Su último aliento 26 Llamada
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26 Llamada

E l timbre del teléfono le despertó. Todavía era temprano, poco más de las ocho de la mañana, aunque Tom Beckett solía levantarse a eso de las seis.

No obstante, después de trasnochar, su cuerpo le pedía recuperar algo del sueño perdido.

Habría agradecido continuar dormido, al menos, un par de horas más, aunque seguramente se arrepentiría después por comenzar su día con la mañana ya avanzada.

No hay mal que por bien no venga, como se suele decir.

Antes de ver la pantalla de su smartphone , imaginó que sería Blasco quien le llamaría, posiblemente para contarle alguna novedad o avance en el caso. Quizá tuviera ya datos interesantes que contribuyeran al avance de la investigación.

Se equivocó.

—Señor Banks, buenos días —respondió tras reconocer quien estaba al otro lado de la línea.

Su voz, sin duda, reflejó la sorpresa que le produjo aquella llamada. Se desperezó casi de golpe. ¿Qué podría querer a esas horas de la mañana? ¿Tal vez el asesino había contactado con la familia? ¿Habían recordado alguna información que sería relevante para avanzar en la investigación?

Estaba a punto de descubrirlo.

—Detective Beckett, confiaba en que me mantuviera al día de sus pesquisas, pero veo que no es así. Quizá es que no fui demasiado claro cuando hablamos. No imagina lo decepcionado que estoy en estos instantes.

El tono de voz era cortante. Parecía estar realmente molesto por algo que Tom desconocía.

—Siento mucho que tenga esa impresión, pero mi propósito es ofrecerle oportunamente la información necesaria en cada momento cuando esta sea relevante.

Por desgracia, ahora mismo, todo de lo que dispongo no son más que conjeturas.

No creo que sea muy profesional acudir al cliente con cada teoría que surja hasta que no esté debidamente contrastada.

Sentía un martilleo detrás de los ojos. Tendría que tomarse algo para el incipiente dolor de cabeza que amenazaba con acompañarle el resto del día.

Además, sabía por experiencia que, si no lo atajaba a tiempo, tardaría mucho en abandonarle, y ahora no podía permitirse que ningún tipo de dolencia le obligara a bajar el ritmo.

—Es evidente que no ha visto los periódicos de la mañana, detective —observó el empresario sin ofrecer información concreta.

—Obviamente, no.

—Quizá me equivoqué con usted y resulta que, a lo mejor, debí confiar más en la policía.

—No entiendo a qué se refiere.

Beckett estaba desconcertado. ¿Qué es lo que habrían publicado para que Gregory Banks estuviera tan molesto con él? Una cosa tenía clara: él no había sido el que la había filtrado, fuera cual fuera la noticia que había salido.

—Mire las noticias y lo comprenderá. Le pago una buena suma para que haga su trabajo, Beckett. Si no está a la altura de las circunstancias, le agradecería que fuera sincero y honesto conmigo. Estamos hablando de la muerte de mi hijo. Mi mujer y yo merecemos un poco de respeto.

Sin darle opción a réplica, el magnate colgó el teléfono, dejando a Tom con un enorme interrogante para el que no tardó en buscar respuesta.

En una rápida búsqueda por internet, descubrió que, según fuentes policiales, los investigadores tenían sospechas de encontrarse ante algún tipo de asesino en serie y que los indicios hablaban de que era más que probable que el asesinato de Harry Banks no fuera su primer crimen.

Aquellas sospechas solo las había compartido con Blasco.

Las dudas acerca de su lealtad y su confianza le asaltaron.

Parecía más que evidente que tenía que ser él quien había filtrado aquella teoría a la prensa.

¿De verdad se había equivocado hasta ese punto con él?

Resultaba incluso mezquino que hubiera tardado tan poco en ir con esa información a los medios.

Lo maldijo por su falta de profesionalidad y por su insano apetito por medrar en su carrera a costa de cualquier precio. Notó como la ira se abría paso dentro de él. Se sentía tan disgustado y enfadado que no era capaz de ver más allá.

Acto seguido, con la mente un poco más fría, le resultó una estupidez por parte de Blasco. ¿Por qué motivos iba a filtrarle aquello a los medios de forma tan precipitada? Tendría sentido si, aquella hipótesis, les hubiese conducido ya a algún resultado o, como mínimo, a algún sospechoso.

No era el caso.

Podrían quedar como unos patanes si no obtenían avances reales en un margen breve de tiempo, ya que todo el mundo estaría esperando nuevas actualizaciones relacionadas con ese crimen y, por ende, con lo que estuvieran relacionados.

