Su último aliento 23 Intercambio de opiniones
43%

23 Intercambio de opiniones

A pesar de la hora que era ya, el policía respondió enseguida al teléfono.

Eso cortó de raíz sus divagaciones acerca del hecho de que siempre se dirigía a Blasco y no a Eddy Marckusen, quizá porque este último no le inspiraba la misma confianza.

Igual se lo debía a un sexto sentido imposible de concretar.

Tenía la impresión de que, además, esta buena relación con Blasco era bidireccional, ya que el policía también demostraba cierta confianza en el detective.

En otras circunstancias, quizá en otra vida, seguramente habrían podido ser buenos compañeros.

—¿Necesitas algo más? ¿O me llamas porque tienes algo nuevo? —preguntó el policía, mostrando interés en lo que pudiera aportarle el detective. Sus ganas de saber parecían genuinas.

—Creo que lo segundo. ¿Podríamos vernos en un rato?

Me gustaría compartir contigo una teoría que tengo.

Creo que me vendría bien confrontar mi hipótesis con otra persona que también se halle investigando este caso.

Igual lo que pienso no tiene ni pies ni cabeza y yo soy el único que no lo ve.

Es algo que suele pasar. Te convences de algo y te cuesta considerar otras alternativas.

—Claro. No hay problema. Se me da bien ser sincero y decirle a otro que se la ido la olla —bromeó—. ¿Te va bien dentro de una hora?

—Perfecto. ¿Qué tal en el Novoa Café?

—No, gracias. En una hora habré acabado mi turno y me apetecería refrescarme la garganta con una espumosa. Mejor nos vemos en la taberna irlandesa que hay en la Séptima. La cerveza de grifo que sirven es de las buenas de verdad.

Tom se dirigió casi directamente al lugar en el que quedaron. No tenía mucho más que hacer y temía que, si pasaba antes por casa, se entretuviera con cualquier tontería y terminase por llegar tarde.

Mientras esperaba sentado en una de las mesas de la taberna, el detective Beckett aprovechó para intentar ordenar sus ideas. Su pensamiento podía ser caótico cuando bullían tantas cosas a la vez en su mente y era preciso organizar lo que quería expresar de forma clara.

Debía hacerle un planteamiento muy claro y debidamente justificado a Jim Blasco para lograr su cooperación.

Quería que entendiese sus razonamientos, pero también que le pusiera todas las objeciones posibles, pues no quería obcecarse con su teoría.

Necesitaba que, al confrontarla con otro, viera si era sólida o solo un desvarío.

—¿En serio, detective, estás tomando coca cola?

—le preguntó el policia en cuanto llegó, sacándole de su ensimismamiento—.

Debe ser porque no tienes a un jefe tocapelotas.

Yo necesito un anestésico para olvidarme de todas las gilipolleces que ha soltado hoy el capitán por la boca.

Podría optar a un récord Guiness si hubiera alguna categoría en la que encajase.

—Recuerda que yo también lo sufrí en su día, aunque por suerte para mí, no como jefe.

Button nunca ha destacado por su brillantez, así que creo que puedo comprenderte.

Eso sí, lo que le falta de inteligencia le sobra de ego, algo que no debes olvidar bajo ningún concepto.

Y diría también de mala leche, ya que nos estamos sincerando.

—Gracias por tu comprensión, amigo. Realmente puede ser insoportable. A veces me da por pensar que recibe un plus por ser un cretino.

Beckett se rio. No le faltaba razón. Benjamin Button era un auténtico cretino cuando se lo proponía. Era la palabra que mejor lo definía. No tenía muy claro si lo hacía por deporte o simplemente porque no podía evitar ser un idiota.

—Entiendo que necesites algo fuerte. Por mí no te cortes. Yo con un refresco estoy servido. Si necesitas que luego te acerque a casa porque te has excedido con la bebida, lo haré encantado.

Esperaron a que el camarero le sirviese una pinta bien fría, a la que el policía le dio un buen trago en cuanto la tuvo a su alcance. Parecía tan sediento que cualquiera diría que acababa de hacer una travesía por el desierto.

—No le he dicho nada a Eddy de esta reunión, pues entendí que, salvo que me dijeses lo contrario, preferías que hablásemos a solas —expuso el policía, demostrando una intuición muy acertada.

—Correcto. No tengo nada contra él, que quede claro, pero siento que me entiendo mejor contigo. No significa que quiera dejarlo al margen, salvo que tú me digas lo contrario. Es tu compañero y no quiero ser una fuente de problemas.

—Puede ser un capullo en algunos momentos, pero es un tío de fiar.

Te aseguro que es un poli que quiere hacer bien su trabajo.

Nunca me ha dado razones para pensar lo contrario, al menos —se corrigió, quizá porque no quería ser demasiado aventurado al poner la mano en el fuego por Marckusen—.

Lo que pasa es que él es el primero que no se fía ni de su sombra, así que supongo que tu primera impresión de Eddy no fue la mejor.

Reconozco que se mostró bastante reacio a colaborar y un tanto seco.

—En parte, lo entiendo. Al fin y al cabo, soy un investigador privado y puede generar cierta suspicacia.

Aunque te aseguro que, en ningún caso, quiero pisar vuestro trabajo.

Mi único objetivo es encontrar al asesino.

Y de eso es de lo que quería hablarte precisamente —concluyó, reconduciendo la conversación.

—¿Tienes ya un sospechoso?

—Por desgracia, no. Estoy bastante lejos de ello.

—Pues ilumíname. ¿Por qué querías que nos viéramos hoy? Debe ser algo importante si no puede esperar a mañana.

—Porque creo que hemos errado totalmente el planteamiento de la investigación —soltó sin más dilación.

Aquello pilló a contrapié a Blasco. Una cosa era hablarle de una posible teoría y otra muy distinta considerar que habían estado perdiendo un tiempo de oro hasta la fecha por haberse obcecado en un camino equivocado.

Él no opinaba que fuese así, puesto que habían seguido los pasos que indicaba el protocolo habitual.

—Eso es mucho decir, ¿no? Es posible que aún no hayamos dado pasos relevantes en la dirección correcta, pero de ahí a considerar que todo es un error, va un buen trecho.

—Tal vez, pero creo que deberíamos modificar cosas relevantes.

—¿A qué te refieres concretamente?

—Al perfil del asesino. Quiero que me escuches con mucha atención hasta el final, y luego me das tu sincera opinión al respecto. Tal y como te comenté por teléfono, si te parece que estoy desvariando, quiero que me lo digas sin tapujos.

—Eso está hecho.