Su último aliento 28 Confiar
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E l encuentro entre el detective y el policía se produjo media hora después de su conversación telefónica.

Acordaron dejar sus teléfonos móviles en sus respectivos vehículos, de modo que así no hubiera posibilidad de que alguien escuchara su conversación.

No creían que se los hubieran hackeado, pero era mejor prevenir.

Quizá estaban siendo demasiado paranoicos, mas necesitaban poder volver a confiar el uno en el otro.

Al principio, se hizo evidente que ambos se sentían incómodos. Un suceso ajeno había instalado una desafiante desconfianza entre los dos. Fuera quien fuera quien había dado información a los medios, lo cierto era que había conseguido un resultado adicional, esperado o no.

Tom Beckett pensó que, si esta vez se daba una mínima filtración a la prensa de lo que dijeran ese día, entonces sería ya una prueba irrefutable de que no podía confiar en el policía.

Tendría que romper de forma radical la comunicación con él.

Esperaba que no fuera así, puesto que era consciente de que ambos saldrían perdiendo, pero posiblemente él mismo el que más.

Se alejaron lo máximo posible de las personas que había por allí.

Necesitaban privacidad y minimizar los riesgos para que nadie escuchase lo que tenían que decir.

El atuendo de los dos llamaba la atención, puesto que resultaba poco apropiado para un paseo junto al mar.

No obstante, aquello no era una preocupación para ninguno de los dos, ya que se encontraban en ese lugar con un objetivo muy claro.

Resultaba demasiado retorcido que alguien estuviera en la playa justo para vigilarles.

—Quiero dejar claro que, si vuelvo a albergar la menor duda de si puedo confiar en ti, no volverás a saber de mí —soltó de forma tajante Tom. Era mejor dejar las cosas claras para evitar nuevos malentendidos en el futuro.

El detective sabía que estaba siendo osado al mostrarse tan directo y cortante.

No tenía la sartén por el mango precisamente, pues era él quien no contaba con el acceso a la información y los recursos a los que podía acceder un miembro de las fuerzas de la ley.

Sin embargo, quería hacerse valer. No en vano, era un investigador audaz e imaginativo que seguramente acabaría por encontrar el modo de llegar al fondo de aquel asunto.

—Ya te he dicho que yo no me he ido de la lengua.

Sería una estupidez por mi parte haberlo hecho antes de tener nada que me condujese a resolver el crimen.

¿Crees que me gusta estar en el candelero?

¿Te he dado la impresión en algún momento de que esté buscando la atención de los focos?

Me parece que no ha sido así. Y tampoco me parece que hayas visto mi nombre escrito en el periódico, ¿no es así?

El investigador privado le mantuvo la mirada sin mostrar expresión alguna. Prefería dejarle hablar por el momento.

—Vale que no confíes en mí, Tom, pero no me trates como a un estúpido.

Además, ¿quién me asegura que no has sido tú el que ha ido con el cuento a los periodistas?

Al fin y al cabo, eres conocido por utilizar medios creativos para llegar a la verdad.

Quizá hayas considerado que la prensa te puede hacer una parte del trabajo.

Igual se te ha pasado por la cabeza que agitar el avispero te podía traer algún beneficio.

No sé, a lo mejor querías poner nervioso al asesino.

—Obviamente, no es el caso, puesto que esto lo único que pude conseguir es que se esconda más en su guarida y nos resulte más complejo averiguar su identidad—. Suspiró. Notó el cansancio que la falta de sueño le había regalado.

—Pues entonces, solo quedaría la posibilidad de que todo lo que me contaste ayer era un invento para dejarnos a los polis en mal lugar y hacernos parecer unos ineptos.

—No digas tonterías. ¿Qué conseguiría yo con eso?

—Para empezar, que tu jefe, el señor Banks, confiase más en ti.

—¿No te das cuenta de lo estúpido que suena eso?

Recuerda que lo primero que ha hecho hoy es llamarme para hacerme conocedor de su descontento— explicó.

Se apretó el puente de la nariz con los dedos de la mano izquierda para relajarse.

Tras una breve pausa, continuó hablando—.

Quien haya ido con el cuento a los medios acaba de complicar más nuestra investigación. No perdamos más el tiempo, ¿de acuerdo?

Ninguno tenía forma de probarle al otro que no habían contactado con los periodistas. Enredarse más con ese tema era absurdo. Ya habían expuesto claramente sus posturas ante aquel desafortunado hecho.

—Me parece bien.

—Es hora de poner las cartas sobre la mesa y exponer lo que tenemos cada uno. Y te diré que me quedé hasta altas horas de la noche, así que no estoy de humor para tonterías.

—Ya somos dos —afirmó para congraciarse con él el policía—. Y como muestra de mi buena intención, te contaré lo que he estado investigando, ¿qué te parece?

—Me parece que es lo justo.

—Bien. Tal y como me pediste, estuve buscando expedientes sin resolver relacionados con niños desaparecidos, en especial en el caso de los que sí se habían encontrado posteriormente los cadáveres.

El margen de edad que puse fue de entre seis y ocho años, puesto que dudo mucho que este asesino se salga de esa horquilla de edad.

Puede que esté equivocado y, si es así, no tengo ni el menor inconveniente en modificar los criterios de búsqueda.

—No, están bien. Coincido contigo en que, si estamos en lo cierto, mostrará interés por un tipo de víctima muy concreto. Niños mucho mayores o más pequeños de esas edades no cuadrarían en absoluto. Seguro que tiene una preferencia clara.

—Eso me pareció. Pues bien, he encontrado varios interesantes, sobre todo porque nos están muy distantes entre sí. No comprendo cómo no cruzamos datos entre los distintos cuerpos de policía. Si así lo hiciéramos, posiblemente se evitarían muertes sin sentido.

—Estoy de acuerdo contigo. Pero las cosas han sido de ese modo desde tiempos inmemoriales y nada cambia. Me temo que va a seguir del mismo modo, salvo que alguien tome las riendas y procure mejorar ese aspecto.

—Así es. En fin… La cuestión es que he localizado otros dos asesinatos que me han resultado verdaderamente interesantes y tengo la corazonada de que son obra del mismo asesino.

—¿A qué te refieres?

—Ahora lo verás.