51 Cercar
T om Beckett estaba convencido de que, en cuanto abandonasen la casa de Courtney Hathaway, esta se pondría en contacto con su hermano.
No estaba muy seguro todavía de que pudiera hacerlo por sí misma, aunque intuía que tendrían establecido un modo de hacerlo accesible para ella.
En caso de que no fuera así, se lo pediría al cuidador que estaba en la casa y que se mostraba tan dispuesto a ayudar.
Tal y como comprobaron gracias a la influencia de Gregory Banks, en la última conversación mantenida con el magnate, averiguaron que la línea telefónica estaba contratada con una de sus empresas.
De ese modo, debido a que los técnicos ya se encontraban sobreaviso, podían monitorizar su conversación —si esta llegaba a producirse— y conseguir una transcripción casi en tiempo real.
Eso había sido, sin lugar a dudas, un golpe de suerte.
No obstante, eran conscientes de que lo que le estaban pidiendo al empresario era ilegal.
No tenían forma de pedir una orden a un juez, ya que ninguno de los dos, ni Beckett ni Blasco, estaba ahora en las fuerzas oficiales, pero Banks se encargaría de hacerlo conforme a la norma.
Conocía a gente que le debía favores y, si fuera necesario, pediría a la policía más cercana al lugar de residencia de los Hathaway que tomara las riendas para hacer aquella orden efectiva.
No iba a permitir que el asesino de su hijo se escapase de sus garras por un tecnicismo.
Si Michael Hathaway conectaba su teléfono otra vez, tal y como esperaban que hiciera en algún momento, en la empresa de telefonía de los Banks lo sabrían. Estaba todo listo y dispuesto para ello.
Se trataba de cercar a Michael Hathaway de todos los modos que tuvieran a su alcance.
El objetivo real de aquella visita era doble.
Por un lado, provocar al sospechoso y hacerle salir de la madriguera.
El detective imaginaba que, si intuía que su hermana se hallaba amenazada de alguna manera, saldría de su escondite para protegerla.
Era una apuesta que consideraba que tenía bastantes posibilidades.
En caso de que se equivocase, pensarían en otra estrategia.
Si algo caracterizaba a Beckett, era que se trataba de un hombre imaginativo.
El segundo objetivo era encontrar pruebas definitivas que le vinculasen de forma inequívoca con los asesinatos.
Tenía la intuición de que, en algún momento, Hathaway llevaría a los niños que secuestraba a la casa como un trofeo o un sustituto del hijo perdido para su hermana.
Tal vez incluso los retuviera allí hasta el momento en el que se decidía a asesinarlos.
Después de que esta los rechazara, tal vez porque no le recordaban suficientemente a su pequeño o por el motivo que fuera, Michael Hathaway se los llevaría y los mantendría encerrados hasta que finalmente fueran sentenciados a muerte, no sin antes pasar por un calvario, como ya lo hizo su sobrino mientras estuvo en el hospital esperando la muerte.
Era todo siniestramente retorcido.
Por un lado, si estaba en lo cierto en su hipótesis, sospechaba que podría haber algún rastro de los pequeños, algo con lo que se quedasen tras su paso por la casa, aunque no tenía muy claro que fuera así.
Por otro, confiaba en que fueran capaces de encontrar los dientes de leche en la vivienda.
Para ello, necesitaban ejecutar una maniobra de distracción que permitiera a uno de los dos, Blasco o Beckett, buscar por las diferentes estancias.
No obstante, al llegar a las inmediaciones de la casa, experimentó una corazonada: los dientes podrían estar enterrados con las flores.
Si algo destacaba en las tres mansiones en las que había trabajado, eran los cuidados y majestuosos jardines.
Aquel hombre disfrutaba creando paisajes únicos y cuidando con mimo las plantas.
Resultaba casi inverosímil que una persona con esa sensibilidad fuera capaz de matar a los seres más indefensos.
Será que dentro de cada uno de nosotros conviven personalidades antagonistas.
—Sentimos mucho molestarla, señora Hathaway —se disculpó el detective privado, tras hacer las oportunas presentaciones—, pero necesitamos con urgencia hablar con su hermano y no conseguimos localizarlo.
La mujer les miró sin pronunciar palabra. Por el momento, desconocían si era por incapacidad o porque no quería pronunciarse por el momento.
Beckett detectó una mirada inquieta en ella. ¿Estaba acaso al tanto de los asesinatos? ¿Era su cómplice en algún sentido? ¿Quizá fue la instigadora de aquellos crímenes horrendos? ¿O por el contrario, era una víctima más de los desvaríos de su hermano?
