Su último aliento 46 Coincidencias
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46 Coincidencias

L a urgencia que se transmitió al laboratorio acerca de la importancia de conocer si había muestras de ADN en los objetos localizados en la habitación de Sebastian Emerson dio sus frutos. A primera hora del día siguiente, los resultados estaban encima de la mesa de Blasco y Marckusen.

Las huellas dactilares tomadas en la habitación, también fueron procesadas y metidas en el sistema.

Tras horas de comparación y arduo trabajo, los policías por fin tenían algo que celebrar: había una coincidencia.

Tal y como suponían, la identidad que reflejaba la base de datos no tenía nada que ver con las proporcionadas a las tres familias para las que sabían a ciencia cierta que había trabajado.

El nombre del sujeto era Michael Hathaway.

Tenía antecedentes penales, aunque por un motivo que llamó la atención de los agentes.

No era un delincuente habitual y no tenía un historial de violencia tras él.

Sin embargo, sí hubo un incidente que provocó que le ficharan y pasara una temporada en la cárcel.

Según pudieron leer, fue en busca de un hombre de una posición social elevada y le propinó tal paliza que este acabó en el hospital.

En las posteriores declaraciones de Hathaway a la policía, este dijo que se merecía morir porque era un asesino.

En el informe completo se recogía que aquel hombre había embestido con su coche de gran cilindrada al utilitario de la hermana del acusado cuando esta se dirigía con su hijo al colegio.

El niño murió tras pasar varios días en coma inducido y ella quedó muy malherida, con secuelas de por vida.

El pequeño tenía tan solo siete años de edad.

—Parece que, por fin, tenemos algo —celebró Jim Blasco—. Hasta podemos comprender de una manera loca y extraña sus motivos.

El policía, en cuanto se puso al día con la nueva información, cogió el teléfono para llamar a Tom Beckett. Estaba seguro de que estaría deseando conocer esos nuevos datos tan reveladores.

—¿Qué coño haces, Jim? —preguntó Marckusen al darse cuenta de sus intenciones—. ¿No se te estará pasando por la cabeza telefonear a ese detective de pacotilla? Esto es cosa nuestra. No compartimos información con civiles.

—No es un civil. Tiene licencia de investigador privado y te recuerdo que, en gran medida, si hemos llegado a este punto, ha sido gracias a su trabajo. Creo que se lo debo.

—Bueno, quizá sea bueno que discutamos este aspecto con Button. Al fin y al cabo es el jefe, así que supongo que lo mejor será que lo decida él —le desafió, mostrando una expresión sarcástica.

Blasco miró a su compañero sorprendido. Sabía que no le gustaba la idea de que cooperasen con Beckett y había mostrado sus reservas al respecto desde el primer minuto, pero esto ya era otro nivel. No imaginaba que pudiese ser tan mezquino.

—No creía que fueses a caer tan bajo, Eddy.

—No pienso permitir que un detective se lleve el mérito.

La gente tiene que saber que ha sido la policía quien ha dado con el asesino.

Eso les hace sentirse seguros, ¿sabes? Nosotros también somos capaces de tener nuestras propias teorías y seguir las pistas sin que un mequetrefe venga a darnos lecciones.

Aquellas palabras pillaron por sorpresa a Blasco. En ningún momento había insinuado lo contrario. Simplemente, le pareció que lo mejor para todos era aunar fuerzas.

—Todavía no le hemos atrapado, así que mejor será que no cantes victoria antes de tiempo. No conviene vender la piel del oso antes de cazarlo, Eddy, ya sabes a qué me refiero. De hecho, no es la primera vez que cometes una cagada similar a esa.

Jim Blasco estaba aludiendo a un caso de un par de años atrás en el que el capitán Button anunció a bombo y platillo que habían terminado con una banda que se dedicaba a extorsionar a personas relevantes de la zona antes de tener a todos entre rejas.

Se había fiado a pies juntillas de la información que le pasaron Marckusen y otros dos policías que trabajaban con él en el caso.

Estaban seguros de que habían atrapado a todos, pero se equivocaron.

Los que quedaron libres, publicaron material bochornoso de varias celebridades y personajes de influencia, evidenciando la inoperancia de la policía de Carmel.

Resultó ser un hecho bochornoso que todavía traía cola de vez en cuando.

—¿Quién es el capullo ahora, Jim? —preguntó con mal talante. Cualquiera que le viera en aquel instante pensaría que estaba masticando piedras.

—Te lo has buscado, compañero.

Buscó entonces el teléfono de Beckett en la agenda de su teléfono. Le miró desafiante, dejando claro que iba a actuar del modo que creyera más conveniente, sin dejarse amedrentar por nadie.

—Luego no digas que no te lo avisé —comentó Marckusen justo antes de levantarse.

A Blasco le dio igual. Si le suspendían de empleo y sueldo, lo asumiría. Quizá era lo que necesitaba para buscar nuevos horizontes. Sentía que en esa comisaría no podía crecer como policía.

En su fuero interno, tenía claro que el detective debía conocer aquella información.

Al fin y al cabo, habían trabajado codo con codo durante días.

Tom le había demostrado que podía confiar en él, puesto que en todo momento compartió los datos de los que disponía, incluso cuando el propio Blasco contaba con poco que ofrecerle a cambio.

Viendo la animadversión que había demostrado Marckusen hacia su colaboración con el investigador, se planteó si no habría sido él quien filtró aquella información a la prensa unos días atrás.

Su alusión a que la policía podía tener sus propias teorías le había traído esa idea a la mente.

Sin embargo, si estaba en lo cierto, seguía sin conocer cómo lo había hecho.

De hecho, le dio la impresión de que se mostró sorprendido cuando Blasco le dijo que estaba cooperando con Beckett, pero tal vez fue puro teatro.

Quizá lo supo desde el principio, casi desde aquella primera conversación que tuvieron al comienzo de la investigación cuando el detective les visitó en la comisaría.

Eso significaría que había sido retorcido, disimulando, haciendo ver que no sabía nada, pero investigando a su compañero a escondidas para intentar dejarlo en mal lugar.

No quería pensar en eso ahora.

Tenían a un asesino de niños que atrapar.

Beckett contestó al segundo tono.