Su último aliento 54 La hora de la verdad
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54 La hora de la verdad

T om desconocía que Jim Blasco había llamado a Marckusen poco después de abandonar el salón para buscar pruebas por sí mismo, tras su breve conversación con Ethan.

Su intención era hacer las cosas bien y, en cierta medida, ganar parte del rédito perdido delante de sus compañeros.

Al fin y al cabo, necesitaban la concurrencia de las fuerzas del orden para que aquello se cerrase de la forma más correcta posible.

Al final, cada uno por su cuenta había dados pasos extra para intentar resolver aquel embrollo.

Estaba por ver cómo terminaba todo. Las sirenas de la policía no hicieron otra cosa que poner más nervioso a Hathaway, algo que parecía casi imposible.

Se encontraba en una situación que estaba a punto de explotar.

—Mátales —dijo Courtney, de forma lo suficientemente inteligible como para que todos la comprendieran a la perfección.

—No, por favor, yo no tengo nada que ver con esto —suplicó entre sollozos Ethan.

En aquel momento en el que Michael tuvo una mínima distracción, Jim Blasco le asestó un fuerte codazo en el estómago, liberándose de forma brusca de su abrazo.

De forma inusitadamente rápida, Tom Beckett se agachó y tomó la pequeña pistola que llevaba siempre en el tobillo y disparó a Michael en su hombro derecho, provocando que su arma cayera al suelo.

El estruendo de la detonación en un espacio tan pequeño dejó a todos levemente aturdidos, pero Blasco se movió lo suficientemente deprisa para coger el arma de Hathaway y poder tener, por fin, la situación bajo control.

Unos minutos después, entraría la policía en la casa, puesto que Jim llamó nuevamente para informar de cómo eran las circunstancias en aquel preciso instante.

Comenzaba ahora la segunda parte, la cual implicaba hacer el registro a fondo de la propiedad e interrogar a los Hathaway. Tom estaba cada vez más convencido de que Courtney estaba al tanto de todo y sospechaba que, en cierto sentido, animó a su hermano a cometer los asesinatos.

¿Hasta qué punto el rencor puede volverse tan sumamente irracional?

No dudaba de que ella era una víctima de un suceso terrible en el que lo había perdido todo, pero era incapaz de comprender que pensase que, de algún modo, podría compensar aquel daño irreparable sesgando la vida de otros niños que tenían la misma edad que el suyo propio en el momento de su fallecimiento.

Epílogo

H abían transcurrido ya dos meses desde que cerrasen la investigación del asesinato de Harry Banks.

Desde entonces, había hablado unas cuantas veces por teléfono con Blasco, el cual había vuelto a ser admitido en el cuerpo de policía de Carmel.

Aunque nada había cambiado demasiado en la comisaría, estaba satisfecho de poder volver a ser policía.

Lo que era diferente era el compañero con el que trabajaba, después de descubrir que, en efecto, fue Eddy Marckusen el que estuvo detrás de la filtración a la prensa.

Ya no podía confiar en él.

A pesar del tiempo transcurrido, Tom seguía pensando a menudo en lo sucedido.

Los casos que había atendido desde aquel habían sido livianos, sin demasiada implicación emocional.

Si bien aquello era algo de agradecer, lo cierto era también que no le distraían del macabro asesino que se cobró la vida de tres niños pequeños.

Finalmente, se hallaron los dientes de leche enterrados en el jardín, los de cada pequeño junto a flores que Michael Hathaway había cultivado en las tierras de los padres de cada pequeño.

El polvo negro  hallado junto al cadáver de Harry Banks correspondía efectivamente a un tipo de coloración del pelo y del cuero cabelludo que le echaba a su hermana, la cual servía para tapar algunas zonas en la que la alopecia dejaba su cruel impronta debido a quemaduras sufridas durante el accidente de tráfico.

El caso resultó ser más siniestro de lo que ya sospechaban, puesto que en los interrogatorios se averiguó que los niños permanecían encerrados los días previos a su asesinato en cobertizos que se encontraban en la propiedad de sus familias.

Nunca visitaron la casa de los Hathaway, como supuso Tom Becket, aunque este sí le hacía videollamadas a su hermana para que los viera.

Michael sabía a la perfección que nunca acudían a allí, donde solo se guardaban herramientas de jardinería y poco más, puesto que él era el que durante los meses previos controlaba esos espacios. Se aseguraba de que nunca nadie se acercase a dichos cobertizos bajo ningún concepto.

Los secuestraba como sustitutos de su sobrino para su hermana, pero para ella nunca eran suficiente. En realidad, no era más que una excusa para terminar ajusticiándolos de manera cruel.

