Su voto despiadado (London Bratva) Capítulo 8
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Capítulo 8

Galina

Mis dedos se aferran a las sábanas con fuerza suficiente para que dejen de temblar. Sé perfectamente cuándo me he pasado de la raya, y eso fue pasarse de la raya. Parte de mí lo sabía y lo hizo de todos modos, solo para ver cómo reaccionaría.

No esperaba que golpeara el cabecero.

El sonido de la ducha no me reconforta. Es una provocación que me recuerda que él está ahí dentro desnudo. Con su enorme polla, dura y pidiendo atención. Me pregunto si se ocupará de ella él mismo o la dejará así.

Me muerdo el labio, porque de verdad quiero saberlo. Tuve un orgasmo. El mejor orgasmo que nadie me ha dado jamás solo con su maldita boca. Tiene talento. Eso significa que ha tenido mucha práctica, y me asalta una chispa de celos al preguntarme cuántas mujeres han pasado por su cama antes que yo.

Basta para que aparte las sábanas y me baje de la cama.

Estoy en la puerta del baño antes de poder detenerme. Giro el pomo, me deslizo dentro con los ojos fijos en la ducha.

Laszlo está de pie bajo el torrente, de espaldas a mí, con las manos apoyadas en los azulejos.

—Sal de aquí, a no ser que quieras que pase algo que no pueda detener —dice sin volverse.

Cierro la puerta a mi espalda.

—Si quisiera irme, no estaría aquí —digo, y mi voz suena más firme de lo que estoy.

El agua cae con fuerza sobre su espalda, recorriendo la tinta negra sobre músculo y piel. Sigue sin darse la vuelta. Tiene la cabeza agachada. Las manos apoyadas contra los azulejos. Cada línea de su cuerpo está tan tensa que se me acelera el pulso.

—Galina.

Solo mi nombre. Nada más. Una advertencia en sí misma.

Me acerco de todos modos, los pies descalzos silenciosos sobre el suelo calefactado. El vapor me envuelve, húmedo sobre la piel, el cabello. Dios, he perdido la cabeza.

—No puedes actuar así —digo—. No puedes destrozarte la mano y luego ponérmela en el cuello porque dije algo que no te gustó, y después largarte y dejarme así.

Suelta un resoplido brusco.

—Si me hubiera quedado, te habría follado contra la cama quisieras o no.

El calor me atraviesa tan rápido que casi me flaquean las rodillas. Verlo así, torturado bajo la ducha, me golpea en lo más hondo. El agua corre por su pecho, sobre los tatuajes, sobre el estómago, más abajo. Tiene el pelo mojado y oscuro, el agua deslizándose por la nuca.

Entonces se da la vuelta, despacio, y tengo que contener el impulso de retroceder.

Sus ojos me clavan en el sitio. Azules. Brutales. Sin rastro de humor. Tiene la mano apoyada contra los azulejos, los nudillos partidos y enrojecidos, el agua arrastrando sangre diluida hacia el desagüe.

—¿Por qué estás aquí, Galina?

Porque todavía siento su boca sobre mí. Porque mi cuerpo vibra y mi orgullo está hecho pedazos, y ya no sé dónde termina la ira y dónde empieza el deseo.

Me hizo correrme y luego se marchó. Me miró como si pudiera destruirme y se odiara a sí mismo por desearlo.

Estoy celosa. Estoy mojada. No soporto la idea de que él decida cuándo empieza esto y cuándo termina.

—No puedes ser el único que tenga el control.

No he venido aquí solo porque lo deseo. He venido porque me niego a que sea él quien ponga las reglas.

Su expresión cambia, apenas. No se suaviza. Peor. Más concentrada.

—¿Control? —pregunta.

—Sí.

—¿Has venido a quitármelo?

—He venido para que no tengas la última palabra.

Suelta una exhalación breve que podría ser una risa si hubiera algo de humor en esta habitación. No lo hay. No ahora.

—Estás jugando un juego peligroso.

—Nací en uno.

Su mirada desciende, por fin, de mi cara a mi cuerpo.

Sin prisa. Sin avidez. Me recorre entera, desde el pelo hasta las piernas desnudas, y la piel me arde bajo su escrutinio.

Debería haberme puesto algo. Lo sé. Vine aquí a partes iguales por despecho y por hambre, y ahora estoy de pie en su baño sin nada más que mi descaro.

Alarga la mano hacia atrás y cierra el grifo. El silencio golpea con fuerza tras el torrente.

—Di lo que quieres —dice.

