Su último aliento 40 Hallazgos
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M ientras la conversación entre los Banks y Tom Beckett tenía lugar, Blasco y Marckusen ya habían organizado al equipo que les había acompañado para distribuir el trabajo y hacerlo de la manera más eficiente.

Cuatro agentes se encargaron de localizar a todos los miembros del personal para reunirlos en el salón y facilitar que allí, de manera centralizada, pudieran tomarles muestras los del equipo de la policía científica.

Por otra parte, otro equipo de cuatro agentes más habían comenzado a hacer el registro.

Lo ideal hubiera sido contar con más efectivos para llevar dicha tarea a cabo y la toma de muestras en menos tiempo, pero tratándose de una comisaría relativamente pequeña, era de lo que podían disponer en aquel instante.

Blasco y Markcusen chequeaban que estuvieran todos los miembros del personal. En caso de no ser así, debían averiguar inmediatamente el motivo de la ausencia y dónde podían localizarlos para mandar a una unidad a buscarlos.

El factor sorpresa en este caso era fundamental. Si el asesino se encontraba todavía entre aquellas cuatro paredes, no podían dejarle margen de maniobra, puesto que podía escapar y desaparecer para no ser visto nunca más. Debían ser ágiles, a la vez que cautelosos para no cometer errores.

Todo parecía ir dentro de lo esperado, hasta que uno de los agentes que estaba haciendo el registro de unas dependencias de la casa detectó un movimiento extraño a su espalda.

Fue algo sutil, pero que reclamó su atención.

Quizá fue su instinto o el entrenamiento en las fuerzas del orden lo que le invitó a no pasarlo por alto.

Salió de la habitación en la que se encontraba y vio como un hombre de baja estatura intentaba escabullirse por la escalera de servicio de la parte trasera de la casa.

El policía dejó lo que estaba haciendo y, con movimientos medidos y calculados, siguió al hombre a poca distancia.

La forma en la que se movía y miraba hacia todos lados despertó sus sospechas.

Portaba una bolsa de mano de pequeño tamaño.

Cuando estuvo suficientemente cerca y constató que estaba preparándose para huir, le dio el alto y el hombre se llevó la bolsa al pecho.

Se quedó momentáneamente paralizado. En su cara se leía el nerviosismo que le producía aquella situación.

—Identificación, por favor —solicitó el policía.

—Yo no he hecho nada —dijo el hombre, aferrando con fuerza la bolsa.

—Levante las manos, señor —le pidió ahora, al ver que el hombre no respondía tal y como esperaba.

—No he hecho nada —insistió. El miedo se reflejaba en su rostro de manera nítida.

El agente decidió avisar por la radio para que fuera algún compañero más. Quería tener bajo control la situación y prefería no arriesgarse.

—No, por favor —rogó el hombre—, no llame a nadie más. Solo quiero irme de aquí. Le juro que yo no he hecho nada. Tengo una familia que cuidar y proteger. No quiero problemas.

—¿Qué lleva en la bolsa, señor?

—Nada. No es nada importante.

Comenzó a dar pasos otra vez sin perder de vista al policía. Sus movimientos eran lentos, como si pensase que así el agente no iba a darse cuenta de sus intenciones.

—No dé ni un solo paso más, señor. Necesito que me enseñe lo que lleva en las manos y me muestre su identificación.

Lo mejor será que hagamos esto de manera sencilla.

Suelte la bolsa, empújela con su pie hacia mí y ponga los brazos en alto.

Si no ha hecho nada malo y no tiene nada que esconder, entonces no hay de qué preocuparse.

En ese preciso instante, llegaron dos agentes más. La tensión crecía por momentos. Se apreciaba cada vez más el nerviosismo en el hombre, algo que apreciaron con claridad los policías.

—Señor, suelte la bolsa —insistió el primer agente con voz firme pero serena—. No haga ninguna tontería. Cuanto antes acabemos con esto será mejor para todos. Levante las manos y nos aproximaremos a usted despacio.

El aviso llegó a Blasco y Marckusen, los cuales se encontraban en el salón con los de la científica observando a los miembros del personal que acudían poco a poco. Tom Beckett acababa de unírseles, mientras los Banks aguardaban en la galería que daba al jardín.

Al escuchar el aviso, los dos policías al cargo de la investigación y el detective acudieron a la ubicación en la que se encontraba el conflicto. Según habían entendido, uno de los empleados había sido interceptado mientras trataba de huir de la casa.

Tal vez hubieran atrapado a su asesino.

Sería un gran golpe de suerte, sin lugar a dudas.