39 Orden
P or fortuna, el juez Hamilton se avino a lo que le solicitaba el capitán de la policía de Carmel y obtuvieron la orden en menos de una hora. Blasco llamó a Tom Beckett para comunicarle las buenas noticias y para decirle que estaban de camino hacia la casa de los Banks.
—Confío en que hayas cumplido tu parte.
—Por supuesto. Estoy en la casa aguardando vuestra llegada. He aprovechado para poner al día al matrimonio. Les he pedido también que actúen con normalidad. No quiero que se comporten de manera anómala y, si está aquí el responsable, pueda sospechar algo.
—Bien hecho —alabó el policía.
—Cuando les he comentado nuestras pesquisas, enseguida han mostrado cierta suspicacia por un miembro del personal de la casa. Su nombre es Franz Deacon. ¿Te suena de algo ese nombre?
—No, en absoluto.
—Lo suponía. No obstante, ¿te pareció que el día que vinisteis a recoger pruebas en el dormitorio del niño alguien mostrase más interés de lo debido?
Blasco se quedó pensativo. Aprovechó para preguntarle a su compañero, ya que iban juntos en el coche en aquel preciso instante. Tom no escuchaba con claridad lo que decía Marckusen. Esperaba que, no tardando mucho, su interlocutor le pusiera al tanto de su conversación.
—Eddy dice que había un tipo un tanto extraño. No le dieron importancia porque, según comenta, daba la impresión de ser un poco lento.
—¿Lento?
—Ya sabes, corto de entendederas.
—Lo pillo. ¿Y qué sucedió?
—Yo no lo recordaba, la verdad. Pero estuvo merodeando por el dormitorio del niño. No obstante, no preguntó nada al respecto, solo se mostraba servicial con nosotros, ofreciendo su ayuda y preguntando si podía servirnos alguna bebida o cualquier otra cosa.
—Cuando lleguéis podremos comprobar si es el mismo al que se refiere la familia.
—Sí, eso desde luego será sencillo.
—Estamos a tan solo unos pocos minutos. Asegúrate de que no sale nadie de la casa en lo que llegamos.
—En ello estoy, aunque no es fácil. Este lugar es demasiado grande.
No querían que nadie del personal supiese nada antes de que llegasen los policías. La idea era que todo siguiese igual que siempre para que a ningún miembro del servicio se le ocurriese hacer alguna tontería.
Enseguida, Blasco y Marckusen llegaron a su destino, seguidos de varias patrullas de policía y un equipo de la científica que sería el encargado de recoger las muestras de ADN para su análisis y comparación posterior.
Mostraron a los señores Banks la orden firmada por el juez, en la que no solo se autorizaba a tomar dichas muestras, sino a proceder a un registro exhaustivo de todas las dependencias de la propiedad, no únicamente la vivienda principal.
De ese modo, se aseguraban que no hubiera reticencias al respecto.
Lo que no esperaban los padres del crío era que ellos estuvieran incluidos en el proceso.
—Señor Beckett, esto es un atropello y no nos sentimos cómodos —le espetó enfadado Gregory Banks—. Creo que voy a tener que hacer unas llamadas para detener este abuso.
El detective le miró confuso y decepcionado.
—No entiendo su reacción, la verdad —contestó el investigador con un tono que dejaba clara su opinión—.
El único objetivo es atrapar al asesino de su hijo.
Si cree que estamos buscando otra cosa, allá usted pero, permítame que se lo diga, su forma de responder da a entender que tiene algo que ocultar.
El empresario le miró con una expresión de rabia. La ira centellaba en sus ojos. Beckett pensó que iba a replicar, pero se equivocó. Eso le dio pie a seguir hablando a él.
—Sinceramente, me da igual si está detrás de alguna malversación de fondos de cualquier tipo, si sus negocios no están en regla o lo que sea.
Vamos a hacer nuestro trabajo. Llevo días sin apenas dormir y dejándome la espalda en esta investigación.
Debería ser usted quien tuviera más interés que yo en localizar al asesino de Harry.
—Gregory, deja que hagan su trabajo —ordenó Agatha Banks. Su tono era firme. Hasta ese momento, Tom no la había visto hablar con semejante aplomo. Estaba claro que no se iba a dejar convencer.
—Querida, no deberías meterte en esto. Déjame que resuelva este embrollo, tal y como siempre hago —replicó con aspereza.
—No, Greg, esta vez no. No te voy a dejar que te interpongas al trabajo de la policía. Te juro que si haces esa llamada, yo misma te mataré con mis propias manos.
Aquella respuesta dejó al empresario fuera de juego. Los ojos de su mujer no contradecían lo que acababa de afirmar, sino todo lo contrario. Estaba decidida a hacer lo que fuera necesario.
Nunca subestimes a una madre, en especial si está desesperada.
Poco importaba ya cómo continuase aquella conversación, debido a que los policías ya habían comenzado a hacer lo que correspondía. Se habían repartido por la propiedad de manera ágil con el único propósito de culminar su faena con éxito.
La primera sorpresa no tardaría en producirse.