Capítulo 5
Laszlo
Viktor Rusanov acaba de ofrecerme a su hija a cambio de que Baron no inicie una guerra que hará todo lo que él dijo y más.
No es cuestión del club; eso es solo un edificio que podría cambiar de manos y listo.
Se trata de unir a nuestras dos familias para garantizar que Baron nunca pueda iniciar una guerra.
Eso me dice más sobre lo que Rusanov quiere con ese corredor que si lo hubiera dicho abiertamente.
Sé que esto recae sobre mí, y no solo porque sea yo quien está aquí. Soy el arma que Baron mantiene afilada y apuntada hacia cualquier problema que haya que resolver.
Soy quien resuelve los problemas.
Y Galina Rusanova es el problema.
Por eso mismo me eligió Baron. Los hombres como él no confían las tareas difíciles a manos delicadas. Se las confían a hombres dispuestos a cerrar el puño y no abrirlo.
La miro. Está sentada con las piernas cruzadas, la espalda recta y una expresión tan perfectamente compuesta que debe de costarle un esfuerzo enorme.
Ojos verdes. Cabello oscuro recogido de un modo que deja al descubierto la línea de su cuello.
Una boca que no ha sonreído ni una vez desde que entramos.
Está furiosa. Lo veo en cómo descansan sus dedos sobre la rodilla: demasiado quietos, demasiado controlados, esa quietud que exige esfuerzo.
Se lo esperaba. Quizá no exactamente así, pero es hija de la Bratva. Y de las buenas, por lo que parece.
También es hermosa de un modo que va a complicar esto mucho más de lo necesario.
Baron aún no ha respondido. Deja que el silencio haga su trabajo, y el silencio lo está haciendo de puta madre.
La habitación parece un aliento contenido.
Grigor permanece inmóvil como una estatua junto a la puerta.
Viktor observa a Baron con la paciencia de un hombre que ya ha calculado todos los resultados posibles y ha decidido que gana en la mayoría.
Odio que pueda tener razón.
—Estás proponiendo un matrimonio —dice Baron finalmente, y la palabra cae como una cuchilla sobre mármol.
—Estoy proponiendo una alianza —corrige Viktor—. El matrimonio es simplemente el mecanismo.
—Matrimonio con mi sobrino.
—A menos que tengas a alguien más adecuado.
Baron gira la cabeza lo justo para mirarme. No es una pregunta. Es una evaluación. Está midiendo si me quebraré, si discutiré, o si haré lo que siempre hago: encajar el golpe y seguir en pie.
No lo decepciono.
Baron vuelve a sentarse y esta vez coge el brandy y se lo bebe de un trago antes de dejar el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Tienes Beluga? El brandy me hace estornudar.
Y eso es todo.
Trato hecho.
Mi sacrificio, mi vida, acaba de quedar archivado bajo la M de matrimonio con la hija de una familia rival de la Bratva, a la que conozco desde hace quince minutos y a la que llevo queriendo follarme cada uno de esos minutos.
Viktor sirve el Beluga en persona. Dos vasos. Desliza uno hacia Baron y beben juntos como viejos amigos celebrando una fusión empresarial, no como dos hombres que hace cinco minutos amenazaban con destriparse mutuamente.
No me he movido. No sé si podría hacerlo sin hacer algo de lo que me arrepentiría.
Mantengo las manos a los costados, el pulso estable, y mi cerebro procesa cálculos a una velocidad que podría dar energía a medio Canary Wharf.
Vuelvo a mirar a Galina. Ella tampoco se ha movido.
Somos dos personas congeladas entre los escombros de un trato en el que nadie nos consultó, y lo único que nos mantiene en pie es saber que mostrar debilidad ahora equivale a sangrar en aguas infestadas de tiburones.
Sus ojos se encuentran con los míos. Algo destella en ellos. No es rendición. Ni de lejos. Es ira, ardiente y viva, envuelta en tanto control que podría pasar por indiferencia para cualquiera que no preste atención.
Yo sí presto atención.
—Los términos —dice Baron, dejando su vaso—. Los quiero por escrito.
Viktor asiente.
—Naturalmente.
—El club se transfiere a Laszlo el día de la boda. No antes. Título, escrituras, control operativo: todo.
Viktor mira a Galina. Ella no lo mira. Me mira a mí. Le sostengo la mirada porque es lo único honesto que ocurre en esta habitación ahora mismo.
—De acuerdo —dice Viktor.
—Y el matrimonio se celebra en el plazo de un mes.
Un mes. Baron quiere cerrar esto antes de que alguien de uno u otro bando tenga tiempo de pensar, objetar u orquestar alguna estupidez. Es inteligente. Es brutal. Es exactamente lo que yo haría en su lugar, y lo odio un poco por ello.
—Dos semanas —contraataca Viktor.
Baron arquea una ceja apenas.
—Tienes prisa.
—Soy eficiente. Cuanto más tiempo quede esto abierto, más margen hay para interferencias. Lo sabes tan bien como yo.
Baron lo considera. Su silencio dice más que las palabras. Como siempre: metódico, sin prisas, sin revelar nada hasta que está listo. Luego asiente con un gesto seco.
—Dos semanas.
La aceptación se instala en mí antes de que mi cerebro le haya dado permiso.
