34 Familias
L o primero que hizo nada más salir de la casa fue llamar a Blasco.
Se lo había prometido y debía cumplir con su palabra.
Sería deshonesto no hacerlo. Habían acordado confiar el uno en el otro y no pensaba ser él quien incumpliese el trato.
Si exigía lealtad y confianza, lo menos que podía hacer era pagar con la misma moneda.
—Blasco —respondió al segundo tono. O no tenía grabado el número de Tom Beckett o no había mirado la pantalla del móvil para saber quién le llamaba.
—Soy Tom. Acabo de hablar con la madre de Daniel Reig. Ha sido una conversación corta, puesto que no quería incomodarla demasiado. Pero creo que puede que me haya contado algo interesante.
¿Se estaba aferrando a un clavo ardiendo? Quizá, pero no por ello iba a dejar de investigarlo. Mientras hablaba con ella, se le había ocurrido que, tal vez, alguien del servicio hubiera trabajado con las tres familias. Si fuera así, eso explicaría muchas cosas.
—Pues no me tengas más en ascuas. ¿Qué has averiguado?
—No sé si se puede decir que he averiguado algo realmente, pero me ha llamado la atención que uno de los trabajadores de la casa abandonase su puesto de trabajo tres semanas después de que encontrasen el cadáver del niño.
Se fue sin avisar y sin despedirse. Teniendo en cuenta que el niño desapareció en mitad de la noche de su cuarto, como en el caso de Harry Banks, cabe la posibilidad de que ese hombre misterioso supiera algo acerca de lo sucedido.
Esa era una opción plausible. Quizá el miedo había provocado que dejara su puesto de trabajo de forma apresurada.
—¿Te ha dado su nombre? Porque si lo tienes, puedo empezar a buscar información sobre él.
Si consigo su dirección, algo que no creo que sea demasiado difícil, podemos hacerle una visita.
Eso sí, esta vez los dos. Ya sé que estás acostumbrado a hacer la guerra por tu parte, pero habíamos acordado trabajar en equipo, ¿lo pillas?
—No lo he olvidado. Simplemente no quería perder tiempo.
De hecho, pretendo ir antes de que se haga demasiado tarde a visitar a la otra familia.
He pensado que, quizá, hablen más tranquilos si no está un poli delante.
Debo confesarte que la madre de Daniel Reig no os tiene demasiado aprecio, así que intuyo que, si hubieras venido conmigo, nos habría echado a patadas de su casa.
—Te lo paso por esta vez, pero mejor que no vuelva a repetirse. De lo contrario, Tom, me pensaré mucho pasarte información. Por si lo has olvidado, yo me juego mi trabajo —le recriminó.
—Tienes razón.
—Por cierto, yo también he descubierto algo que te puede interesar.
—Desembucha —soltó el detective con verdadero interés.
—Creo que hemos dado con el hombre que molestó a la señora Banks un par de años atrás.
Se trata de Carl Smith, uno de los nombres que te dio Timothy Render.
Cuando hemos ido a visitarle, se ha derrumbado delante nuestro como un crío.
Verdaderamente, por lo que nos ha contado, ese hombre lo perdió todo.
Al quedarse sin trabajo, comenzaron los problemas económicos como ya te imaginarás.
Las discusiones familiares, el alcohol y todo lo demás fue otra consecuencia más del estrés que le generó la situación.
Su mujer se marchó con los críos y, ante la desesperación y la frustración que sentía, no se le ocurrió otra feliz idea que ir a molestar a Agatha Banks y su hijo.
—Desde luego no fue una buena ocurrencia.
—No lo fue, pero lo cierto es que se libró de las consecuencias que algo así podía haberle supuesto. Al menos tuvo un poco de suerte.
Desde luego, las circunstancias de la vida nos hacen tomar decisiones terribles en ocasiones.
—Y eso me recuerda que no te he contado algo más que me ha dicho Allan esta mañana —prosiguió Tom Beckett.
—¿El forense?
—El mismo.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó esta vez desconcertado por el hecho de que hubiera obtenido el detective antes la información del patólogo que la policía.
—Ha descubierto que el asesino se llevó un diente de leche de Harry Banks. En realidad, no me lo ha dicho con total certeza, pero sospechamos que es así.
Se hizo el silencio por un instante. Posiblemente, el policía estaba calibrando la importancia que podía implicar ese dato.
—Se lleva un recuerdo de sus víctimas —recalcó cuando por fin habló. Beckett se dio cuenta con esas palabras de que ambos estaban en la misma onda. De manera inconsciente, Blasco había hablado ya de víctimas en plural.
—Le he pedido que se ponga en contacto con los forenses que hicieron la autopsia de los otros dos críos por si se recogió algo relacionado con la dentadura de los pequeños.
Por el momento, hoy ya le he preguntado a la madre de Daniel Reig cuántos dientes de leche se le habían caído y me ha dicho con total seguridad que fueron tres.
Si le faltaba alguno más cuando encontraron su cuerpo, cabe la posibilidad de que el asesino se lo llevara.
—Y tendríamos otro aspecto más que conectaría a las víctimas.
—Exacto.
—Sé que posiblemente suene mal lo que te voy a decir, pero sería algo muy bueno para nosotros si estáis en lo cierto.
Probablemente no quería sonar insensible. Lo cierto era que Tom comprendió perfectamente lo que trataba de decir. Si el asesino se llevaba un souvenir de sus víctimas, lo consecuente era pensar que los guardaba.
Y si los hallaban, lo encontrarían a él.