Su voto despiadado (London Bratva) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Como si hubiera podido rechazar —refunfuño.

La verdad es que no estoy tan molesto. Galina es jodidamente preciosa.

Sexy, de esas que te hacen querer arrancarle la ropa y quedarte mirándola antes de clavarle la polla tan fuerte que olvide a cualquier otro hombre con el que haya follado.

Solo quiero que Baron sepa que lo que me cabrea es que esto se hiciera a mis espaldas.

—Entiendo tu frustración —dice Baron, y eso es lo más parecido a una disculpa que voy a sacarle—.

Pero tienes que entender algo. Rusanov no entró en esto a ciegas.

Lo lleva planeando tiempo. El corredor, el club, la hija.

.. todo estaba calculado antes de que cruzáramos su puerta.

Viktor Rusanov sacrificó a tres hombres que no tenía derecho a sacrificar para crear una crisis que solo él podía resolver. Hay que ser muy hijo de puta para eso.

—Me suena.

Se le tuerce la boca.

—Ándate con ojo.

—¿Qué sabes del club? —pregunto, volviendo al tema.

—Más que tú, por lo visto. El Zolotoy Rezerv es famoso por su ubicación, no por ser un gran club.

—¿Dónde está? —pregunto. La verdad es que nunca había oído hablar de él.

Lo que significa que es el secreto mejor guardado de la Bratva y que tengo que averiguarlo.

La expresión de Baron cambia. No es exactamente una sonrisa, pero sí algo parecido a la satisfacción de saber algo que yo desconozco.

Disfruta con eso. Es uno de sus pocos placeres que no implican violencia ni vodka.

—El Zolotoy Rezerv se asienta sobre la mayor red de bóvedas subterráneas de Londres fuera del Banco de Inglaterra —dice—.

Lo construyó durante la Guerra Fría un diplomático soviético con más visión de futuro que lealtad.

El club en sí es una fachada. Siempre lo ha sido.

Debajo hay tres niveles de almacenamiento reforzado, climatizado, a prueba de explosiones, con túneles que conectan con el río.

Lo miro fijamente.

—Estás de broma.

—¿Te parece que estoy de broma?

No.

—Todas las familias criminales de Londres, la Bratva y más allá, llevan décadas queriendo hacerse con ella —continúa—.

El padre de Rusanov la adquirió en los noventa por medios que todavía se discuten.

Viktor la heredó y, por lo visto, en algún momento transfirió la propiedad a su hija.

Así la mantiene alejada de su nombre por si alguien empieza a husmear.

Las piezas encajan en mi cabeza.

—Y la ha entregado sin más como parte de la dote de su hija. Sea lo que sea lo que quiere con el corredor, es algo jodidamente gordo.

—Sin duda —murmura Baron—. Lo has hecho bien hoy, hijo. Estoy orgulloso de ti.

Me quedo paralizado. Solo ha usado hijo conmigo una vez, y fue cuando mi padre, ese perdedor, nos abandonó y echaron a mi madre de nuestro piso.

Baron nos acogió, aunque estaba distanciado de ella.

Irina y él me criaron mientras mi madre se hundía en una depresión profunda que acabó matándola. Aquel día me llamó hijo.

Nunca me había dicho que estaba orgulloso de mí. No creía que fuera capaz.

—Deja de gimotear —gruñe.

—Que te jodan —murmuro, aunque noto una calidez por dentro que me resulta tan extraña como el concepto de tener esposa.

—Nunca insultes a tu pakhan —me reprende.

—No lo hago. Estoy insultando a mi tío.

Casi sonríe. Luego la máscara vuelve a caer, y es Baron de nuevo: el Pakhan Voronov, estratega, el hombre que tiene la mitad del submundo de Londres agarrado con tanta fuerza que deja moratones.

—Dos semanas —digo, casi para mis adentros.

—Dos semanas —confirma Baron—. Esta noche pondré a los abogados a redactar los términos. Mañana los revisas.

—¿Y la boda en sí?

—Pequeña. Privada. Sin fanfarrias. Lo último que necesita cualquiera de las dos familias es un espectáculo que atraiga la atención.

Asiento. Eso, al menos, tiene sentido. Una boda Voronov-Rusanov daría que hablar desde Mayfair hasta Moscú, y ninguno de nosotros necesita que nos miren con lupa.

—Una cosa más —dice Baron cuando el coche se detiene en un semáforo en rojo—. No la cagues.

—Específico y útil, como siempre.

—Lo digo en serio, Laszlo.

—Ya sé que lo dices en serio.

—La tratas con respeto y nunca le pones la mano encima.

Me vuelvo hacia él con una expresión que debe transmitir la rabia que me provocan sus palabras.

—¿Por quién me tomas?

—Por un criminal curtido al que han obligado a casarse para evitar una guerra. Eso le jodería la cabeza a cualquiera.

—A mí no —digo entre dientes.

El semáforo se pone en verde. El Mercedes arranca suavemente y vuelvo la cara hacia la ventanilla para que no pueda ver qué expresión tengo.

Ni yo mismo lo sé. Algo entre furia y fascinación, con una buena capa de qué-cojones por encima.

Solo pensar que cualquier hombre, yo incluido, le ponga la mano encima para hacerle daño me ciega de rabia.

Galina Rusanova.

Mi prometida.

Mi futura esposa.

Mía.

No se apartó cuando la besé.

Debería haberlo hecho. Cualquier mujer en su sano juicio lo habría hecho. Pero se quedó quieta, dejó que la tocara y me miró con esos ojos verdes como si estuviera memorizando cada detalle de mi cara para saber exactamente dónde clavar el cuchillo.

Quiero que lo intente.

Joder, necesito controlarme.

El coche se detiene frente a la casa adosada de Baron y salgo antes de que se apague el motor.

—Laszlo —me llama Baron por la ventanilla abierta.

Me detengo, pero no me vuelvo.

—Mañana. A las diez. No llegues tarde.

Levanto la mano para indicar que le he oído, sin mirar atrás, y me dirijo a mi Bentley. Llevo el mando en el bolsillo y lo pulso mientras camino; el coche pita una vez en el silencio de la calle. Entro, cierro la puerta y me quedo sentado.

El cuero cruje cuando agarro el volante con las dos manos.

Dos semanas.

Catorce días para prepararme para una vida que no pedí, con una mujer que no conozco y en la que no consigo dejar de pensar. La huella de sus labios sigue ahí, tenue y eléctrica, un fantasma de contacto que no debería significar nada y significa demasiado.

Arranco y salgo a la carretera. Tengo que hacer una parada antes de ir a casa.