25 Satisfecho
A pesar de que, en realidad, no habían avanzado gran cosa, Tom Beckett se sentía esperanzado.
Si la colaboración que le había prometido Blasco finalmente se hacía efectiva, podrían formar un buen equipo.
No solo eso. Significaría tener acceso a la información que manejaba la policía casi en tiempo real, además de poder aprovecharse de sus recursos.
No obstante, no terminaba de fiarse de Marckusen, por mucho que le hubiera sugerido que era un policía íntegro en el que podía confiar.
Los años le habían enseñado a no fiarse de casi nadie.
Sabía que no podrían trabajar totalmente al margen, puesto que ambos policías habían sido asignados a la investigación del asesinato de Harry Banks.
No podían dejarle a un lado sin más, sino que tendrían que hacerle partícipe de lo que fueran descubriendo.
Lo contrario, además, podría generarle problemas a Jim Blasco y él no quería que eso sucediera bajo ningún concepto.
Sabía por propia experiencia lo que supone no llevarte bien con tu jefe y que te busque las cosquillas.
Desconocía, hasta la fecha, lo que Blasco le había ido contando a su compañero. No estaba seguro de que Marckusen no estuviera al tanto de las conversaciones que habían mantenido y de sus encuentros. Sin embargo, si no era así, suponía que no tardaría demasiado en averiguarlo.
Cuando llegó a casa, revisó sus notas. Al día siguiente, contactaría nuevamente con el forense.
Confiaba en que ya hubiera algún resultado más que pudiera indicarle alguna dirección que seguir.
Igualmente, los resultados del laboratorio serían fundamentales y esperaba que Blasco los compartiera con él tan pronto como llegasen.
Después de darse una ducha y prepararse una cena frugal, encendió su ordenador decidido a buscar información en internet.
Quería localizar noticias relacionadas con desapariciones de niños, tanto si habían encontrado sus cuerpos como si no.
Estaba convencido de que habría más casos similares al que tenían entre manos.
Se dio cuenta de que debía filtrar mucho más la información con parámetros más específicos.
Su búsqueda era demasiado amplia, similar a localizar la famosa aguja en el pajar.
Aunque era consciente de que, más allá de una mera indagación en internet, necesitaría datos oficiales contrastados, quería tener una primera toma de contacto para que los que pudiera ofrecerle Blasco en los próximos días no le sonasen a algo nuevo.
Tal vez era la necesidad de saber lo que le impelía a lanzarse a investigar en la infinidad de datos que posiblemente iba a encontrar en la red.
Era en aquellos momentos cuando Tom se sentía frustrado por no ser ya policía.
Él mismo podría estar accediendo ahora a las bases oficiales de las fuerzas del orden si siguiera en el cuerpo.
Por el contrario, ahora debía depender de otros o mostrarse lo suficientemente ingenioso para suplir su carencia de medios con buenas ideas que le ayudasen a avanzar.
No era fácil.
Cuando los casos que aceptaba no eran de la índole del actual, no solía resultarle difícil resolverlos.
Con preguntar aquí o allá y seguirle los pasos al objetivo del momento, solía valerle.
No le llevaban demasiado tiempo y el éxito casi era una consecuencia natural cuando hacía bien su trabajo.
Sin embargo, un caso de asesinato era harina de otro costal.
Los primeros resultados le situaron frente a la impactante realidad.
Existía un inmanejable número de niños que habían desaparecido en California.
No le sorprendía. Era conocedor de la abrumadora estadística que hablaba de todos los menores que, cada año, un día se les pierde la pista, sin más.
Por suerte, la mayoría aparecen relativamente pronto y, además, sanos y salvos.
Pero había otro porcentaje nada desdeñable que daba fe de aquellos de los que no se volvía a saber nada.
Y luego estaban los que aparecían muertos.
Dentro de este último grupo, era preciso diferenciar los que habían fallecido a manos de un asesino y los que lo habían hecho de manera accidental. Infinidad de tragedias que terminaban de manera abrupta y cruel con la vida de aquellos a los que les quedaba todo por vivir.
Quien hubiera matado a Harry Banks no era ningún novato.
Tampoco lo había hecho fruto de un arrebato.
Cada uno de los pasos que había dado fueron calculados y premeditados.
Se había mostrado sumamente osado, tanto al llevarse al niño de la casa sin dejar ningún rastro detrás, como al abandonar su cuerpo tan cerca de la residencia de la familia.
