Su último aliento 47 Traición
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47 Traición

L as consecuencias llegaron en tropel para Jim Blasco.

Enseguida se demostró que Marckusen no le amenazó en balde cuando le dijo que iba a poner al corriente a su superior de lo que estaba sucediendo.

El capitán Benjamin Button decidió apartarle de la investigación, aludiendo conducta desleal hacia el cuerpo de policía.

Lo único que cabreaba, en realidad, a Blasco era no participar en el arresto del responsable del asesinato de Harry Banks.

Necesitaba mirar a ese cabrón a los ojos y que este le explicara por qué motivo había matado a ese pobre crío que no le había hecho nada en absoluto.

En cualquier caso, no pensaba darse por vencido.

Tal vez fue precisamente su propia desconfianza hacia las habilidades de su compañero y del capitán lo que le hizo tomar la decisión de continuar investigando dónde se escondería Michael Hathaway.

Actuaría al margen, pero no se quedaría en el banquillo por nada del mundo.

Si Button se enteraba, cosa que no era difícil que ocurriera, sabía que su carrera en la policía de Carmel habría terminado.

Llegado el caso, buscaría la mejor solución.

Por el momento, sabía que podía contar con Beckett para llegar hasta el final de aquel asunto.

Más tarde ya se ocuparía de buscarse un nuevo trabajo, si finalmente era necesario.

Los problemas hay que resolverlos de uno en uno.

Por otra parte, el detective Beckett contaba con el respaldo de la familia Banks, por lo que este solo tendría que abrir la boca para que el magnate presionara a quien fuera necesario para que facilitase su labor.

Esa era una gran baza a su favor. Si este tenía el menor indicio de que el cuerpo de policía no estaba haciendo todo lo necesario para capturar al asesino de su hijo, no le iba a temblar el pulso e iría con toda la artillería contra el departamento.

Ojalá no tuvieran que llegar a eso.

Lo que más rabia le daba a Blasco era no poder depender de sí mismo para tomar cada decisión y elegir el siguiente paso a seguir.

Estaba a expensas de que Tom Beckett estuviese de acuerdo.

Al menos, creía firmemente que los dos compartían un modo de pensar similar al respecto.

Confiaba en que se lo demostrase en ese delicado momento.

—¿Ya has conseguido que te den la patada?

Pues enhorabuena y bienvenido al club de los desterrados —le dijo como recibimiento el detective cuando se encontraron unos cuarenta minutos después.

Sus palabras no estaban exentas de sorna.

Por si quedaba alguna duda al respecto, su gesto le delataba de forma definitiva.

—Eso me pasa por frecuentar malas compañía. Al final, he terminado por ser un proscrito como tú. Mira que me lo advirtieron.

El detective rio.

Lo más curioso de todo era que a Jim Blasco también le resultó divertido. Quizá más adelante, cuando asumiera las consecuencias reales de sus decisiones, lo viera de otra manera.

—Bueno, todavía no te han expulsado del cuerpo. De momento, si no te he entendido mal, solo estás apartado de la investigación. Démosle un voto de confianza a Button. Igual nos sorprende y resulta que hay algo de masa gris dentro de esa cabeza.

—Los dos sabemos que es solo cuestión de tiempo, así que no pienso hacerme ilusiones.

—Es posible —concluyó Beckett, reconociendo que Jim Blasco tenía bastante razón al considerar tan funesto destino.

—Y no, estoy más que seguro de que, si le hiciesen una resonancia cerebral, se demostraría que no tiene nada de materia gris ahí dentro.

—Me apuntaría a ver los resultados con los ojos cerrados —continuó con la broma el detective.

Ambos investigadores sonrieron con complicidad. A veces, extrañas circunstancias de la vida nos traen personas interesantes con las que conectamos casi a la perfección.

—¿Y sabes qué es lo que más rabia me da? —preguntó Jim de forma retórica con cierta amargura—. Que les hemos hecho el trabajo y van a colgarse la medalla, que es lo que querían desde el principio.

—No necesitamos ningún reconocimiento, Jim.

Los dos sabemos que nos mueven otros motivos.

Y aunque no nos ha salido tan bien como quisiéramos, hemos llegado a descubrir quién se encuentra detrás de este asesinato.

Eso en sí ya es una victoria. No solo eso, hemos averiguado quién mató a otros dos niños de los que la policía ya se había olvidado. Para mí es suficiente recompensa.

—Pero nuestro asesino sigue suelto, Tom.

—Por poco tiempo, ya lo verás. Tenemos su nombre y mucha información sobre él. Ahora sí. Solo tenemos que tocar las teclas adecuadas para dar con su paradero. Es cuestión de tiempo, ya lo verás.

Blasco le miró con escepticismo. Dudaba mucho que fuera tan sencillo. Sin embargo, la seguridad que demostraba el detective le insufló ánimos. No podían rendirse ahora que estaban tan cerca.

—¿Qué propones exactamente?

—Que vayamos a por él por nuestra cuenta.

—Puede ser peligroso —dudó Blasco.

—Lo sé, aunque de momento solo ha demostrado ser valiente con los niños. No me parece que vaya a mostrarse tan osado con dos adultos armados.

—No tengo mi pistola.

—Pero yo puedo prestarte una. Y supongo que sigues teniendo permiso para llevar un arma de fuego, ¿no es así?

El policía asintió.

Jim Blasco se sentía fascinado por el ímpetu que demostraba Tom Beckett.

Había oído muchas cosas de él. Que se había vuelto un ser huraño al que no le gustaba relacionarse con nadie.

Que le gustaba hacer las cosas a su manera y que no atendía a razones.

Que se había hecho investigador privado porque le reportaba un considerable beneficio económico.

Que sus métodos no siempre eran convencionales y otros tantos y tantos comentarios acerca del detective.

Algunos resultaban ser ciertos, pero otros tenían poco fundamento y resultaban malintencionados.

Por su experiencia personal, el policía había descubierto que ese hombre realmente se debía a su trabajo y que hacía lo indecible por llevarlo a cabo de la mejor manera que fuera viable.

—Muy bien hagámoslo —se decidió por fin.

—Esa es la actitud —agregó Beckett entusiasmado.

—¿Qué propones exactamente?