24 Perfiles
E l detective compartió con el agente Blasco sus últimas reflexiones, observando en todo momento la expresión de su rostro, tratando de adivinar qué pensaba de todo ello.
Se trataba de una costumbre que adquirió a temprana edad y que le había proporcionado ventajas en diferentes momentos de su vida.
Quizá podía decirse que era una habilidad innata.
Constituía una de sus señas de identidad y era, simple y llanamente, algo fundamental para él.
No siempre resultaba fácil hacerlo. Había personas que escondían muy bien lo que pensaban y lo que sentían.
Y aun así, no era fácil engañar a Tom Beckett.
No conocía realmente al policía. Sus contactos habían sido esporádicos y no había podido constatar su fiabilidad ni comprobar sus lealtades.
Se estaba fiando de su intuición al confiarle todo aquello que no había compartido con nadie más.
Acostumbrado como estaba a trabajar solo, rara vez ponía en común sus teorías con alguien más.
Pero ese caso era distinto.
Si le salía mal la jugada, tendría que aguantarse y cambiar de estrategia.
Quizá solo consiguiese que Benjamin Button le cerrase toda posibilidad de acceder a la información necesaria con la que contase la policía de Carmel.
Cualquier motivo sería bueno para el capitán si implicaba dejar a su archienemigo al margen.
En realidad, si lo pensaba dos veces, la verdad era que tampoco cambiaría eso demasiado las cosas, puesto que lo que estaba haciendo ya era todo a sus espaldas.
Lo único diferente sería que mantendría una vigilancia estrecha sobre sus oficiales, coartando sus movimientos.
No obstante, incluso si llegaba a ese extremo, si estaba en lo cierto y atrapaban al asesino gracias a las sospechas de Beckett, el objetivo se habría cumplido de igual modo.
A su parecer, en este caso el fin justificaba los medios.
Tom no buscaba la gloria ni ponerse ninguna medalla. No era un hombre egocéntrico ni pretendía obtener la atención de nadie. Solo perseguía hacer su trabajo lo mejor que podía y, en esta investigación en concreto, su labor implicaba sacar a un asesino despiadado de la calle.
Además, había otra ventaja más para él. Si después de todo se adjudicaba todo el mérito al cuerpo de policía de la localidad, la prensa no mostraría ni el menor interés hacia el detective, lo que implicaría volver a su vida calma y aislada sin interferencias innecesarias.
Todos salían ganando en ese supuesto.
—Si tengo razón, sería fundamental investigar si hay casos abiertos de asesinatos de niños de una edad similar a la de Harry Banks y que quedaran sin resolver. Iría de dentro hacia fuera, es decir, primero buscaría en los condados más cercanos, hasta extender la búsqueda por todo el estado.
—¿Estás insinuando que hay un asesino en serie suelto en la zona? —preguntó alarmado el policía. Nunca antes se había topado con algo así. Hasta ese instante, no había pensado que pudiera enfrentarse a algo semejante como policía.
Trabajar en la tranquila Carmel-by-the-Sea no le proporcionaba experiencias excitantes como agente de la ley.
Sabía que Los Ángeles era una locura de ciudad, en la que campaba el mal a sus anchas en sus formas más variadas e inimaginables, aspecto por el cual no le resultaba nada atractiva.
Pero en esa localidad costera la vida transcurría a un ritmo lento y relajado.
La gente no sufría el estrés de la gran ciudad y eso ya era un ingrediente que contribuía a la paz mental de sus habitantes.
O eso pensaba él.
No siempre es oro lo que reluce.
—De momento, no insinúo nada. Solo exploro posibilidades.
Hablar de un asesino en serie me parece algo osado a estas alturas, la verdad.
Es presuponer demasiado teniendo en cuenta que solo contamos con una sola víctima, al menos, que sepamos.
No obstante, creo que en este instante no debemos descartar todavía nada.
Ahora mismo me baso más en una corazonada que en otra cosa.
Blasco dio otro trago a su cerveza. Se quedó pensativo durante unos segundos, tal vez poniendo en orden sus propias ideas.
