Su último aliento 35 Sufrir
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35 Sufrir

L o peor de todo era el frío. Sentía mi piel congelada.

Estaba convencido de que se había metido incluso en mis huesos, porque me sentía helado de fuera hacia adentro y de adentro hacia fuera.

También estaba el miedo. Un miedo grande y poderoso.

Como un gigante monstruoso que me amenazaba desde cada rincón.

Era como si lo ocupara todo. Me hacía temblar casi tanto como el mismo frío.

Y había más cosas que me hacían sufrir.

No saber.

Eso era muy duro.

La incertidumbre acerca de lo que iba a sucederme.

Imaginar mil cosas, a cual más horrible.

Permanecer a oscuras era terrorífico, a pesar de que mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra.

La espera interminable resultaba horrible.

Y, por supuesto, la soledad. Estar seguro de que nadie podía ayudarme y que tendría que enfrentarme a ello solo.

Echaba tanto de menos la seguridad de mi hogar.

La cadena se sentía helada en el tobillo.

Me daba escalofríos. Cuando escuchaba ruidos, quería salir corriendo y no podía.

Me acurrucaba en un rincón, abrazando mis rodillas, haciéndome más y más pequeño, como si así pudiera desaparecer de la vista de lo que acechase en la oscuridad.

Estaba atrapado y solo se me ocurría llamar a mi madre inútilmente.

Ella nunca acudía. No podía hacerlo, porque no tenía ni la menor idea de dónde me encontraba.

Y estaba tan cerca…

Solo después lo supe.

Cuando mi alma escapó de mi cuerpo pude ver todo con claridad.

Mientras me encontraba allí, no podía ni imaginarlo.

Si solo hubiesen intuido en qué lugar estaba, no les habría costado nada encontrarme. Seguro que me habrían oído gritar. Pero no se les ocurrió buscarme allí. No pensaron que podía estar a tan poca distancia de nuestra casa.

Resulta tan cruel pensar en ello.

Tan cerca pero, a la vez, tan lejos.

Cuando me llevó a la playa, ya no me quedaban fuerzas para gritar.

Sentía que mi energía se había agotado. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Nunca volvería a mi hogar. Nunca jamás regresaría a casa, ese lugar que contemplaba en el preciso instante en el que exhalaba mi último aliento.

Por un instante, incluso me pareció ver a alguien en la ventana de mi cuarto.

¿Sería mi madre? No, no era probable. A esa hora se encontraría durmiendo.

Los haces luminosos de los primeros rayos de sol del amanecer me cegaron por un instante.

Su calor me templó el rostro antes de que el frío de la muerte congelara mi piel para siempre.

Nunca tendría la oportunidad de crecer, de viajar con amigos, de tener novia ni mi propia familia.

No me merecía todo ese sufrimiento. Era tan solo un niño.

Un niño pequeño de tan solo siete años. No había tenido tiempo prácticamente de nada.

Supongo que mi destino estaba escrito. O tal vez no, pero alguien diabólico lleno de maldad decidió intervenir en él.

Justo antes de sentir el frío acero rajando mi cuello, miré por última vez a esos ojos que tan bien conocía.