Capítulo 4
Galina
Guapo.
De esa manera perfectamente irritante que no puedo ignorar ni quiero hacerlo, aunque sé que debería.
Pelo oscuro, ojos azules, un cuerpo bajo ese traje de Tom Ford que delata horas de gimnasio.
Puedo ver tatuajes en su pecho donde lleva el cuello de la camisa desabrochado, y tiene las manos cubiertas de tinta.
Durante un breve segundo, me las imagino extendidas sobre mis muslos abiertos antes de que su mirada se pose en mí y se demore.
Hace el recorrido habitual: pelo, rostro, ojos, tetas.
Pero luego desciende por mi pierna cruzada hasta mis zapatos Christian Louboutin, y sonríe.
Lento. Sexy. Pecaminoso. Arrastra la mirada de vuelta hasta mis ojos verdes, y se la sostengo hasta que se ve obligado a apartar la vista cuando mi padre empieza a hablar.
Baron Voronov toma la silla que mi padre le ofrece con la soltura de un hombre que se ha sentado frente a enemigos y aliados por igual y los ha tratado del mismo modo.
El hombre que lo acompaña, ese al que no puedo dejar de mirar, permanece de pie.
Interesante. Se coloca ligeramente detrás y a la derecha de Baron, lo bastante cerca para actuar, lo bastante lejos para observar.
Instinto de soldado vestido con traje de multimillonario, mientras el verdadero personal de seguridad se sitúa a la izquierda.
Mi padre hace un gesto.
—Mi hija, Galina.
No me levanto. No extiendo la mano. Le dedico a Baron un asentimiento medido y frío, y dejo que mi mirada vuelva al Voronov más joven.
El parecido es demasiado evidente para que no sean familia.
Me está mirando de nuevo. Eso hace que el cuchillo en mi muslo parezca menos una protección y más un accesorio.
—Laszlo Voronov —dice Baron, inclinando la cabeza sin volverse—. Mi sobrino.
Laszlo. El nombre se me clava en el pecho y se queda ahí. Tiene toda la pinta de ser problemas envueltos en tela cara.
Mi padre abre con cortesías. Siempre lo hace. Es su manera de recordarle a la gente que la civilización existe, incluso entre hombres que han enterrado cuerpos en la misma ciudad.
—Gracias por venir —dice, como si Baron hubiera tenido opción. Como si alguno de nosotros la tuviera.
Baron inclina la cabeza.
—Eres un hombre audaz, Viktor. Tan audaz como para invitarme a tu casa después de lo que has hecho.
Sin preámbulos. Sin rodeos. Me gusta eso de él, aunque el pulso se me acelere un poco.
Mi padre sonríe.
—Si quisiera esconderme, no habría llamado.
—No —coincide Baron—. Habrías huido. Y te habría encontrado.
El aire entre ellos se espesa. Mantengo la respiración constante y observo a Laszlo con el rabillo del ojo.
No se ha movido. No ha cambiado el peso de un pie a otro.
Ni siquiera ha parpadeado. Pero su atención sigue deslizándose hacia mí como una brújula que encuentra el norte, y cada vez que lo hace, algo cálido e indeseado palpita entre mis muslos. Los aprieto y respiro hondo.
Mi padre levanta la copa de brandy.
—Lo hice por una razón, Baron. Me conoces lo bastante bien como para entenderlo.
—Te conozco lo bastante bien como para sentirme insultado.
—Bien. Entonces estás prestando atención.
La mandíbula de Baron se tensa. Solo una fracción. La mayoría no lo notaría. Yo sí, porque mi padre tiene la misma reacción ante lo que considera condescendiente.
—Tres hombres —dice Baron—. Me los debes.
—Lamentable.
—Lamentable —repite Baron como si saboreara algo podrido—. Estás sentado en una silla muy cara usando palabras muy pequeñas para un problema muy grande, Viktor.
Mi padre deja la copa.
—Yo no maté a tus hombres. El intermediario tomó decisiones que no le correspondían. Le di una tarea y la convirtió en un baño de sangre. Eso no es lo mismo.
—Lo es cuando son mis hombres los que están bajo tierra.
El silencio entre ellos se extiende, tenso como un alambre de garrote.