Aunque el detective intentase ahora rebajar las expectativas, la idea ya había calado en su mente.
Y realmente pensaba que hablar de ese tipo de criminal eran palabras mayores.
Las implicaciones que conllevaba le estremecieron.
Si aquel hombre peculiar que estaba sentado frente a él tenía razón, lo mejor sería que se preparase para lo que estuviera por venir.
—Mira, Beckett, debo reconocer que, al principio, no me fiaba mucho de ti.
Ya sabes, uno oye cosas y tal. Además, trabajas en el ámbito privado y no estaba seguro de que no quisieras jodernos —comenzó a explicar, sin que Tom entendiese bien a dónde se dirigía con esas palabras—.
Pero lo cierto es que, hasta ahora, tú has compartido con nosotros más cosas de lo que hemos compartido nosotros contigo.
Cada vez estoy más convencido de que eres alguien en quien se puede confiar, independientemente de las mierdas que tuvieras con el jefe, cosa que no me importa lo más mínimo —comentó, dando la impresión de que cambiaba momentáneamente el tema de la conversación y lo orientaba hacia algo más personal.
Beckett hizo un leve gesto de cabeza. El hielo de su refresco continuaba deshaciéndose. Apenas había bebido nada desde que se lo sirvieron. Era más una excusa para estar allí que otra cosa, pues tampoco le apasionaban las bebidas gaseosas tan dulces como aquella.
Observó la expresión del policía. Se le había formado una peculiar arruga en la frente que reflejaba las cavilaciones que se producían en su mente.
—Quiero atrapar a ese desgraciado —respondió por fin Beckett, sin estar muy seguro de que ambos estuvieran hablando de lo mismo en ese instante, debido al último giro de Blasco—.
No estoy buscando ningún tipo de rédito.
Eso no es para mí. Puede que no me creas, puesto que en el pasado ha salido mi cara en los medios, aunque te aseguro que sin pretenderlo.
Hay casos que se convierten en mediáticos sin que uno lo espere y termina convirtiéndose en parte del show .
En cualquier caso, quiero dejar bien claro que no trato de convencerte de nada.
Esto es lo que hay, sin trampa ni cartón.
Pero si no quieres creerme, allá tú. Seguiré mi camino y buscaré otras alternativas.
Estoy acostumbrado a valerme por mí mismo.
—Te creo —contestó escueto, a la vez que contundente Blasco.
Sus ojos estaban clavados en el detective, como si estuviera poniendo toda su atención sobre él, lo que le invitó a seguir hablando.
—Me hice policía por un motivo muy claro y, si lo dejé, fue por razones que nada tenían que ver con el trabajo —continuó justificándose el investigador privado—.
Me encantaba mi profesión, pero, simplemente, ya no podía seguir.
Si soy detective en la actualidad, en parte es porque creo que no sé hacer nada más, pero también porque sigo sintiendo esa misma vocación del principio.
Imagino que forma parte de mí, de quien soy.
—Supongo que compartimos esas mismas ganas de ayudar a otros, de sentir que lo que hacemos sirve para algo y que responde al ideal de lograr que este mundo sea un poco mejor.
—Aunque no pretendía ponerme tan filosófico, sospecho que tenemos eso en común, sí —confirmó Tom.
—Lo que pretendo decir es que, pase lo que pase, quiero que trabajemos juntos en esto, que aunemos fuerzas.
—Eso es lo que he buscado desde el minuto uno —le recordó el detective.
—Lo sé. Pero ahora me refiero a trabajar codo con codo. Si el perfil del asesino es el que tú dices, y ojalá te equivoques, más nos vale ir a la par y no solo colaborar de manera puntual. Necesitamos compartir toda la información de la que dispongamos en todo momento.
—No creo que Button vaya a compartir ese pensamiento, siento comunicártelo.
—No estoy diciendo que se lo vaya a decir. A la mierda con Button —concluyó, levantando su vaso y apurando el último trago de su cerveza.