—¿Cuántas mujeres has tenido en tu cama? ¿A cuántas te has follado hasta que tu nombre era el único que recordaban? —Las palabras salen antes de que pueda frenarlas, y veo dónde aterrizan.

En un lugar de diversión perversa y cruel.

Una comisura de su boca se eleva, y al instante me arrepiento de haberle dado eso.

—¿Ya estás celosa? —pregunta.

—Estoy haciendo una pregunta.

—Estás haciendo dos. —Sale de la ducha, el agua escurriéndose por su cuerpo, y coge una toalla.

No se la enrolla en la cintura. Se frota el pelo una vez, luego la tira a un lado y camina hacia mí completamente desnudo, completamente tranquilo, completamente consciente de lo que su cuerpo musculoso y tatuado me provoca—. ¿Por qué?

Se me seca la garganta.

—Porque quiero saber en qué me estoy metiendo.

—Mentirosa.

Levanto la barbilla.

—¿Perdona?

—Quieres saber si alguna de ellas importó. —Se detiene justo frente a mí. Me agarra la barbilla para echarme la cabeza hacia atrás—. No importaron.

La respuesta golpea demasiado fuerte. El alivio es humillante.

El alivio afloja algo feo en mi pecho, y lo odio nada más sentirlo. El alivio es peligroso. Así es como las mujeres como yo empezamos a confundir la contención de un hombre con seguridad.

—¿Cuántas? —pregunto de nuevo.

—Suficientes —responde él.

Su mirada baja hasta mi boca.

—Eres la primera mujer que entra en este baño a interrogarme después de haberla hecho correrse.

El calor me sube a la cara.

—No te estoy interrogando.

—¿Y cómo lo llamarías tú?

—No puedes ponerte celoso y luego ofenderte cuando yo lo estoy también —murmuro.

—Celosa —dice, deslizando el pulgar sobre mi labio inferior—. ¿Estás celosa, Galina?

—Preocupada —tartamudeo—. Puede que este matrimonio sea forzado para evitar que corra la sangre por las calles de Londres, pero no voy a dejar que me hagas quedar como una idiota.

Eso da justo donde quería.

Menos mal, joder. Estoy harta de darle explicaciones a este hombre. Aunque la culpa es solo mía. Solo tenía que decirlo en el coche y habríamos zanjado el tema.

—¿Te preocupa que te engañe? —pregunta con una mirada oscura que me aterroriza más que cuando estampó el puño contra el cabecero sobre mi cabeza.

—Me preocupa que me hagas parecer una esposa estúpida a la que todos compadecen porque su marido no sabe mantener la polla dentro de los pantalones.

Sus ojos se vuelven planos. No vacíos. Peor. Deliberados.

—¿Crees que te faltaría al respeto de esa manera?

—Creo que los hombres como tú piensan que pueden hacer lo que les da la gana sin consecuencias.

Me mira fijamente durante un largo segundo mientras el agua aún le resbala por el pecho, sobre los tatuajes, por la línea dura de su estómago.

Me obligo a mantener el contacto visual aunque todo mi cuerpo es consciente de que está desnudo, completamente empalmado y lo bastante cerca como para tocarlo.

—Hombres como yo —repite en voz baja—. Dime qué significa eso, Galina.

—Significa peligroso. Consentido. Que se cree con derecho a todo. Brutal. Despiadado. Significa que si una mujer guapa te sonríe en un club, decides si la quieres y ya lidiarás con las consecuencias después.

—Estás en mi baño para preguntarme si voy a humillarte.

Trago saliva.

—¿Lo harás?

Da un paso hacia mí. Mi espalda choca contra el tocador.

—No —dice—. No humillo lo que es mío.

Las palabras me golpean con la fuerza suficiente para cortarme la respiración.

Odio esa respuesta, tanto como me alivia. Odio el tono posesivo que tiene. Odio el calor que le sigue de inmediato, bajo y traicionero, porque una parte oscura de mí disfruta de esa certeza.

—¿Puedo confiar en ti?

Su mano sigue en mi barbilla. Ya no es brusco el agarre. Firme. Ineludible.

—Puedes confiar en que si digo algo, lo digo en serio.

Su pulgar presiona una vez en la comisura de mi boca.

—No me follaré a otras mujeres mientras lleves mi anillo.

—Mientras lleve tu anillo —repito—. Chantaje, qué apropiado.

Su mirada se afila.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Coger algo real y actuar como si no fuera nada porque te da miedo lo que podría significar.

