremos asesora. Queremos líneas limpias, seda, blanco. Vamos.
Sale corriendo ante mi orden mientras la mirada de Galina se detiene en mí un segundo antes de dirigirse al fondo de la tienda, donde están los probadores.
La sigo mientras una de las asistentes se apresura a abrir un probador privado con cortina de terciopelo y una tarima elevada frente a una pared de espejos.
Galina se detiene en el centro y se vuelve hacia mí. —Puedes esperar fuera.
—No.
Aprieta los labios. —No voy a probarme vestidos de novia delante de ti.
—Vas a probarte vestidos de novia para mí.
—Para la boda. No para tu entretenimiento privado.
—Eso también.
Una de las asistentes deja escapar un ruidito y al instante se arrepiente de estar viva.
Galina se sube las gafas de sol a la cabeza y me clava una mirada capaz de hacer sangre. —Fuera.
Le sonrío. —No.
Le tiemblan las aletas de la nariz y se quita las gafas de sol bruscamente, dejándolas junto con el bolso en una de las sillas de felpa antes de darme la espalda.
Empieza a quitarse el vestido, y eso me enciende el deseo lo bastante como para sentarme y cruzar las piernas, ocultando el efecto que tiene en mí mientras se va desnudando.
La asistente entra corriendo con un perchero lleno de vestidos, descuelga uno y lo levanta para que lo examine.
Galina sisea, pero no dice nada mientras le echo un vistazo y niego con la cabeza.
La asistente casi se tropieza al volver a colgarlo y sacar otro para que lo vea.
—No —repito.
Galina gira la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro desnudo, y durante un segundo, se me olvida cómo hablar.
Sujetador de encaje blanco. Bragas a juego. Ojos verdes con ganas de matar.
La asistente que sostiene el vestido parece a punto de desmayarse. Lo vuelve a colgar y saca uno que me parece aceptable. Delicadas flores de encaje forman los tirantes de un vestido de seda blanca, ajustado, con la espalda abierta, que la hará parecer una reina.
—Sí. Pruébatelo.
Me recuesto mientras la asistente se acerca presurosa. Galina hace una mueca al verlo, pero una vez envuelta en la costosa tela, veo el cambio en sus ojos.
—Nos lo llevamos —digo mientras me pongo de pie y saco mi tarjeta AMEX negra.
Galina se vuelve y parece querer decir algo, pero luego lo piensa mejor.
Sea lo que sea, sería por despecho hacia mí, porque le encanta el vestido.
La asistente me arrebata la tarjeta de la mano antes de que Galina o yo podamos cambiar de opinión, lo que me hace pensar que este vestido es el más caro de todos.
Tiene sentido.
Galina sabe lo que le gusta y tiene gustos caros.
Pero no me importa si cuesta un millón de libras, mi futura esposa va a tener el vestido que quiero arrancarle antes de enterrar mi polla dentro de ella en nuestra recepción, y que a ella le guste es solo una ventaja.