Su último aliento 44 Credenciales
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44 Credenciales

D urante cerca de treinta minutos, los Banks relataron al detective de qué manera llegaron a contratar a Sebastian Emerson.

Mientras tanto, los policías continuaban con el registro de la vivienda y las tomas de muestras de ADN.

Sin embargo, ahora se concentraban especialmente en el dormitorio en el que solía quedarse el principal sospechoso varias noches por semana.

Entre algunas cosas que le comentaron los Banks, al detective le resultó curioso el hecho de que Emerson no se quedaba de forma permanente en la mansión, como hacían otros miembros del personal y sus allegados, si no que alternaba días en los que regresaba a su casa.

Por lo que él les contó, tenía una familia, les gustaba su hogar y no podía permanecer lejos de los suyos todos los días de la semana.

No comprobaron ese dato.

No tenían motivos para hacerlo.

Cuando procedieron a su contratación, este presentó distintas credenciales sobre su experiencia previa.

Adjuntó, incluso, una carta de recomendación.

Sin embargo, la buena disposición que mostró desde el primer momento, así como que aceptó unas condiciones laborales que no eran precisamente excelentes, lograron que no dudasen en hacerse con sus servicios.

Durante meses, su labor en la propiedad justificó lo acertado de la decisión.

El jardín nunca había lucido tan exuberante y bonito.

Pero no era su única habilidad, puesto que era un hombre polivalente que era capaz de llevar a cabo casi todo tipo de tareas.

De hecho, hasta se mostraba voluntarioso con el niño y se ofreció a ayudarlo con las tareas más difíciles del colegio, si este precisaba que le explicase algo que no comprendiera.

«Soy yo el que ayuda en casa a los pequeños.

Se me da bien, porque no pierdo la paciencia con facilidad.

Con los chicos hay que mostrarse firmes, pero también tranquilos.

De lo contrario, sabrán cómo sacarte de quicio para lograr que les perdones algunas de las tareas académicas o cualquier otra de sus obligaciones» —argumentó en una ocasión en la que Agatha le comentó que se le daban bien los niños, al ver lo feliz y dispuesto que se mostraba su hijo a hacer las tareas del colegio con él.

En la habitación de Sebastian Emerson encontraron unas maletas ya hechas.

Aquello demostraba que estaba preparado para irse sin dejar rastro si la situación lo requería.

El problema ese día había sido la inmediatez.

Que la policía se presentase sin previo aviso con una orden de registro había limitado enormemente sus oportunidades de escapar, hasta el punto de casi frustrar sus planes.

Por desgracia, funcionó su estrategia improvisada y había logrado escabullirse. No obstante, había dejado detrás gran cantidad de información que tendrían que analizar de forma minuciosa. Confiaban en que, lo que encontrasen, les llevase hasta aquel enigmático hombre.

—Tenemos diversos objetos en los que puede haber ADN —le comentó Blasco a Beckett, cuando se reunieron—. Entre otros, tenemos un cepillo de dientes. Ahora tendremos que cruzar los dedos para que nos lleve hasta él.

—Y sospecho que tiene que haber cantidad de huellas en su habitación. Por muy cuidadoso que sea, dudo que se dedique a limpiar sus rastros con tanta frecuencia. Eso requeriría casi de un trastorno obsesivo compulsivo. Y hoy seguro que no le ha dado tiempo a hacerlo.

—Sobre todo porque el hecho de que no haya podido llevarse sus maletas nos indica que no tuvo tiempo para muchas cosas.

—El poco que tuvo lo dedicó a engatusar a otro para que fuera su maniobra de distracción. Tenía claras sus prioridades.

—Hay que reconocerle que no le salió mal. Al fin y al cabo, por el momento le hemos perdido la pista —observó Blasco frustrado.

—Hay que ser muy sagaz para improvisar algo así en tan poco tiempo —concluyó el detective, expresando en voz alta una opinión que compartían ambos.

Tom miró por la ventana. Desde luego que había demostrado ser avispado.

A pesar de que la propiedad estaba plagada de policías, había sido capaz de eludirlos a todos y salir sin ser visto.

Debía ser un hombre inteligente y con bastantes recursos, eso sin lugar a dudas.

Su conocimiento de la propiedad y de las posibles vías de escape seguramente se debía a un estudiado plan trazado con mucha antelación.

Durante la entrevista con Gregory y Agatha Banks, el investigador privado descubrió que estos disponían de alguna foto en la que se veía a Emerson.

Mientras obtenían algún resultado, bien procedente del ADN o bien de las huellas, podían enviarle la imagen de su sospechoso a las otras dos familias para comprobar si lo reconocían como al empleado que había abandonado su trabajo un tiempo después de que los hijos de ambas aparecieran asesinados.

—¿Tenemos ya respuesta de las otras dos familias? —preguntó Beckett esperanzado.

—Todavía no. Estamos en ello. Ya sabes que no son muy proclives a hablar con la policía. Igual podías probar a llamarles tú. Puede que te hagan más caso.

Procedió enseguida a comunicarse con ellos.

Acordó enviarles las distintas fotos de las que disponían del sospechoso a través de una aplicación de mensajería instantánea.

El motivo de mandarles más de una era que no se le veía con claridad en ninguna y quería que tuvieran más elementos de comparación.

Tom sospechaba que lo más probable era que el asesino modificase en alguna medida su aspecto cada vez que cambiaba de trabajo.

Alguien tan meticuloso con tantas cosas, probablemente habría tenido dicha consideración.

Si era así, debían tener sus reservas ante las respuestas que ofrecieran las familias.

—Me llamarán enseguida —informó a Jim Blasco.

Mientras aguardaban la respuesta, los técnicos continuaban recabando pruebas y los policías seguían entrevistando a otros miembros del personal de la casa.

Necesitaban seguir ahondando en quién era Emerson, cómo era su personalidad, cómo se comportaba de manera habitual, cuáles eran sus motivaciones.

Tendría que haber alguien con quien hubiera trabado una relación más estrecha y que le conociese algo mejor que el resto.