Su último aliento 43 Confianza rota
80%

43 Confianza rota

L a conmoción de Gregory y Agatha Banks era evidente.

No podían creerse que alguien del personal de servicios de la casa estuviera detrás de aquella monstruosidad.

Aseguraban que siempre pedían credenciales, aunque reconocieron finalmente que eran más exhaustivos en cuanto al personal que trabajaba directamente con Harry.

No era el caso.

Sin embargo, aunque le hubieran investigado a fondo, lo más probable es que no hallasen nada relevante, ya que, si aquel hombre era el mismo que había trabajado en la casa de los Blake y de los Reig, había utilizado una identidad distinta cada vez.

Era de esperar que un hombre meticuloso como aquel no habría descuidado los detalles, en especial cuando estos podrían conducir a la policía hasta él.

Había demostrado, hasta la fecha, hacerlo muy bien. No en vano habían pasado un par de años en los que nadie se había imaginado que pudiera estar detrás de crímenes atroces.

La tensión que se palpaba dentro de la casa era más que evidente.

Los trabajadores estaban molestos porque seguían retenidos dentro de la vivienda.

Sentían que les estaban tratando como a sospechosos, algo que les disgustaba y enfadaba a partes iguales.

Algunos decían que sus familiares les estaban esperando en casa y clamaban que la policía no tenía derecho a retenerlos de esa forma.

Blasco y Marckusen distribuyeron a los encargados de los interrogatorios.

Ellos hablarían con el personal que había mantenido una relación más estrecha con el sospechoso.

Cuanta más supieran de él, mejor. Era importante conocerlo en el mayor grado posible, desentrañar su forma de ser, aprender de su personalidad, averiguar su manera de actuar y moverse en su día a día.

Por su parte, Tom Beckett se responsabilizó de hablar largo y tendido con los Banks. Necesitaba sacarles toda la información de la que dispusieran. Era vital que compartiesen con él cualquier dato que pudiese ser relevante, aunque ni siquiera supieran que lo era.

Sentía una punzada de rabia latiendo en su interior. Habían estado tan cerca… Quizá podrían haber hecho las cosas de otra manera y haber evitado que pudiera escabullirse en modo alguno.

No era hora de lamentos.

Tenían que redoblar fuerzas. Hasta ese momento, nunca habían estado tan cerca de atraparlo.

No obstante, no podía olvidar que todo lo que tenían eran suposiciones.

No podían cegarse con ellas. Quizá el fugitivo se había escapado por otro motivo ajeno al asesinato de Harry Banks, aunque ahora pareciese que todo apuntaba hacia él.

No obstante, lo que tenían era circunstancial.

Salvo que en el interior de las maletas o en otro rincón de su dormitorio dieran con los dientes de leche de los críos, no podrían asegurar que era el asesino mientras no tuvieran algo más definitivo.

—No me puedo creer que Sebastian Emerson tenga algo que ver con todo esto —soltó Gregory Banks con evidente malestar.

Tom no tenía claro si era una forma de reaccionar típica de alguien como él, quien no tolera que le engañen y no cree posible que eso suceda, pues se siente superior al resto.

Que le engañasen de una manera tan clara resultaría un auténtico insulto a su persona.

Por el contrario, podría ser pura y cruda incredulidad ante el hecho de que alguien en quien habían confiado fuera tan cruel como para matar a un niño.

—Siéntense, por favor. Tenemos mucho de lo que hablar —ordenó el detective. Sabía que era un momento frágil y difícil, pero no podía perder el tiempo escuchando lamentaciones que no les conducirían a ningún lugar.

Agatha Banks ya se encontraba en uno de los sillones.

Tenía la mirada en un lugar ajeno a aquella habitación.

Posiblemente, estaba buscando en el pasado señales que pudieran haberle alertado de los peligros que se cernían sobre su familia.

Era fácil de imaginar lo que sentía en ese momento, aunque su rostro no lo reflejase en modo alguno.

Rabia por la traición.

Un dolor infinito por la pérdida de su hijo.

Culpabilidad por no haber detectado ningún indicio que le alertase de que su pequeño Harry estaba en peligro.

—Todavía no podemos afirmar, ni mucho menos, que Emerson sea el responsable.

Todo lo que tenemos es circunstancial. No obstante, resulta bastante sospechoso que justo hoy haya decidido marcharse, en especial de una manera tan abrupta.

Por eso tratamos de recabar toda la información sobre él.

Aun así, no debemos sacar conclusiones precipitadas.

Observó al matrimonio. Sabía que Gregory no iba a permanecer demasiado tiempo callado. Era un hombre acostumbrado a decir la última palabra y aquella no iba a ser una excepción.

—Hemos sido amables con ese malnacido, le hemos acogido en nuestra casa, le hemos dado un trabajo digno y… —En su frente, una vena se había hinchado de forma evidente. Era incapaz de esconder la ira que experimentaba en aquel instante—. ¿Cómo es posible que no lo viéramos venir?

Su pregunta quedó momentáneamente suspendida en el aire.

—Era imposible que lo hiciesen —respondió, finalmente, el investigador privado—.

Estoy seguro de que escondió bien sus intenciones.

Se ganó su confianza, trabajó duro y se mostró agradecido y dispuesto a hacer todo lo que le pidieran.

Nadie lo habría visto venir. Nadie espera que la persona que tiene enfrente albergue tan funestas intenciones.

—Intentó consolarles con un tono de voz amable y tranquilo—.

Al margen de esto, es preciso que me respondan a algunas preguntas.

Necesito formarme la imagen completa del puzle.

—Nuestro hijo tenía una relación especial con él —observó con voz trémula Agatha Banks.

Los dos hombres miraron hacia ella—. Iba a buscarle mientras estaba trabajando porque decía que le enseñaba muchas cosas interesantes.

Y yo insistía en que le dejase tranquilo, porque estaba ocupado.

Harry decía que a Sebastian no le importaba, que siempre le confesaba que le encantaba que le hiciera compañía.

Yo no tenía ni la menor sospecha de que quería hacerle daño.

Jamás lo habría imaginado. Se mostraba siempre tan amable con nuestro pequeño…

Se quebró en un llanto amargo. Sus manos temblaban mientras se las llevaba a la cara.

La culpabilidad la azotaba fuerte. A la tristeza inenarrable de perder a su hijo se le sumaba ese sentimiento terrible de sentirse responsable por no haberlo protegido.

Había confiado en la persona equivocada y las consecuencias habían sido devastadoras.

La información que acababa de relatar la madre en unas pocas frases era de un valor incalculable. Parecía factible que el crío se fuera con su asesino de manera voluntaria, seguramente pensando que estaba a punto de vivir una gran aventura. Confiaría en él con los ojos cerrados.

Tom comprendía perfectamente el dolor de esos padres. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no sentirse culpables? Aunque no fueran responsables de lo que le sucedió a su hijo, lo cierto era que fácilmente podían pensar que ellos habían invitado a aquel criminal a vivir con ellos durante meses.

Y ese pensamiento les resultaría devastador.