2 Anders #2
—Señor Wexler, ¿verdad? —La veo atar cabos. Wexler no es un apellido común por esta zona. Solo queda uno. Yo. Entrecierra los ojos—. Dijiste que eras ranchero.
—Lo soy.
—Mi abuela hablaba de los Wexler. Tres condados. Wexler Ranch Holdings. El mayor terrateniente al este del Pecos. —Su risa es lo bastante afilada como para hacer sangre—. Qué curioso que ese detalle no saliera en la charla con el whisky.
Incluso ahora, con su voz dejándome en carne viva en un edificio público, la parte averiada de mi cerebro se le va a la boca. Y la desea. Estoy metido en un lío mucho mayor que el de los derechos del agua.
—No me parecía…
—¿Qué? ¿Relevante? —Hace un gesto hacia atrás, donde Lenora finge no escuchar y no lo consigue—. ¿A un ranchero multimillonario no le pareció relevante que estuviera ligando con la mujer cuya propiedad linda con la suya?
—No estaba ligando contigo. Estaba… —Me detengo, porque ¿qué estaba haciendo? ¿Coqueteando? ¿Esperando algo?—. Estaba siendo una persona en un bar. No una cartera de inversiones.
—Qué suerte. —Baja la voz, y eso es peor que si gritara—. Algunas no podemos elegir el aspecto con el que entramos en una sala.
Eso me llega como un golpe bajo. Certero. Merecido.
Cierra los ojos. Respira hondo.
—Ahora mismo no soy buena compañía. Creo que será mejor que me vaya antes de decir algo por lo que de verdad tenga que pedirte perdón.
Pasa a mi lado camino de la puerta. Una mujer cansada que intenta salir de un edificio público antes de romperse.
Debería quedarme donde estoy. Respetar su intimidad. Pero mis pies ya se han puesto en marcha. Debería haberle dicho quién era. No lo hice porque, por una noche, no quería ser Anders Wexler y sus miles de millones. Solo quería ser un hombre en un bar.
Y ese deseo le hizo daño.
La sigo a la calle.
—Zahira.
Se detiene en la acera, pero no se vuelve. Los hombros le suben una vez y vuelven a bajar. Respira con cuidado, como una mujer que se niega a llorar en plena calle.
—He oído lo que ha dicho Lenora —le digo a la espalda—. Lo de la subasta.
Pasa un instante largo. Cuando por fin se vuelve, el fuego se ha apagado. Lo que queda es peor. Parece alguien que acaba de descubrir que el suelo está treinta centímetros más abajo de lo que creía y va tanteando cada paso.
—Claro que sí. —Le ha salido una voz suave y áspera a la vez—. Seguro que ya lo sabe todo el pueblo. La pobre nieta de Etta Diallo, desbordada, a punto de perder el legado familiar. —La voz se le quiebra en la última palabra. Aparta la mirada—. No necesito tu lástima.
—No te ofrezco lástima.
—¿Entonces qué me ofreces?
La pregunta queda suspendida entre los dos.
Y entonces llega la idea.
Llega como llegan siempre las peores: ya formada y disfrazada de solución.
Diecisiete mil cuatrocientos sesenta y dos dólares son un error de redondeo.
Tengo una cláusula en un testamento que exige una esposa.
Ella tiene una granja que necesita un dinero que no tiene.
Hay una simetría en los números. La parte de mi cerebro que cierra tratos ya la ha trazado antes de que el resto de mí lo asimile.
Lo corto en seco antes de que acabe de formular la frase.
No porque las cuentas no salgan. Salen. Los números cuadran.
Lo rechazo por culpa de la voz de mi padre.
«Un hombre sin familia no está capacitado para dirigir una», decía.
Lo decía como si fuera sabiduría. Era pura contabilidad.
Miraba a mi madre igual que ahora me siento tentado de mirar a Zahira.
Como una cláusula que cerrar, un problema que resolver.
Mi madre hizo la maleta a media tarde, cuando yo tenía doce años.
Por fin había entendido lo que había sido para él.
Desde entonces me he pasado todos estos años jurando que ninguna mujer entendería eso de mí.
Y no voy a empezar un miércoles por la mañana, en un aparcamiento.
Diez minutos después de que se haya enterado de mi apellido.
Y luego está la parte que no se arregla eligiendo bien el momento.
No tiene forma de saber si yo sabía lo de los impuestos atrasados antes de sentarme a su lado.
No lo sabía. Pero ella no puede saberlo.
Si le ofrezco un contrato ahora mismo, se pasará todo lo que venga después haciéndose una sola pregunta.
¿Construí yo la trampa de la que ahora me ofrezco a sacarla?
El baile, la mano en la base de su espalda.
Cada detalle de anoche se convierte en una prueba.
Así que dejo los números sobre la mesa. Por ahora.
—Nada —me obligo a decir—. Nada que sirva de ayuda ahora mismo.
Me mira y sopesa si eso es un insulto o sinceridad. No me dice en qué queda. Se da la vuelta, pasa junto a mí y no mira atrás.
Me quedo en la acera y la veo marcharse. Se mete en un coche de alquiler que cuesta menos que el reloj que llevo en la muñeca. Arranca y se aleja.
Debería dejar que resolviera sus propios problemas. Debería devolverle la llamada a mi tía y aceptar a la mujer conveniente que los abogados tengan preparada. Dejar de pensar en una mujer a la que conocí una noche en un bar. Una mujer cuya vida se está desmoronando.
Me subo a la camioneta y me quedo sentado en el aparcamiento del edificio administrativo del condado de Brewster.
Pienso en las manos temblándole sobre aquellos expedientes.
En cómo dijo que ahora mismo no era buena compañía, como si pidiera perdón por haber dejado un rastro de barro por la casa de alguien.
Treinta y un días y diecisiete mil dólares.
El manantial de la linde oriental, que no tiene nada que ver con ella y, al mismo tiempo, tiene todo que ver con ella.
Y pienso en los números que he metido en una caja en plena acera. La caja zumba.