—¿Y si no te doy lo que quieres? —pregunto en voz baja, lo bastante seria como para que baje la mano y retroceda un paso.

—¿Me estás diciendo que ni siquiera después de casarnos podré tocarte?

—No estoy diciendo eso en absoluto. Eres Bratva —susurro—. Sé lo que eso significa. He conocido a hombres como tú toda mi vida. El sexo es un arma. Un arma despiadada y salvaje. No sé si puedo... si puedo...

—¿Puedes qué? ¿Seguir el ritmo?

Su pregunta brutalmente honesta me llena de vergüenza, y bajo la mirada, aunque me muero por darle un rodillazo en las pelotas, que siguen tan cerca de mí. Pero ha dado en el clavo, y lo sabe.

—Sí —murmuro, odiándolo por obligarme a decirlo.

Su expresión cambia, despojada de toda burla.

Alarga el brazo por detrás de mí, coge otra toalla y se la enrolla alrededor de la cintura con un movimiento brusco antes de hablar. Odio que lo primero que sienta sea decepción. Odio aún más que se haya dado cuenta y se haya tapado antes de responder.

—Mírame —dice.

No quiero. Lo hago de todos modos.

—¿Crees que necesito sexo de película porno con BDSM todas las noches?

Se me cierra la garganta.

—¿No?

—No.

La respuesta llega demasiado rápido para estar preparada. Demasiado seca para ser mentira.

Apoya las dos manos en la encimera, una a cada lado de mí, sin tocarme, acorralándome sin contacto.

—Sueltas bravuconadas cuando tienes miedo. Provocas hasta que alguien te devuelve el golpe porque al menos eso te parece honesto. Me deseabas antes en la cama y luego te entró el pánico cuando viste lo que eso significaba.

—No soy blandita —digo desafiante, solo para que quede claro.

—Nadie ha dicho que lo fueras —responde, con esa sonrisilla otra vez en los labios.

—Tampoco soy una actriz porno.

—Bien, porque ese no es mi estilo.

—Entonces, ¿cuál es tu estilo? —mascullo, deseando no haber tenido que preguntar.

Me sostiene la mirada durante un momento demasiado largo, como si estuviera decidiendo hasta dónde sincerarse.

—¿Quieres la verdad?

—Si no, no habría preguntado.

—Mi estilo eres tú. —La comisura de su boca se curva cuando mi expresión se endurece—. No es una frase hecha. Es un hecho. Presto atención. Descubro qué te saca de quicio, qué te calma, qué te excita, qué te hace luchar. Y luego lo uso.

—Eso suena profundamente jodido.

—Soy una persona profundamente jodida. —Se queda donde está, acorralándome con las manos apoyadas en la encimera, pero sigue sin tocarme. Lo noto. Noto cada segundo que no me toca.

—Me gusta el control —dice—. Me gusta la obediencia cuando importa. Me gusta escuchar la verdad aunque sea sucia. Me gusta una mujer que sabe pedir lo que quiere. Me gusta darle exactamente lo que puede aguantar y luego un poco más cuando sé que lo desea.

El calor me sube por el cuello.

—Eso suena sospechosamente razonable.

Me lanza una mirada oscura.

—No te preocupes. Sigo siendo un cabrón.

—Nos estamos desviando del tema —digo, intentando centrarme de nuevo en la pregunta que aún no ha respondido—. Si te resulto insuficiente, ¿buscarás satisfacción en otra parte?

—No me resultarás insuficiente, Galina. Me pusiste la polla dura con solo sentarte encima. Si crees que voy a buscarme a otra porque no me satisfaces, si no confías en mí cuando te digo que no lo haré, entonces tenemos un problema serio.

Retrocede y me deja respirar. Por primera vez en mi vida, me he quedado sin palabras. Me he acorralado sola con esta conversación, y ahora no sé cómo salir.

Aunque en realidad sí lo sé. Solo hay una manera de averiguar con certeza si lo satisfago, y es follármelo antes de la boda, para que ambos sepamos seguro que somos compatibles en esto.

Pero sé que no me tocaría ahora ni aunque me lanzara sobre él.

Así que hago lo que hacen las buenas mujeres de la Bratva. Levanto la barbilla y cambio de tema.

—Mañana quiero ir a buscar vestido de novia. Organízalo.

Si quiere control, aprenderé exactamente cómo usar esa necesidad en su contra.

Paso junto a él y salgo del baño con la dignidad hecha jirones. Me meto en la cama, me subo las sábanas hasta casi asfixiarme y cierro los ojos con la esperanza de poder dormir algo.