27 No sentir
S iempre le habían dicho que tenía una personalidad peculiar.
En los últimos tiempos, ya no era tan habitual dicho comentario.
Había aprendido a mimetizarse con el ambiente y a comportarse de una manera socialmente aceptable.
En líneas generales, no le gustaba demasiado la gente.
Le gustaba la soledad y disfrutaba de ella.
No comprendía por qué la mayoría la temían tanto, cuando para él siempre fue un refugio seguro.
A pesar de que no destacaba por sus habilidades sociales, había llegado a ese punto en el que era capaz de caer bien y, aunque no profundizaba en ninguna relación, sí lograba que los demás lo respetasen y, hasta cierta medida, lo apreciasen.
Su hermana Shawna fue quien le ayudó a comprender lo importante que era ser capaz de integrarse en la sociedad. Ella fue siempre su referencia. Le había ayudado en los momentos más decisivos de su vida y, en cierta medida, le debía haberse convertido en la persona que era en la actualidad.
Una cosa que le caracterizaba era el hecho de que observar desde la barrera no era lo suyo.
Le gustaba ser protagonista, y si no se podía, al menos tenía que participar de algún modo.
Proactividad y acción eran sus lemas. Era un firme creyente de que cada uno debe crear sus propias circunstancias.
No puedes esperar a que el destino decida por ti, como si fueras un ser sin voluntad.
Cada persona ha de tomar las riendas de su vida y crear su futuro.
Si esperas a que otros tomen las decisiones en tu lugar o que lo hagan las propias circunstancias del día a día, entonces te conviertes en una embarcación sin timón sometida a las caprichosas mareas y al viento irreverente.
Eres una marioneta de hilos frágiles.
El problema es que, en algunas ocasiones, la vida te atropella sin esperarlo y te encuentras en una situación que no imaginabas y que, por supuesto, no encaja con tus planes.
Cada uno de esos ladrillos que te habías esforzado en poner con primor y esfuerzo, son derribados de forma cruel.
Entonces, sin esperarlo, ves que ese futuro que ya tenía unan forma definida y que se parecía mucho al que habías imaginado, se esfuma para siempre.
En esas circunstancias, es muy fácil sentirse desarmado.
Te haces consciente en tan solo un instante de que estabas equivocado, porque siempre habrá una parte de tu vida que no podrás controlar.
A veces, ocurren sucesos inesperados para los que no estabas preparado y te convierten en alguien que poco tiene ya que ver con quien eras antes de ese punto de inflexión.
Eso le pasó algunos años atrás.
Desde entonces, nada había vuelto a ser igual.
Asumir aquella nueva realidad fue muy duro.
Para las personas proactivas que creen que son dueños de su vida y que tienen el control, esto supone un golpe demasiado fuerte para encajarlo con deportividad.
Eso, además, tampoco casaba con su personalidad.
No era de los que se rinden ni de los que aceptan lo que les toca sin más.
Él era de ese tipo de personas que cree que los reveses de la vida hay que convertirlos en tu nueva bandera.
En su caso concreto, el vuelco que dio su forma de vivir, le convirtió en una persona rencorosa que albergaba oscuros sentimientos dentro de él y peores ideas.
En realidad, no es que se convirtiera en alguien diferente, sino que enfrentarse a determinados estresores supuso que surgiera un ser oscuro que mucho tiempo había estado agazapado.
De una u otra forma, aquello siempre vivió dentro de su ser, esperando el momento para despertar.
Durante la mayor parte de su vida, permaneció aletargado, casi dormido, pero nunca del todo, puesto que experimentó ramalazos de su verdadera personalidad en momentos anteriores.
No en pocas ocasiones, se descubría con problemas de autocontrol, con unas ganas locas de desplegar sus instintos y saciar sus necesidades inconfesables.
Sin embargo, antes del día D, lo lograba gracias a la buena influencia de aquella persona que nunca más volvería.
Porque su cuerpo seguía ahí, pero su mente se había quedado atascada en un momento terrible.
Estuvo demasiado tiempo buscando formas de resarcirse.
Creía que lo lograría, que hallaría la forma de reconciliarse con el mundo, de ser magnánimo y mirar al futuro como si no hubiera sucedido.
Intentó perdonar, olvidar y seguir adelante, pero las circunstancias cada vez más difíciles se lo complicaron.
La mirada perdida de su hermana y su cuerpo casi plenamente paralizado le recordaban de manera cruel que no había reparación posible, porque el pasado se había desvanecido creando un presente aberrante.
Llegó a ese punto en el que ya no pudo más.
La primera vez, cometió errores que consideró que eran de novato, ya que su nivel de autoexigencia era alto y solo la perfección era aceptable para él.
Sin lugar a dudas, había aprendido, en especial porque ahora sabía cómo gestionar sus emociones para que estas no le traicionasen.
En la actualidad, era impensable que pudiera incurrir en alguna equivocación, puesto que reflexionaba mucho antes de hacer nada y medía los riesgos de forma milimétrica.
Eso le permitía tomarse licencias arriesgadas que no estaban al alcance de cualquiera.
Había perfeccionado muchas cosas, pero sobre todo, destacaba su habilidad para hacerse invisible a los ojos de la mayoría. Era un hombre muy fácil de olvidar, puesto que no llamaba la atención en ningún ámbito.
Su aspecto frágil, debido a su fisionomía, despertaba casi compasión en los demás.
Pero aquella aparente fragilidad no era real, pues era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
La parte positiva de todo aquello innegablemente era que nadie lo veía como un peligro.
Por lo tanto, cuando la policía investigaba acciones en las que había estado involucrado, pasaba desapercibido y nadie parecía recordar su presencia.
Por lo que había podido apreciar hasta el momento, podía estar bastante seguro de que seguiría siendo así. En cualquier caso, no le convenía arriesgarse demasiado. Ya había conseguido todo lo que se había propuesto. Empeñarse en seguir donde estaba resultaba casi absurdo.
Era hora de poner rumbo a un nuevo destino.
Debía construir un nuevo proyecto desde cero.