Sacrificio.
Viktor tiende la mano por encima del escritorio. Baron se la estrecha. El apretón es firme, breve, y cargado de tanta desconfianza mutua que hundiría un acorazado. Pero está hecho.
—Galina —dice Viktor, y su tono cambia. Más suave—. Acompaña a nuestros invitados a la salida.
Se levanta sin mirar a su padre mientras se dirige hacia la puerta. No mira a Baron. Pasa tan cerca de mí que capto su aroma —algo oscuro, floral, caro— y durante una fracción de segundo, su brazo roza el mío.
Ella no se estremece. Yo tampoco. Pero el contacto queda grabado en algún lugar profundo, un lugar que no tengo tiempo de examinar.
La sigo hasta salir del estudio. Baron y Grigor vienen detrás de mí. El pasillo parece más largo que a la entrada, las flores más asfixiantes, los suelos de parqué demasiado pulidos, demasiado limpios para una casa construida sobre sangre.
Galina camina delante de mí, la espalda recta como una hoja de acero bajo la seda negra.
Sus tacones taladran el silencio como balas.
Observo el vaivén de sus caderas, la gracia de una mujer que sabe exactamente de cuántas maneras podría matar a un hombre con esos Louboutin.
La curva de su cintura hace que me piquen los dedos por poseerla, por marcar el territorio que acabo de obtener.
No tiembla. No vacila. Se mueve como una reina que ha sido vendida al verdugo pero que piensa cortarle la cabeza a él.
Lo más probable es que esté jodido.
Pero voy a disfrutar cada segundo.
Va a luchar contra mí. Eso ya lo veo. Bien. Nunca he querido nada fácil.
Llega a la puerta principal y la abre ella misma antes de que el hombre del traje llegue. La mantiene abierta y se coloca a un lado, la barbilla en alto, los ojos verdes clavados en un punto indefinido que no nos incluye a ninguno.
Me detengo y dejo que Baron pase primero junto a ella.
—Señorita Rusanova —dice, y no es ni un cumplido ni un desprecio. Es el reconocimiento de que ahora está en su punto de mira como no lo estaba antes.
Ella asiente con la cabeza. Nada más.
Grigor la sigue sin decir palabra, lo cual resume toda su personalidad en un solo gesto.
Me coloco frente a ella. Lo bastante cerca como para que tenga que alzar la cabeza para mirarme a los ojos. Es pequeña. Más de lo que esperaba. Los tacones le dan altura, pero no mucha. Esa idea despierta algo en mí que no pienso analizar en la puerta de su padre.
—Galina —digo, porque quiero oír cómo suena su nombre en mi boca.
Se le tensa la mandíbula. Esos ojos verdes me fulminan con una furia capaz de derretir el cristal.
—Laszlo.
Extiendo la mano y le sujeto la barbilla. Se tensa, pero no se aparta. Me inclino, le rozo los labios con los míos y siento cómo contiene el aliento contra mi piel.
—Dos semanas —murmuro contra su boca, y luego me yergo y me alejo sin mirar atrás.
La puerta del Mercedes está abierta. Me deslizo junto a Baron. Grigor va delante. Cierro la puerta y el coche se aleja de la acera en silencio.
Cuento hasta cinco antes de que Baron hable.
—Estás enfadado.
—No.
—Mientes.
—Estoy procesándolo.
Se ajusta el gemelo otra vez. Ese mismo movimiento preciso y exasperante.
—Me dijiste que la guerra era pasarse de la raya. Encontré otra manera.
—Encontraste una esposa.
—Encontré una solución. La esposa es lo de menos.
Giro la cabeza y lo miro fijamente.
—Lo de menos. Acabas de venderme por un club nocturno y un corredor marítimo, y dices que es lo de menos.
—El club vale... más que todo esto junto. Él lo sabe. Por eso lo usó como moneda de cambio. Además, tiene razón, por mucho que me joda admitirlo. Esta alianza evita que Moscú haga preguntas que ninguno de los dos quiere responder. Esto no es lo de menos. El matrimonio sí.
—Para mí no.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, lo cual es raro. No soy un hombre que hable sin pensar. Soy un hombre que piensa tan rápido que parece impulsivo, pero esto... esto se me escapó en crudo, sin filtrar, y Baron lo atrapa como un cuchillo lanzado a su cara.
No reacciona. No de forma visible. Pero su silencio cambia. Pasa de táctico a algo casi paternal, lo cual es peor.
—Sobrevivirás —dice.
—Siempre lo hago. No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Miro por la ventana. Londres pasa en su habitual borrón de riqueza y podredumbre.
—Que podrías haberme avisado.
—¿Cómo iba yo a saber que esto iba a pasar? —Suena cabreado de verdad, lo que me confirma que esto no fue una encerrona. Pero eso no cambia nada.
—Es guapa —dice.
—Se lo voy a contar a la tía.
Gruñe.
—Haz lo que quieras. Sabes que no te ha tocado precisamente lo peor. Podría ser mucho peor. Podría tener cara de culo de jabalí.
Gruño. Un fogonazo caliente y posesivo me golpea en el estómago.
—No sigas.
—¿Que no siga con qué? ¿Con decir la verdad? Es un chollo que has conseguido asegurar por no rechazar la oferta de Rusanov.