El hecho de que las cámaras nunca hubiesen grabado cómo se llevaban a los niños de sus dormitorios también quedaba explicado, ya que era Hathaway quien se encargaba de manipularlas para que no hubiera registros de sus maniobras.

Tom Beckett se entristeció al conocer la noticia de que los Banks se habían divorciado.

Era una muestra más de que el amor no puede con todo.

Sin embargo, posiblemente en aquella relación nunca hubo un amor de raíces demasiado profundas, por lo que la ruptura era inevitable sin el nexo del pequeño Harry.

Esa historia le había hecho replantearse en cierto modo la suya propia.

Tenía que estar más presente en la vida de su sobrina.

No solo es que tuviera que hacerlo, sino que quería estar ahí para ella.

Quería convertirse en una de sus personas de referencia y que supiera que podía recurrir a él cuando lo necesitase.

Esa mañana de finales de otoño se había despertado gris y ventosa. Desde la ventana de su pequeña cocina observaba el tempestuoso mar. Cogió el teléfono y marcó un número conocido. Tras esperar varios tonos, la llamada fue a parar al buzón de voz. Decidió llamar más tarde.

Se preparó un café bien caliente. Se planteó coger una manta y sentarse en su humilde porche a mirar el océano, permitir que el vaivén de las olas le hipnotizara hasta dejar su mente en blanco. Eso normalmente le transmitía paz a su espíritu y le resultaba sanador a nivel emocional.

El timbre de su teléfono interrumpió sus pensamientos, los cuales vagaban sin un rumbo claro. Al ver quién era, se apresuró a contestar. No quería tener la oportunidad de arrepentirse y cambiar de opinión. Estaba decidido a darle un cambio a su vida y no podía dar marcha atrás.

—Hola Allan, ¿qué tal estás? —preguntó de forma despreocupada.

—Hola Tom. Todo bien. Liado como siempre. ¿Qué necesitas? —respondió el forense de manera práctica, puesto que pensó que se trataba, una vez más, de una llamada de trabajo.

—Te llamaba para ver si te apetecía que nos tomásemos esa cerveza que llevamos tanto tiempo posponiendo.

Al otro lado se hizo el silencio. Tom miró su teléfono por si se había ido la cobertura o, incluso, se hubiera cortado la conexión. Sin embargo, no había indicios de que así fuera.

—Allan, ¿sigues ahí?

—Sí, sí. Por supuesto que sigo aquí.

—Te preguntaba si te apetecía…

—Claro que me apetece. No lo dudes ni un segundo. ¿Cuándo quieres que nos veamos? —le preguntó el médico de forma un tanto vehemente.

—No sé cuándo te vendrá bien. Yo ahora mismo no estoy trabajando en ningún caso, así que dispongo de todo el tiempo del mundo.

—Vale, perfecto. ¿Qué tal si termino con esta autopsia y nos vemos? No creo que me lleve más de una hora.

—Muy bien. quedo a la espera de que me avises entonces.

—No, Tom. No voy a arriesgarme a que te lo pienses mejor. Quedamos en una hora y media en el bar al que solíamos acudir antaño.

—Menos mal que sigue abierto, porque ha pasado tanto tiempo que podría haber ahora una tienda de ropa de bebés perfectamente.

—Ha pasado demasiado tiempo, Tom. Pero nunca es tarde.

—Eso creo yo.

—Tom… —dijo el doctor Parker de una forma un tanto cautelosa.

—Dime.

—Me alegro de que me hayas llamado. Hace mucho tiempo que lo esperaba.

—Yo también me alegro, amigo mío.

Colgó el teléfono y miró el sobre que había en la mesa. El día anterior había recibido de parte de un contacto la información que le solicitó acerca de la salida a bolsa de la empresa de los Banks.

Timothy Render le generó tal animadversión con aquella frialdad suya que demostró cuando conversaron que, simplemente, no podía dejarlo pasar.

Había encontrado indicios de que Render había manipulado los datos de la auditoría financiera gracias a ciertos colaboradores que le debían algún favor y que no estaban, por decirlo de forma suave, plenamente alineados con la ley.

Le quedaba decidir qué hacer con aquella información.

Lo haría en otro momento.

Antes de irte…

Quiero darte las gracias por darme esta oportunidad.

Este libro es una pequeña gota en un inmenso océano que se llama inepub.

Que hayas llegado hasta él, es casi un milagro.

Que lo hayas elegido y leído, debe ser fruto de la alineación perfecta de los planetas como mínimo.

Por ello, GRACIAS, muy grande y en letras de neón.

Si puedes dejar tu valoración en inepub, te estaría más agradecida todavía.