41 Pruebas
E n menos de un minuto se hallaban en el lugar donde tres agentes de policía trataban de convencer a un hombre aferrado a una bolsa para que soltase lo que llevaba y levantase las manos.
Se leía el pánico en sus ojos. Miraba nervioso a un lado y otro, quizá tratando de buscar una salida que era evidente que no tenía.
Tom estudió la expresión y los gestos de aquel empleado.
Estaba tan aterrorizado que decidió que no podía ser su asesino.
Buscaban a alguien seguro de sí mismo, con confianza y templanza.
Un ser frío al que no sería fácil amedrentar.
Si su hipótesis era acertada, su sospechoso había tenido la frialdad de convivir con la familia durante meses antes de que el niño desapareciera y continuaba bajo el mismo techo después de haberlo matado.
El que tenía delante era un pobre hombre que parecía estar intentando escapar de una situación desesperada, tal vez porque lo que llevaba en la bolsa era dinero u objetos que había sustraído de la casa.
—Es el mismo hombre del que hablamos antes en el coche —le dijo Marckusen a Blasco.
Aquellas palabras pillaron totalmente por sorpresa a Beckett. No podía ser. Aquel hombre no encajaba en absoluto en su teoría. ¿Cómo podría haberse equivocado tanto?
—Por favor, se lo ruego —suplicó, con un hilo de voz—. Tengo que cuidar de mi familia. Me necesitan. No puedo ir a la cárcel.
—O es un gran actor, o desde luego no es a quien buscamos —le susurró Beckett a Blasco.
—Pienso igual —respondió el policía, aún considerando lo que le acababa de decir segundos antes su compañero.
—Es hora de acabar con esto —sentenció el investigador privado.
Entonces, el detective se adelantó hacia el hombre, seguro de que no había peligro.
Este le miró sorprendido y apretó mucho más la bolsa contra su pecho.
Los agentes murmuraban a sus espaldas, obviamente atónitos por la intromisión de aquel civil en su trabajo.
Marckusen miró de soslayo a su compañero, indicando su desconcierto y, a la vez, lo molesto que estaba por aquella intromisión.
Tom tocó el hombro del pobre diablo y le miró directamente a los ojos. Procuró insuflarle confianza y tranquilidad.
—Se ha terminado. Deme la bolsa, por favor. No merece la pena alargar esto más.
—Yo…
—Démela, por favor. Cuánto antes acabemos con esta situación, será mejor para todos.
Dudó todavía un momento.
Suspiró.
Se había metido en un buen lío.
Beckett leyó la rendición en su mirada.
Le entregó la bolsa.
Acto seguido, dos agentes se acercaron hasta él y lo esposaron.
Tal y como sospechaba el detective, en la bolsa únicamente había objetos de valor que seguramente pertenecían a la casa: cubertería de plata, un candelabro antiguo, algunas joyas y varios billetes de distinto valor
Beckett tuvo un mal presentimiento. Le pareció demasiada casualidad que, justo cuando habían iniciado el registro y la toma de muestras, aquel hombre hubiera escogido ese instante para intentar irse de la casa con un botín.
Nadie en su sano juicio intentaría robar en la vivienda en la que trabaja justo cuando la policía está allí mismo.
Daba igual que fuera corto de entendederas, era una estupidez demasiado grande.
Aquel incidente había sido una distracción.
¿Había sido orquestada por alguien o totalmente casual? Se acercó nuevamente hasta el hombre, el cual estaba siendo conducido por un agente hasta uno de los coches patrulla.
—Un momento, por favor —solicitó.
—¿Qué pasa ahora? —cuestionó el policía, sin duda molesto por lo sucedido momentos antes.
—Necesito hacerle una pregunta al detenido.
El agente paró de mala gana. Su gesto lo decía todo.
—Será solo un instante —se justificó Tom.
El policía reflexionó un segundo. No le hacía gracia que aquel detective interfiriera en su trabajo. Seguramente le hubiera molestado menos si fuera uno de sus compañeros quien se lo pidiera. Miró a Blasco y Marckusen. El primero hizo un gesto de asentimiento, lo cual le bastó.
—Adelante. Dese prisa. Tengo que llevármelo a comisaría —respondió en tono hosco.
—¿Le ha pagado alguien para que hiciera esto? —le preguntó Beckett al detenido. Estaba cada vez más convencido de que aquello había sido una maniobra de distracción orquestada por otra persona. Quizá por el asesino al que estaban buscando.
—No diré nada. Seguro que me perjudica de alguna forma.
—Yo no soy poli, señor. Soy investigador privado y estoy buscando a quien asesinó al hijo de los Banks.
Quizá usted pueda ayudarme a dar con él.
Si alguien le ha pedido que tratara de salir de la casa mientras está la policía registrando la propiedad, tal vez le esté usando como excusa para distraernos y, de ese modo, poder escapar.
Eso le convertiría en cómplice y le aseguro que la pena asociada es mucho mayor que por un simple hurto.
El hombre dudó.
Tom adivinó por su expresión que había acertado.
—No diré nada sin un abogado. Salvo que me prometa por escrito inmunidad —soltó, probando suerte por si podía librarse de las consecuencias.
El detective sentía curiosidad por saber qué le habrían ofrecido para cometer una estupidez como aquella. En una casa llena de policías, lo más probable era que le pillasen, tal y como así había sido.
—Lléveselo. Es evidente que le han utilizado y no va a ayudarnos —le dijo al policía, tratando de provocar al detenido—.
Ahora usted irá a la cárcel y, quizá, un asesino quede suelto por su culpa.
Pero averiguaremos quién es y convenceremos al fiscal de que le juzgue a usted por haberse llevado lo que sea que tenga en esa bolsa, pero también por encubrimiento de un asesinato.
Espero que haya merecido la pena lo que sea que le prometieran.
Se dio la vuelta y comenzó a regresar al salón en el que retenían a la mayor parte del personal. Cuando se acercó a Blasco, este le miró adivinando lo que estaba intentando el investigador privado.
El policía tiraba del detenido hacia fuera. Su cara de pocos amigos lo decía todo. Estaba enfadado por la interrupción.
En aquel momento, el hombre habló.
—Espere. Tengo algo que quizá le pueda interesar.
Beckett sonrió para sus adentros.
Quizá ahora sí estuvieran más cerca de atrapar a su asesino.