36 Salinas
F inalmente, Blasco no pudo escaparse para acompañar a Beckett a Salinas a ver a la familia de William Blake.
Tenía que acudir, junto con Marckusen, a ver al forense para que este les pusiera al tanto de sus conclusiones.
A pesar de que ya estaba conocía la nueva información, gracias a lo que le había contado el detective, no podía eludir esa cita, pues era una pieza clave en el procedimiento y podía hacer que el capitán se hiciera preguntas, algo que no le interesaba.
El doctor Parker le explicaría de primera mano sus hallazgos, no solo la teoría de que el asesino se había llevado un diente de leche, sino también la sustancia que coincidía con el análisis de aquel polvo negro encontrado en el cuerpo de Harry Banks, información que había obtenido del laboratorio.
El forense era un hombre curioso y le gustaba conocer todos los datos que estuvieran a su alcance con relación a los cuerpos que llegaban a su sala.
Pero no era mera curiosidad, sino que sentía que necesitaba conocer las circunstancias en las que aquellas personas perdieron su vida como una forma de profesarles cierto respeto.
Tom confiaba en que Allan hubiera tenido tiempo de hablar con los forenses que realizaron las autopsias de Daniel Reig y William Blake.
Deseaba que sirviera para certificar que, aquella corazonada que les decía que el asesino se llevaba una pieza dental de sus víctimas, tenía una base sólida.
Procuraría hablar con él de forma discreta.
Por mucho que confiase en su compañero, lo sucedido con la filtración a la prensa de la teoría que esgrimió el detective recientemente había hecho que sintiera cierta suspicacia.
Le interesaba también conocer el análisis profundo de las autopsias y compararlos con el de la realizada a Harry Banks. Tal vez hallasen coincidencias significativas que conectasen los tres crímenes de forma que la policía no pudiera obviar dicha circunstancia.
Por su parte, en su viaje a Salinas, Tom tuvo la sensación de vivir un Dèjá vu , ya que al llegar a los alrededores de la casa de los Blake, sintió que las mansiones guardaban muchas semejanzas entre sí.
Una vez más, se trataba de una familia pudiente que no se dolía en gritar a los cuatro vientos su nivel adquisitivo.
Los espléndidos jardines que precedían a la llegada a la entrada de cada una de las mansiones no dejaban de asombrarle.
Le encantaba la naturaleza y veía un gusto exquisito en el paisajismo de aquellas parcelas.
De nuevo, el detective privado dejó su vehículo en las proximidades de la entrada de la casa.
No quería acceder con su coche al interior de los límites de la casa.
No tenía un motivo concreto, pero por alguna razón, Tom siempre creía que era mejor dejar las menos impresiones posibles acerca de su persona.
Pensaba que cualquiera de nuestras posesiones habla alto y claro de nosotros y no le apetecía ofrecer información extra que no fuera necesaria.
Después de negociar durante varios minutos con la persona que atendió el telefonillo de la vivienda, logró que accedieran a que pasara al interior. Tuvo la impresión de que no iba a ser una conversación fácil, pero estaba preparado para una recepción hostil.
Cuando entró por fin en la casa, mostró su identificación y volvió a explicar nuevamente el motivo de su visita. En su visión periférica, detectó la presencia de una mujer joven, muy delgada, que escuchaba con atención desde una estancia aledaña.
Inmediatamente después, se presentó William Blake, el padre del niño asesinado del mismo nombre. Tom supuso que, antes de hacer acto de presencia y decidir si atenderlo o no, quiso observar y estudiar al detective mientras hablaba con el personal de la casa.
Supuso que había pasado el examen preliminar. No obstante, por la forma en la que le miraba, le quedó claro que desconfiaba de él.
—Detective Tom Beckett soy William Blake —se presentó, estrechándole la mano—. Me pilla en casa de milagro, puesto que soy un hombre bastante ocupado. De hecho, estaba a punto de irme. Siento que se haya molestado en venir hasta aquí, pero no creo que tengamos nada que hablar con usted.
En ese instante, el investigador dirigió su mirada a la derecha, donde se encontraba Anna Blake, la madre del niño.
Buscó su complicidad, suponiendo que ella sí querría saber por qué motivo había acudido a su casa para conversar con ellos.
El marido, que no había percibido su presencia, se acercó a ella y la tomó de la cintura.
—Anna, querida, será mejor que salgas al jardín a tomar un poco el fresco. Hace un día maravilloso.
Ella se zafó del agarre de su marido.
—Estoy harta de que me trates como si fuera débil y necesitara tu protección.
Puedo tomar mis propias decisiones, por si no te habías dado cuenta, Will.
Quiero hablar con este hombre. No sabemos si puede ser de ayuda de algún modo.
Tú puedes irte cuando quieras. —Le desafió.
La tensión entre el matrimonio se hizo evidente.
Sin lugar a dudas, el duelo por el fallecimiento de un hijo es una prueba ardua que muchas parejas no superan.
A pesar de que había pasado un año desde el asesinato del niño, el dolor seguía vivo.
A Beckett la situación le resultó incómoda, pero no pensaba dar su brazo a torcer, en especial después de haber comprobado que ella sí tenía interés en compartir información con él. Debía aprovechar cualquier oportunidad que se pusiera en su camino.
—Anna, por favor, te ha dicho el médico… —comenzó a decirle en voz baja William. Pero la mujer le interrumpió antes de que terminara su frase.
