52 Giro
N o era así como se había planteado la estrategia Tom Beckett.
En realidad, pensaba ser mucho más comedido y cuidadoso.
Una vez en la casa, algo se removió dentro de él, algo que cada vez fue a más.
Quizá fuera un presentimiento, o tal vez, las ganas de terminar con todo aquello de una vez por todas.
Necesitaba ver a ese maldito asesino entre rejas.
Necesitaba que él, pero también su hermana, pagasen por tan horrendos crímenes.
Aunque ella no fuera el brazo ejecutor, parecía evidente que no había hecho nada por impedirlo y que era partícipe a su modo.
La cuestión era que nada salió como tenía previsto.
Courtney Hathaway comenzó a hiperventilar. A continuación, el detective iba a plantearle las opciones de negociación, pero la frágil salud de ella se lo impidió. Era en ese instante en el que creía que podría llegar a un trato con ella para que revelara el paradero del sospechoso.
—¡Mierda! —masculló el detective—. Blasco, ¿dónde estás?
Levantó la voz para que Jim regresara al salón, pero este pareció no oírlo.
Al ver que la situación no hacía más que empeorar, tuvo que llamar a Ethan, el cuidador que les recibió al llegar a la casa, para que la asistiera.
Tom no sabía cómo hacerlo, más allá de unas nociones básicas de control de una crisis de ansiedad que no tenían pinta de funcionar con aquella mujer.
Solo le faltaba que se muriese delante de él, llevándose con ella la última oportunidad de dar con su hermano.
A ver cómo iba a explicar todo el lío a la policía.
Ni siquiera se percató de que Courtney Hathaway había pulsado un botón que llevaba en uno de los reposabrazos de su silla de ruedas.
Ethan llegó con suma rapidez y le colocó una máscara de oxígeno cubriéndole la boca y la nariz. Esto logró que el ritmo de su respiración volviese con cierta rapidez a la normalidad.
—Ya está, Courtney, eso es, mucho mejor así —animó a su paciente—. Esto le pasa cuando algo la altera o la pone nerviosa —señaló Ethan, mirando ahora al investigador privado—. Me temo señor que lo mejor será que se vayan ahora mismo.
—Lo siento, pero eso no va a ser posible —sentenció Tom Beckett. No tenía ni la menor intención de irse sin la información que quería.
«¿Dónde demonios estará ahora Jim», se preguntó. Suponía que seguiría buscando las pruebas, pero ahora ya estaba casi seguro de que se encontraban en el jardín. Era mucho más que una corazonada.
Era casi una certeza.
Barajó la opción de llamar a Banks para ponerle al corriente y que este alertara a las fuerzas de seguridad.
Necesitaban que se hiciera un registro del jardín de manera legal para que, si localizaban los dientes de los niños, no fueran excluidos como evidencia bajo ningún concepto.
Era una prueba inculpatoria definitiva, como para ponerla en riesgo.
Otra vez se preguntó dónde estaría su compañero. Necesitaba que Jim mantuviese la situación bajo control mientras él hacía las llamadas necesarias. Entre tanto, Ethan continuaba tranquilizando a Courtney Hathaway, Beckett se asomó al pasillo y llamó a Jim Blasco.
No obtuvo respuesta.
Insistió una vez más, subiendo el tono, sin éxito de nuevo.
Regresó al salón. Tenía un mal presentimiento. Algo no iba como tenían previsto. Miró por la ventana. En el jardín todo estaba igual que cuando llegaron. Sin embargo, su intuición le decía que estaba ocurriendo algo que se le estaba escapando.
Le mandó un mensaje a Gregory Banks. Necesitaba que estuvieran alerta por si se producía algún contacto telefónico a partir de ese momento y, sobre todo, debía gestionar con rapidez la petición de la orden de registro, acudiendo a los contactos que fuera necesario.
La situación dio un vuelco en un instante.