Por otra parte, resultaba demasiado aventurado lanzar aquella bomba a la prensa, sobre todo teniendo en cuenta la presión mediática que podría suponer para la policía que esta dijese que un asesino serial estaba suelto, en especial cuando sus víctimas objetivo eran menores.

Además, era una insensatez hacer tal cosa cuando solo tenían conocimiento de un caso.

Casi le parecía algo propio del capitán Button, el cual siempre buscaba estar presente en los medios y que se hablase de él.

Sin embargo, ¿cómo podía saber él que habían hablado de dicha teoría?

Se estaba equivocando al dejarse llevar por sus prejuicios.

Blasco no sacaría ventaja alguna de aquello, salvo que quisiera anotarse un tanto delante del capitán.

Eso sí que no le encajaba. La aversión por Button y su falta de capacidad le parecieron muy reales.

Igual debía dar marcha atrás y no dejarse llevar por lo primero que le viniese a la cabeza.

Tampoco le dio la impresión de que Blasco fuera capaz de darle tal puñalada por la espalda, pero también era cierto que apenas lo conocía y no siempre acertaba cuando analizaba a otros.

Lo mejor sería hablar con él.

En cualquier caso, no eran buenas noticias.

Que los medios de comunicación estuvieran al tanto de aquella posibilidad suponía un impedimento claro.

En primer lugar y lo más importante de todo, podría poner al asesino en alerta.

No les interesaba. Lo que les convenía era que no creyera que le buscaban ni que la policía tenía en mente esa posibilidad.

Si era tan precavido como parecía, esto le podría hacer resguardarse y mantener un tono más bajo de lo habitual hasta que la investigación sobre el homicidio de Harry Banks terminase en un callejón sin salida. Se escondería en su madriguera y sería casi imposible localizarlo.

Si tenía otros crímenes en su haber, tal y como Beckett sospechaba, el hecho de que no hubiera estado entre rejas y que hubiese sido capaz de cometer varios asesinatos sin levantar sospechas, no era nada alentador.

Sonó nuevamente su teléfono.

Era Blasco.

Esta vez sí.

—No he sido yo, quiero que te quede claro —dijo el policía, en cuanto percibió que había cogido la llamada. Ni siquiera dio opción a que Tom le saludara.

—Estaba justo a punto de ponerme en contacto contigo. Gregory Banks ha hecho esta mañana de despertador y me ha llamado para comunicarme la noticia. No estaba nada contento, eso me lo ha dejado bien claro.

—Si quieres, quedamos y te lo digo a la cara para que veas que no te miento. No sé cómo diablos ha llegado esta información a la prensa. No logro comprenderlo. De hecho, ni siquiera estaba entre nuestras posibles líneas de investigación.

—Tal vez Marckusen no es tan de fiar como tú creías.

—No se lo he dicho todavía. Quería estar totalmente seguro de que no se iba a ir con el cuento al jefe antes de compartir nada con él.

—Creí entender que tenías confianza ciega en tu compañero —manifestó Beckett, dejando claras sus dudas.

—No me malinterpretes. Me fío de él. No me ha dado motivos para no hacerlo. Hemos trabajado juntos más veces y estoy seguro de que es un policía íntegro, ¿vale? Pero las cosas en comisaría hace tiempo que no están bien y hay que andarse con ojo. No quiero que nos escuche quien no debe.

—Pues parece que no has tenido suficiente cuidado.

—Lo he tenido, te lo aseguro. Quizá no lo hayan sabido porque yo haya sido descuidado. Quizá alguien está al tanto de tus conversaciones.

Beckett se quedó paralizado por un instante.

En su mente, comenzó a visualizar sus movimientos de los últimos días.

No era posible. No veía en qué momento alguien podría haber estado escuchando sus conversaciones telefónicas.

¿Le habrían hackeado el ordenador, tal vez?

Era la única opción que le parecía plausible.

Lo que parecía claro era que había alguien con mucho interés en conocer las conversaciones de, al menos, uno de los dos.

—Será mejor que procuremos hablar cara a cara a partir de ahora. No quiero arriesgarme a que se vaya al traste lo que averigüemos.

—Perfecto, aunque te recuerdo que ayer hablamos cara a cara y no parece haber servido de mucho.

Tenía razón, sin lugar a dudas. No obstante, seguía siendo mejor verse que confiar en sus teléfonos u otros medios.

Acordaron encontrarse en media hora en la playa.