La respuesta a aquellas preguntas sería decisiva ante la conversación que estaban a punto de tener. Ahora más que nunca, Tom necesitaba de su intuición y habilidad para analizar personas y detectar cuándo mentían u ocultaban algo deliberadamente.
—Por cierto, señora Hathaway, tiene un jardín precioso. Es imposible no fijarse al llegar. Seguro que se lo han dicho más de una vez.
—Gracias —respondió, de forma bastante clara, a pesar de las dificultades. Tenía una parálisis facial parcial que se evidenciaba más cuando hablaba.
—Supongo que es obra de su hermano. Tiene una gran habilidad para ello. He visitado tres mansiones en las que trabajó, la de los Banks, los Reig y los Blake, y es admirable lo que hace. Ni sabría decirle cuál me ha gustado más.
Observó la expresión de ella mientras aludía a las otras dos viviendas en las que había trabajado. Se suponía que ellos no deberían estar al tanto, puesto que utilizó diferentes identidades. El gesto de ella se descompuso.
—Lo más sorprendente de todo —dijo ahora Blasco—, es que esas tres familias han perdido un hijo en el mismo día con un año de diferencia cada una. Son casualidades terribles, ¿no le parece?
—¿Dónde está su hermano, señora Hathaway? —preguntó Tom—. Solo queremos hacerle unas preguntas. Puede que tenga información al respecto.
—Michael no… sabe.. nada —dijo con cierta dificultad. Daba la impresión de que tenía que pararse a coger aire después de cada palabra. Aunque la pronunciación seguía siendo bastante clara, era palpable que le costaba emitir una frase seguida.
—¿Cómo está tan segura? —Insistió el detective privado.
Ella desvió la mirada hacia el jardín.
Se notaba cómo apretaba la mandíbula.
Le dieron unos segundos más para que respondiera.
Nada.
—Necesito ir al baño, si no le importa —soltó de sopetón Jim Blasco—. No hace falta que me indique dónde es, seguro que sabré encontrarlo.
Se levantó, sin esperar a que se lo permitiera la dueña de la vivienda, y se dirigió a la puerta del salón que conducía hacia la zona del recibidor por el que habían accedido a la vivienda.
Estaban intentando ponerla nerviosa.
Y lo consiguieron.
Llamó con un timbre que tenía en la silla al cuidador.
No sirvió de nada, puesto que Jim estaba ya entreteniéndolo mientras le pedía que le indicara cómo acceder al baño.
Era un gran conversador, así que pensaba mantenerlo un rato distraído mientras Tom hablaba con ella.
Además, aprovecharía para hacer una primera inspección de la casa.
—Será mejor que nos dejemos de juegos, Courtney —espetó el detective privado, cambiando el tono de la conversación a uno más directo y cercano—.
Sabemos perfectamente que su hermano está detrás de los asesinatos de los tres pequeños.
—Tom lanzó un órdago, puesto que no tenían evidencias sólidas de ello—.
Seguro que ya está al corriente de que tuvo que abandonar la vivienda de los Banks de manera precipitada.
De hecho, se nos escapó por los pelos. Debo reconocer que es un tipo muy inteligente.
Los ojos de Courtney Hathaway reflejaban terror.
Pero también orgullo.
—Voy a contarte lo que va a pasar a partir de ahora, si no te importa que te tuteé.
Antes o después vamos a pillarle, creo que de eso no tenemos dudas ninguno de los dos.
Sabemos que los dientes de leche de los niños están aquí, en algún lugar de la casa, que es lo que está intentando averiguar ahora mismo mi compañero.
Yo sospecho que están en el jardín, ¿me equivoco?
Estudió su expresión con detenimiento mientras hablaba. Sus ojos se desviaron hacia fuera de la casa. Fue tan solo una fracción de segundo, un acto reflejo que no controló, uno de esos que nacen directamente desde nuestro subconsciente.
La tenía.
Ya no había dudas: estaba al tanto de todo.
Al detective se le revolvieron las tripas.
—En breve, contaremos con una orden de registro para que pongan patas arriba la casa y, si tienes la mala suerte de que encontramos lo que buscamos, que estoy convencido de que así será, vas a acompañar a tu querido hermano a la cárcel hasta el fin de vuestros días.
Va a ser difícil que un jurado no te encuentre culpable como cómplice de unos crímenes tan horribles.
Todo el mundo odia a los asesinos de niños, así que podéis esperar un trato de lo “más cordial” tanto en el juicio como en la prisión por parte del resto de presos —expresó de manera dura.
Entonces sucedió algo inesperado.