38 Prisas
E l tiempo parecía correr en contra. Era esa la percepción que tenían tanto Blasco como Tom Beckett.
Intuían que, si el asesino efectivamente era uno de los empleados de la casa de los Banks, era más que probable que estuviera planeando ya su huida.
Sin embargo, había algo que parecía bastante evidente basándose en los dos asesinatos anteriores: no se iba demasiado lejos ni tampoco abandonaba a sus empleadores demasiado pronto.
El hombre al que buscaban permanecía en la zona preparando el terreno hasta que tuviera elegida su siguiente víctima.
Necesitaría tiempo para conseguir trabajo en la casa de la familia del chico elegido.
No solo eso, debería ganarse su confianza hasta el punto de que, cuando el crío desapareciese de la vivienda, los padres no sospecharan de él.
Seguramente se encontraban ante un hombre, no solo muy inteligente, sino también con unas más que considerables habilidades sociales.
Por si eso fuera poco, era una persona que conseguía no llamar la atención en exceso, lo que constituía todo un arte si se consideraban todos los elementos en su conjunto.
Blasco tenía ante sí la difícil tarea de convencer al capitán Button de la imperiosa necesidad de que solicitase esa orden para incautar ADN de todos los miembros del personal de la casa de los Banks.
Para ello, antes tendría que explicarle a su compañero Marckusen cómo había llegado a esa conclusión y por qué motivo le había excluido de las pesquisas que había llevado a sus espaldas y en connivencia con el detective privado.
No había una forma fácil de decirlo, puesto que sabía a la perfección que se iba a molestar por todo ello.
Pero lo que más le preocupaba era cómo darle la información al capitán sin que este tuviese ni la menor idea de que Tom Beckett estaba detrás de ello.
Convencer a Marckusen de que le cubriese en aquella misión suicida estaba casi fuera de las posibilidades esperables, pero no por ello iba a dejar de intentarlo.
—Se supone que ambos llevamos esta investigación y me has dejado al margen deliberadamente. Es más, te has esmerado para mantenerme investigando cosas distintas a las que estabais siguiendo vosotros. Te has pasado de la raya, Jim.
—Sí, tienes razón —asevero compungido—, pero entenderás que tiene lógica.
Es absurdo que todos hiciésemos exactamente lo mismo.
Hemos explorado diferentes frentes y descartado teorías y posibles sospechosos gracias a ello.
Sería una enorme pérdida de recursos que no nos comunicáramos y que estuviéramos haciendo el mismo trabajo él y nosotros —observó, remarcando con el dedo índice sus palabras dado golpecitos sobre la mesa—.
Beckett nos ha servido en la sombra para avanzar.
Date cuenta de que ni los Blake ni los Reig quieren saber nada de la policía después de lo que les sucedió a sus hijos y de que no se encontrara al responsable que mató a sus pequeños.
Tom nos ha servido para llegar a territorio que teníamos vetado, aunque ni tú ni yo participásemos en aquellas investigaciones.
Simplemente por ser policías, no habrían querido hablar con nosotros.
—No vas a convencerme, ¿sabes? Has sido totalmente desleal y eso no se le hace a un compañero. Deberías estar avergonzado y lo sabes.
El enfado de su compañero era evidente. Tendría que andarse con pies de plomo y ser muy cauto en su forma de hablar. No le convenía que Marckusen se cabreara más de lo debido si pretendía que su objetivo llegase a buen puerto.
—Tú dijiste que no te fiabas de él y yo, por el contrario, he preferido confiar —continuó Blasco obviando, en parte, las últimas palabras de su compañero—.
Pues resulta que puede ser que al final yo tuviera razón, ya que nos ha traído resultados.
Al menos, puedes reconocerme eso. Ahora somos nosotros los que tenemos la pelota en nuestro tejado y los que podemos avanzar en una dirección que bien podría ser la correcta.
Demos un paso adelante y luego enfádate conmigo todo lo que quieras, Eddy.
—Te ha estado utilizando, que no es igual. Pero está claro que no lo ves. Te has convertido en su medio para acceder a los recursos que no tiene. Enhorabuena por ser tan ingenuo y todavía creer que sois un equipo —concluyó, entrecomillando la última palabra con los dedos.
Blasco respiró hondo.
Tenía que encontrar la forma de avanzar.
—Míralo como quieras, pero aquí solo hay una cosa que importa y es atrapar a ese maldito asesino de niños.
No deberíamos estar discutiendo ahora mismo.
No tengo intención de quedarme con el mérito, si es lo que piensas.
Solo quiero que nos pongamos en marcha y hagamos algo útil. Te lo pido por favor, Eddy.
Blasco notaba como su frustración iba creciendo. Le parecía ridículo que estuvieran discutiendo aquello en ese instante. Ya habría tiempo. Ahora había otras cosas que corrían prisa.
—Hagamos un trato, ¿vale Eddy? —propuso a continuación—.
Cuando atrapemos al asesino, te prometo que haré lo que me pidas.
Si quieres que firme un escrito diciendo que yo no he sido responsable de ninguno de los hallazgos que consigamos, lo haré.
Si quieres cambiar de compañero, no pondré impedimentos.
Si necesitas que diga delante de todos los periodistas de Carmel que eres el mejor policía que conozco, también lo haré.
En serio, me da igual lo que me pidas. Solo dímelo y lo dejamos por escrito si es necesario.
Pero, por favor, confía en mí en esto y ayúdame a convencer al capitán para que solicite esa orden.
—¿Quién te crees que soy, Jim? A mí también me gusta hacer mi trabajo y meter a esos hijos de puta fuera de la ley entre rejas. Pero quiero que me cuentes las cosas y no me dejes al margen. Espero que esta sea la última vez.
—Por mí, no hay problema.
—Ya me puedes invitar a cervezas durante un mes porque no me voy a ir de la lengua con Button —dijo su compañero, rebajando esta vez el tono bronco de la conversación.
—Lo que sea —claudicó Jim Blasco, ya más relajado.
—Vamos a convencer al cenutrio de nuestro jefe.
Jim Blasco sonrió entonces.
Por fin, se ponían en marcha.