—Ya te he dicho que soy mayorcita para tomar mis propias decisiones —expresó con firmeza. No había ni el menor atisbo de duda en sus palabras.
—No tengo previsto robarles mucho tiempo, se lo aseguro —comentó el detective, en parte con la intención de rebajar la tensión que se palpaba en el ambiente en ese instante.
—El que sea necesario, señor Beckett —respondió ella, mostrando una firmeza que posiblemente estaba lejos de sentir.
Era cierto que Tom no quería que aquella conversación se alargase inútilmente. Solo pretendía obtener la mayor cantidad posible de información en poco tiempo, puesto que no perseguía remover el dolor de esa familia.
Salieron al porche, el cual estaba acristalado. Allí les sirvieron el té y el investigador esperó con prudencia a que se quedasen los tres solos, ya que William Blake finalmente decidió quedarse para tratar de controlar los términos de aquella conversación.
Tom Beckett les contó someramente lo que estaba investigando y el motivo principal que le había conducido hasta ellos.
Ambos le escuchaban con total atención. Las semejanzas entre los asesinatos de los pequeños les dejaron perplejos.
El simple hecho de que cada uno de los tres niños hubiera sido asesinado el mismo día en distintos años hacía pensar en un aniversario.
—¿Está insinuando que los distintos casos están relacionados? —preguntó con incredulidad el señor Blake—. En ningún momento nos han dicho nada parecido a eso.
—Lo que estoy diciendo es que estoy explorando todas las posibilidades y vías de investigación que están disponibles.
Al hacerlo, he encontrado ciertas coincidencias con la trágica muerte de su hijo y la del hijo de los Banks.
Por ello, no quiero dejar de investigar cualquier aspecto que pueda serme de utilidad.
—Pregunte lo que necesite —se adelantó a solicitar Anna Blake, antes de que su marido intentase vetar nuevamente la conversación.
Bajo su apariencia frágil, remarcada por unos pómulos hundidos debido a su extremada delgadez, se rebelaba una mujer con arrojo y decisión para tomar sus propias decisiones.
Al detective le gustaba que fuese así. En demasiadas ocasiones había encontrado con maridos demasiado dominantes que se creían con la capacidad de decidir por los dos, sin preguntarles su opinión a sus esposas.
—Les adelanto que es posible que les sorprenda alguna de mis preguntas.
—Deje que eso lo decidamos nosotros —avisó la madre del niño.
—Por supuesto. —Beckett estudió la expresión de la mujer.
Entendía sus ganas de saber, pero temía que lo que iba a preguntarle la alterase y le generase más dudas y preocupaciones de las necesarias—.
En primer lugar, quisiera saber cuántos dientes de leche había perdido William antes de su fallecimiento.
Efectivamente, la sorpresa se reflejó en el rostro de los padres. Seguramente, aquello estaba muy lejos de lo que esperaban escuchar.
—No había perdido ninguno. El pediatra nos dijo que, a pesar de su edad, entraba dentro de lo normal —informó Anna, procurando sonar tranquila, aunque quedaba bastante claro que la cuestión la había alterado ligeramente.
—Y cuando les entregaron el cuerpo, ¿detectaron si le faltaba alguna pieza dental? ¿Tal vez el forense les hizo alguna mención al respecto?
—No pudimos apreciarlo. Nuestro pequeño tenía la boca cerrada.
—Comprendo.
Era lo esperado. Cuando se mostraba el cuerpo a los familiares, se procuraba que lo vieran en las mejores condiciones posibles.
Tom se quedó pensativo. Esperaba que ese dato estuviera recogido en el informe del médico, aunque no las tenía todas consigo.
—¿Eso es todo, detective? —preguntó William Blake, tal vez con la esperanza de que ya hubieran terminado y pudiesen continuar con su rutina del día.
—En realidad no. Me interesaría saber si, poco después de lo sucedido con su hijo, alguien del servicio se despidió. Quizá algún empleado abandonó su trabajo de forma inesperada.
Los dos se miraron a los ojos.
—Lo cierto es que sí. Nos sorprendió que uno de nuestros empleados del hogar se marchara sin más, pero no fue cuando asesinaron a William, fue después.
Se ocupaba principalmente del cuidado de los jardines, pero debido a que era uno hombre habilidoso, se encargaba de más cosas.
No establecimos ninguna relación entre un suceso y el otro.
—¿Cuánto tiempo después? Sé que no es fácil decirlo, pero, por el momento, me valdría con una fecha aproximada.
—Fue un mes después exactamente —explicó la señora Blake—.
Ni siquiera nos dio un preaviso, algo que nos extrañó, ya que era un gran trabajador y muy cumplidor.
Además, teníamos buena relación con él. Intentamos que las personas que trabajan en la casa se sientan cómodas, no sé si comprende a qué me refiero.
—Sí, me hago una idea —respondió Tom.
—De pronto, una mañana descubrimos que había recogido sus cosas y se había marchado. Así, sin más.
El detective sintió que aquello empezaba ser demasiada casualidad.
Todavía no le había preguntado a los Banks si, en su caso, alguien del personal había dejado su puesto de trabajo de manera abrupta e inesperada, aunque el asesinato de su hijo era muy reciente y, según había apreciado por la información de las otras dos familias, esto sucedió varias semanas después del suceso.
—Necesitaría que me facilitasen todos los datos que tengan de él, así como del personal que trabajaba en la casa en aquel momento —les solicitó.
Anna Blake se llevó la mano a la boca.
Algo le vino a la mente que le heló el pulso.