32 Indagaciones
T om no paraba de darle vueltas al hecho de que al pequeño Harry Banks le faltase un diente.
Si estaban en lo cierto y aquel asesino había matado a más niños, puede que coleccionase piezas dentales de todos ellos.
Tal vez fueran otros objetos, pero estaba bastante seguro de que no había sido la primera vez, de igual manera que estaba convencido de que no era su primer crimen ni de lejos.
El asesino se quedaba con un souvenir de sus víctimas.
Y ese hecho daba miedo por lo que implicaba.
Al detective se le puso la carne de gallina al pensarlo.
Desde luego, era bastante inteligente, puesto que no se llevaba nada evidente.
Ese dato podría pasar desapercibido. Con la edad que tenían los niños, era fácil dar por sentado que les faltase alguna pieza, puesto que estaban en la edad de cambiar los dientes de leche por los definitivos.
Ese mismo día, planeaba hablar con la familia de los otros dos críos asesinados, aunque no estaba seguro de que tuviera tiempo para todo.
Lo intentaría. Necesitaba sentir que avanzaba en la investigación.
Habían pasado ya demasiadas jornadas y no tenían un sospechoso.
Eso le frustraba y le hacía sentir un farsante.
La familia del niño confiaba en él y, por el momento, no estaba cumpliendo con sus expectativas.
Revisó la información que le había facilitado Blasco. Tenía dos nombres: Daniel Reig, en Santa Cruz, y William Blake, en Salinas. No había avisado previamente y sabía que cabía la posibilidad de que no le recibieran, pero debía intentarlo.
Introdujo en el GPS la dirección de los Reig y se dirigió hacia allí.
El día estaba despejado. Conducir en esas condiciones le resultaba relajante.
Encendió la radio del coche buscando alguna emisora de música clásica.
Cada vez resultaba más complicado encontrar una, pero a él le calmaba escucharla, sobre todo cuando se notaba agitado por algún motivo.
Necesitaba aplacar sus nervios y sentirse sereno antes de conversar con esas familias.
Era preciso poderles transmitir confianza, que no le vieran como una amenaza ni como alguien que estaba allí para remover su dolor, sino como una persona decidida a apresar por fin al responsable de la muerte de sus hijos.
Una vez aparcó cerca de la casa de los Reig, le escribió un mensaje a Blasco para comunicarle sus intenciones.
En el mismo mensaje, le comentó que le informaría en cuanto terminase la conversación con la familia.
Sopesó la posibilidad de que el policía se sintiese molesto por no haber podido estar allí él mismo, pero esperaba que entendiese la premura y la necesidad de abordar esto cuanto antes.
Recibió un mensaje en su móvil.
—Deberías haberme avisado. Se supone que somos un equipo.
Efectivamente, Blasco se había molestado.
—Te llamo cuando termine y lo hablamos —respondió. Una vez hecho, bloqueó su teléfono y lo guardó en su bolsillo.
Bajó del coche. La casa de la familia no dejaba lugar a dudas acerca del nivel económico en el que se movían.
Parecía que ese aspecto también era importante para el asesino.
Los tres niños eran hijos de padres pudientes y, aun así, no pedía dinero por su rescate.
¿Por qué, entonces, era relevante la posición social?
Respondió al interfono alguien del servicio. Tom Beckett se presentó y comentó brevemente sus motivos para estar allí. Tuvo que esperar varios minutos antes de que regresaran y le dijeran que podía pasar.
Le abrieron la verja y se adentró caminando por unos jardines de una belleza singular. El aroma de las plantas invadió sus fosas nasales regalándole un momento inigualable. Era todo un placer poder respirar esa fragancia. «Todo un lujo vivir rodeados de la exhuberancia de la naturaleza», pensó.
Cuando llegó hasta la puerta, un hombre vestido con un traje negro y camisa blanca le aguardaba. Tenía un porte distinguido. Posiblemente sus años de servicio en la casa le habían hecho adoptar esas maneras elegantes y educadas.
Le recibió de manera cordial y le invitó a pasar al salón, donde en breves minutos se reuniría con la señora de la casa.
Le ofreció algo para beber y aceptó un té con limón.
Tom observó la estancia con atención. Todo allí rezumaba dinero y poder.
Figuras de delicada cerámica, lámparas de cristales nobles, muebles de madera maciza y sofás de cuero de primera calidad.
En diferentes marcos de fotos, se veía al dueño de la casa con distintas personalidades de la zona.
También apreció que sobre la chimenea había variados marcos con imágenes del pequeño Daniel.
Se le veía radiante y feliz, lleno de energía.
—Ese que ve en las fotografías era mi pequeñín —dijo una voz a su espalda. Se giró despacio. No quería parecer brusco.
—Señora Reig, soy Tom Beckett, el detective privado que está al cargo de la investigación de la muerte del hijo de la familia Banks.
Se fijó en la mujer. Tenía un aspecto frágil, como si hubiese envejecido varios años de repente. Hacía ya dos años del asesinato de su hijo, pero daba la impresión de que el luto se había metido debajo de su piel y se había instalado dentro de ella para siempre.
Superar la muerte de un niño nunca es fácil.
—Sí, es lo que me han dicho. Y por eso le he hecho pasar. No comprendo por qué motivo puede estar interesado usted en hablar con nosotros.
—Si tiene unos minutos, pasaré a explicárselo con todo detalle.