Mantengo los ojos al frente, pero siento la mirada de Laszlo sobre mí otra vez.
Me eriza la piel como la electricidad estática antes de una tormenta.
No lo miro. Si lo miro, perderé el hilo de lo que mi padre está haciendo, y ahora mismo necesito entender el juego antes de convertirme en parte de él.
Mi padre se levanta. Despacio. No es una amenaza. Es un gesto. Se acerca al aparador y sirve un segundo brandy, luego se lo lleva a Baron y se lo ofrece.
Baron mira la copa. Luego a mi padre. Su guardaespaldas coge la bebida y la prueba primero.
Todos esperamos conteniendo el aliento, aunque sé que mi padre no es estúpido y jamás envenenarÍA a Baron Voronov en su propia casa con testigos.
Cuando el guardaespaldas sigue en pie sin echar espuma por la boca, le pasa la copa a Baron, quien da un sorbo por el otro lado y la deja sobre el escritorio.
Modales. Etiqueta. A esto se dedican estos hombres, pero un movimiento en falso y alguien acaba en el fondo del Támesis con los pies metidos en cemento.
—Puse a prueba tu ruta porque necesitaba saber algo —dice mi padre, volviendo a su silla—. No sobre tu operación. Sobre tu atención.
Baron entrecierra los ojos.
—Explícate.
—Necesito acceso a esa ruta.
La granada queda ahí. Nadie se mueve. Nadie respira siquiera.
—No —dice Baron, y se levanta, listo para marcharse.
—Siéntate, Voronov —dice mi padre—. ¿No quieres saber por qué?
—La verdad es que no. Me da igual. Es mi ruta y no la vas a tener. Si insistes, estarás iniciando una guerra que yo terminaré.
Se me hiela la sangre cuando Laszlo se mueve con Baron, acercándose más, mientras lleva la mano casualmente hacia su espalda.
—No voy a parar, y esto puede acabar en un baño de sangre, si lo prefieres. O podemos hacerlo de manera civilizada —dice mi padre.
Baron se vuelve hacia mi padre de frente, pero no se sienta.
—La única manera civilizada de que esto termine es que te mantengas al margen, Rusanov.
—No va a pasar —dice papá, recostándose en su silla como si la cosa no fuera con él.
Yo, en cambio, estoy tan tensa que me va a estallar la cabeza. Ya viene. La oferta. El intercambio.
Miro de reojo a Laszlo; su expresión se ha ensombrecido.
Mucho, como si él también supiera lo que viene.
Su mirada se cruza con la mía y nos quedamos así un largo momento.
Algo pasa entre nosotros que no sé nombrar.
Reconocimiento, quizás. O pavor. Esa complicidad de dos personas que acaban de darse cuenta de que son la moneda de cambio.
La moneda puede gastarse. También puede comprar influencia, comprar tiempo, comprar sangre. Si van a usarme como moneda de cambio, tengo que volverme muy valiosa.
Aparto la mirada primero. Odio ser yo quien aparta la mirada primero.
—Quiero acceso conjunto al corredor —dice mi padre. No lo pide: lo exige.
—Entonces seguirás queriendo.
—¿De verdad quieres una guerra, Voronov? Tengo ejército de sobra para ponértelo muy difícil.
—No estás en posición de exigir nada ni de ir lanzando amenazas —interviene Laszlo por primera vez—. Quieres acceso a nuestra ruta, dinos por qué no deberíamos salir de aquí con tu cabeza en una caja.
Siseo, pero nadie me oye.
Mi padre no se inmuta. Mira a Laszlo como mira a los hombres que acaban de mostrar lo peligrosos que son: con interés.
—Tu sobrino es boquiflojo —le dice papá a Baron.
—Lo es —coincide Baron—. Pero tiene razón.
Descruzo las piernas y las vuelvo a cruzar del otro lado, captando la atención de Laszlo durante una fracción de segundo antes de que la devuelva bruscamente hacia mi padre. Buena disciplina. Aunque no perfecta. Tomo nota.
—Pon tu precio —dice papá con esa sonrisa de quien sabe que acaba de poner a su rival en jaque.
Baron inhala despacio, con una profundidad que no pasa desapercibida—. Mi precio es algo que no puedes permitirte.
—Pruébame.