Eso hablaba de alguien con la mente muy fría y experiencia suficiente como para no cometer errores que apuntasen en su dirección.
Si no hubiera estado tan seguro de su éxito, no se habría arriesgado hasta ese extremo.
Había algunas páginas webs que se dedicaban a llevar el recuento de los desaparecidos.
Por lo que había visto, una de ellas parecía estar gestionada de forma seria, puesto que se podía ver incluso un seguimiento de algunos de los casos, con detalles concretos y bastante actualizados.
A pesar de ello, Tom sabía que no podía fiarse de que los datos de esa página fueran fidedignos, puesto que era más que probable que fueran actualizados gracias a la buena voluntad de los que la llevaban, posiblemente afectados ellos mismos por la desaparición de un familiar.
Pese a todo, era un sitio por el que comenzar. Al menos, los datos estaban más centralizados, en lugar de encontrarse dispersos por la infinitud de internet. Siguiendo sus patrones de búsqueda, quizá diera con algún caso que guardase similitudes con el del pequeño de los Banks.
Sin apenas darse cuenta, le dieron las tres de la madrugada.
Tomó nota de algunas de las desapariciones que terminaron con el cadáver de un niño encontrado en extrañas circunstancias.
De todos, le llamaron especialmente la atención diez de ellos por la descripción hecha acerca de la causa de la muerte.
Esa decena de críos fueron encontrados con la garganta rajada y con severos signos de desnutrición y deshidratación.
Podría tratarse del mismo asesino, aunque era demasiado aventurado atreverse a insinuar algo semejante con los datos que manejaba en ese instante.
Pero sí le proporcionaba una base.
Blasco podría profundizar en lo descubierto en torno a aquellos crímenes.
Tom se pondría en contacto con algunos de los departamentos de policía que habían estado al cargo de esas investigaciones, aunque por experiencia sabía que no siempre se mostrarían complacientes ni dispuestos a compartir información con un detective privado.
La siguiente pregunta que la asaltó fue acerca del motivo.
¿Qué movía a este asesino a matar a un niño pequeño?
¿Qué había detrás de ese acto tan cruel e inexplicable?
Si ya lo había hecho antes, cosa bastante posible teniendo en cuenta su pericia, era consecuente pensar que sus víctimas tendrían algo en común.
Era probable que tuviera un estándar de víctima que le atraía.
Entre aquellos diez niños que había preseleccionado, podía intentar encontrar los nexos que tenían en común.
Todos eran varones, algo que había sido uno de sus criterios de búsqueda, puesto que dudaba que las niñas le interesasen.
No era lo habitual en asesinos recurrentes.
Solían tener un perfil muy claro y el cambio de género no era frecuente.
Igualmente, buscó niños de raza blanca. Tampoco eran frecuentes los crímenes interraciales.
El asesino debía ser blanco y el resto de sus víctimas, si las había, probablemente también lo serían.
De los diez niños, dos tenían una edad que se salía de la que estimaba que encajaba con su perfil.
Harry Banks tenía siete años. Era poco probable que niños mucho mayores o mucho más pequeños fueran sus objetivos.
Dos de esos diez contaban con trece y catorce años.
Un tercero tenía tan solo tres años cuando falleció.
Eso le dio un total de siete casos.
Resultaba espeluznante que esos siete asesinatos de menores permanecieran todavía sin respuesta.
Si se trataba del mismo asesino, entonces quedaba claro que las temporadas de enfriamiento entre un crimen y el siguiente eran lo suficientemente amplias como para que se encontraran ante alguien que se caracterizaba por ser frío y calculador.
Se tomaba su tiempo para estudiar a sus objetivos y su entorno.
Eso le hacía incluso más peligroso, pues sería muy complicado que cometiese errores.
Un oportuno bostezo le recordó que ya era demasiado tarde y que le convenía irse a descansar.
No dormir solo le hacía ser más lento y pensar con menos claridad.
Se frotó los ojos. Los sentía secos y cansados.
Estaban siendo jornadas interminables y extenuantes.
Antes o después, ese cansancio podía pasarle factura.
Cerró su portátil y se dirigió a la cocina. Llenó un vaso de agua y lo llevó al dormitorio. Antes de acostarse, le dio un trago. Había estado tan absorto en la investigación que ni siquiera percibió que estaba sediento.
Ya tendría tiempo al día siguiente de seguir investigando.