Su último aliento 53 Definitivo
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53 Definitivo

A l levantar la cabeza del móvil, vio llegar a su compañero. Estaba siendo encañonado por un hombre que le mantenía sujeto a modo de escudo para protegerse. Tom reconoció su cara en cuanto le vio. Era el hombre que había visto en diversas ocasiones en la propiedad de los Banks.

Michael Hathaway.

—Mira a quién tenemos aquí, al detective listillo —dijo, nada más entrar en el salón—. Seguro que te encantará saber que me he encontrado a un curioso husmeando por la casa. ¿Te suena su cara?

—Suéltalo. Sabes que no tienes escapatoria. No empeores más las cosas. Es un agente de la ley. Imagina lo que puede empeorar tu situación si le haces daño.

—Ya sabes, detective listillo, que en América no nos gusta que la gente se cuele en nuestras casas sin ser invitados. Cualquiera entenderá que le peguemos un tiro, sobre todo después de molestar a una persona indefensa que se encuentra en silla de ruedas.

Los ojos de Hathaway destilaban odio.

—Puede que tu hermana sea una persona indefensa debido a su estado de salud, pero desde luego lo que no es es inocente. Estaba bien al tanto de las atrocidades que has cometido. La duda que me queda es si ella fue la instigadora o todo es responsabilidad tuya.

—Deja a mi hermana a un lado. ¿No te parece que ya ha sufrido bastante?

He oído todo lo que le decías, y me parece que no eres más que un abusón que se crece ante personas que considera que son más débiles que él.

Vaya, casi sin quererlo, acabo de darte la definición de cobarde —dijo, entrecerrando ligeramente los ojos con un gesto malicioso.

La situación era sumamente tensa. En medio de todo, se encontraba Ethan, el joven cuidador, el cual estaba fuera del ángulo de visión de Beckett.

Se preguntaba qué estaría pensando en ese momento.

¿Estaría aterrorizado? ¿O quizá ya estaba al tanto de los tejemanejes de los hermanos?

No podía ser así. Implicaría que no tenía tampoco ni un resquicio de humanidad y no daba la impresión de ser de ese tipo de personas, sino todo lo contrario.

Blasco tenía en la mirada un velo de determinación que a Tom le dio un poco de miedo. No entendía bien lo que trataba de decirle, pero le pareció que era algo peligroso.

Intentó calcular sus posibilidades. Lo tenían bastante crudo. Cualquier maniobra que intentase Jim para liberarse del agarre de Hathaway, podía terminar de la peor manera. Lo mejor era continuar hablando y hacer tiempo, mientras se le ocurría alguna salida.

—Michael, creo que ha llegado la hora de negociar. Como ya imaginarás, no somos los únicos que estamos al tanto de esto. No tendría sentido.

—Bueno, para cuando el resto puedan llegar hasta aquí, ya estaréis muertos. Lo siento especialmente por Ethan. Me caía bien. Es un buen chaval. La culpa será tuya, detective listillo, por inmiscuirte en mis asuntos.

—Deja que se vaya. Él lo único que ha hecho ha sido ayudaros. No sería justo.

—¿No sería justo dices? ¿Sabes lo que no es justo, detective listillo?

Que mi sobrino muriese a la tierna edad de siete años y que mi hermana quedase de por vida postrada en esa silla con el dolor de la pérdida corroyéndola por dentro.

No es justo que el culpable se fuera de rositas.

No es justo que fuese yo quien acabase en la cárcel por darle una mínima parte de su merecido.

—Comprendo por lo que habéis pasado —dijo Tom, para intentar conectar emocionalmente con él.

—No comprendes una mierda, detective listillo.

No entiendes que no es algo que ya hemos pasado, porque esto es para el resto de nuestras vidas.

No entiendes que todos estos ricachones se sienten por encima del resto y que pueden hacer lo que se les antoje sin consecuencias.

No entiendes que son ellos los que se merecen probar de su propia medicina y experimentar el dolor de la pérdida en sus propias carnes.

—Pero sus hijos no tienen la culpa.

—Ni mi sobrino tampoco. Además, esos niños supuestamente inocentes hoy se convertirán en tiburones mañana, tal y como lo son sus padres. Solo estoy evitándole al mundo un mal mayor.

Se fijó cómo Hathaway aumentaba la presión de la pistola en la sien de su compañero y le sujetaba con más fuerza. Se estaba poniendo más nervioso y eso le hacía más inestable.

Movió un instante los ojos para mirar al cuidador y la hermana. De un vistazo, percibió la angustia del joven. Sin embargo, Courtney tenía una expresión dura en la cara. Parecía casi estar disfrutando con lo que acontecía delante de ella.

Por si la tensión no era suficiente, se oyeron las sirenas de los coches de policía acercándose.