Me da vueltas la cabeza de lo tensa que estoy, pero también porque estoy perdiendo el hilo de esta conversación otra vez. Papá sabe algo que el resto desconocemos, y aunque eso no es raro, llama la atención que crea tener ventaja sobre Voronov.
Baron sonríe de forma similar, como un gran tiburón blanco a punto de atacar a otro—. Zolotoy Rezerv.
Papá suelta una risita, como si supiera desde el principio lo que Baron iba a decir. Probablemente lo sabía.
Qué digo probablemente. Seguro que lo sabía.
Laszlo entrecierra los ojos. Seguramente ha oído hablar del club de mi padre. Su ubicación es su razón de ser. Todas las familias de la Bratva querrían hacerse con él.
Papá se inclina hacia delante, con los codos sobre el escritorio—. Eso no me pertenece.
Frunzo el ceño, y Laszlo da un pequeño paso adelante; él tampoco se lo traga.
Baron se levanta—. Entonces no tenemos nada más de qué hablar.
Está a punto de marcharse cuando papá dice—: El club es de Galina.
Giro la cabeza bruscamente, pero mantengo la boca cerrada. El silencio que sigue es tan absoluto que oigo la sangre latir en mis propios oídos.
Todas las miradas de la habitación se vuelven hacia mí. La de Baron. La de Laszlo. La de mi padre, con ese brillo calculador tan suyo que me dice que planeó este momento hasta la última sílaba.
No me muevo. No parpadeo. Me quedo perfectamente quieta porque la alternativa es gritar, y las mujeres Rusanov no gritan. No delante de los Voronov. No delante de nadie.
Baron se vuelve lentamente. Su mirada se posa en papá con un peso nuevo, una evaluación nueva, antes de volver a mirarme. Ya no soy la hija arrinconada. Soy la pieza en juego.
—¿Es cierto eso? —me pregunta directamente.
Le sostengo la mirada y digo—: Sí —aunque no tengo ni la menor idea de si es verdad o no.
La expresión de mi padre no cambia, pero capto el más leve destello de aprobación en sus ojos. El muy cabrón. Se ha guardado esto durante Dios sabe cuánto tiempo, esperando el momento exacto para soltarlo, y ahora estoy en medio de la explosión fingiendo que fui yo quien encendió la mecha.
Baron me estudia. No como lo hace su sobrino —no con ese calor que me pilla desprevenida una y otra vez— sino con la mirada fría de un hombre que evalúa si algo tiene valor real o solo lo aparenta.
—El Zolotoy Rezerv —dice papá, recostándose de nuevo ahora que la bomba está en cuenta atrás— vale más que un corredor compartido.
Así que esto es lo que vamos a negociar.
Tú me das acceso compartido a tu ruta sin hacer preguntas.
Yo te doy a mi hija, y como parte de su dote, el Zolotoy Rezerv.
Tendremos una alianza familiar sin derramamiento de sangre.
O podemos ir a la guerra, causar muchas muertes, perder mucha sangre, y seguramente alertar a Moscú de que no somos capaces de llegar a un acuerdo racional entre nosotros, quedando como unos ineptos indignos de confianza.
Joder. Mierda.
El corazón se me ha saltado más latidos en los últimos treinta segundos de lo que puede ser bueno para mi salud.
Me da vueltas la cabeza. Sabía que esto venía, pero no esperaba que llegara con tanto estruendo.
Sé que papá teme las represalias. Sea lo que sea lo que quiere de ese corredor, lo ha apostado todo para conseguirlo, incluida yo.
No quiere una guerra con Voronov. Lo más probable es que no la ganara, pese a sus bravatas.
Voronov es demasiado poderoso en esta ciudad.
—¿Y con quién propones que se una tu hija? —pregunta Baron, aunque la respuesta está jodidamente clara tanto para mí como para el hombre que no puede quitarme los ojos de encima.
Me arriesgo a echar un vistazo. Laszlo tiene la mandíbula tensa, un músculo palpitándole bajo la piel.
Sus ojos azules están clavados en mi padre con una intensidad que podría derretir el acero.
Pero no habla. No se mueve. Se queda ahí plantado como un hombre que acaba de oír abrirse la trampilla bajo sus pies y está decidiendo si dejarse caer o echar a volar.