Su último aliento 21 Conversación
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21 Conversación

P ese a que pudiese esperar lo contrario, lo cierto fue que no encontró ni la menor resistencia en el desguace.

La mujer que se hallaba en la caseta, enseguida le llevó hasta la zona en la que suponía que estaría Daniel Curtis trabajando.

Todos los operarios tenían asignada un área determinada, pues la instalación era bastante grande, ya que era el único desguace de la península de Monterey.

En cuanto le localizó y se identificó, el hombre accedió a hablar con él. No opuso ni la menor resistencia, cosa que le resultó chocante al detective. No estaba acostumbrado a que la gente se mostrase tan colaboradora sin más.

Daniel Curtis solicitó permiso a su supervisor y este les facilitó un lugar en el que reunirse, un pequeño despacho lleno de trastos que posiblemente utilizaban un poco para todo, viendo el estado en el que se encontraba.

Daba la impresión de que ambos hombres tenían una buena relación, puesto que el jefe se mostró amable con Curtis y no dio ni la menor muestra de que le disgustase aquello.

Muy al contrario, el detective percibió una mirada de complicidad entre ambos.

—Suponía que no tardarían mucho en hablar conmigo. Lo que me extraña es que no haya sido la policía los que vinieran a buscarme. Hace tiempo que estoy esperando que lo hagan.

Daniel Curtis se mostraba sereno y tranquilo. Asumía que tenía todas las papeletas para convertirse en sospechoso de lo sucedido con Harry Banks, después de las amenazas que había vertido sobre la familia. Había entendido que cooperar era lo más inteligente en su caso.

—Supongo que estará al tanto de lo sucedido —insinuó Curtis. Desde luego, no se comportaba como un sospechoso. No había hecho ni el menor intento de escabullirse o de rehuir la conversación con el detective. Afrontaba de frente el tema, sin esconderse detrás de excusas innecesarias.

—Si se refiere a las amenazas tras su despido, creo que sí. Estoy al corriente. Necesito que me explique algunas cosas.

El hombre suspiró. Su rostro ajado reflejaba una vida que le estaba castigando con dureza. No debía tener más de cuarenta años y, sin embargo, aparentaba una edad más avanzada.

—Pregunte lo que quiera, señor Beckett, pero le aseguro que no tengo nada que ver con el asesinato del crío, aunque imagino que es lo que le dicen siempre —señaló, encogiéndose de hombros—.

Sería incapaz de hacerle daño a un niño.

No le voy a negar que si me pusieran al padre delante o al maldito Timothy Render, les cruzaría la cara sin piedad, a pesar de que no soy una persona que me considere violenta.

No merece la pena disimular y esconder lo evidente: con esos dos desalmados, creo que no podría contenerme, ni siquiera aunque me lo pidiera mi mujer.

—Sinceramente, señor Curtis, no creo que usted tenga nada que ver. Me parece incluso demasiado evidente. Pero no voy a negarle que, con sus acciones, se ha puesto en el disparadero. Mi obligación es investigarlo.

—Lo comprendo. Sin embargo, no se hace una idea de lo que es encontrarse de la noche a la mañana en la calle con un hijo enfermo y cinco bocas que alimentar. Esa gente no atiende a razones que no sean el dinero. No tienen ni un ápice de humanidad. Ni siquiera me han ofrecido sus condolencias.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. El hombre trataba de contener las emociones, pero no le estaba resultando fácil. Era comprensible, conociendo el desenlace final.

—Mi hijo murió porque no fuimos capaces de hacer frente al desembolso económico que implicaba su tratamiento médico.

Prometimos que lo pagaríamos si nos daban la oportunidad.

Yo estaba dispuesto a trabajar sin descanso, si hubiese sido necesario, pero nadie quiso concedernos un crédito porque estaba sin trabajo.

Al perderlo, perdimos también el seguro médico.

Y como consecuencia, perdimos cualquier mínima oportunidad de salvarle la vida a nuestro pequeño.

—Y por eso decidió amenazar a los Banks.

—No lo entiende todavía, detective. No fue inmediato.

Fue la última de muchas acciones. Supliqué de rodillas que me devolvieran el trabajo, incluso empeorando mis condiciones laborales.

No me importaba. Habría trabajado de sol a sol.

Solo quería que me mantuvieran el seguro médico.

Pero esa gente no tiene corazón. Solo entienden de cifras.

Ellos se enriquecen sin límite y nadan en la abundancia, mientras los demás hacemos malabares para llegar a final de mes.

No se imagina la rabia que llevaba dentro.

—Sí, señor Curtis. Lo comprendo. Sin embargo, tengo entendido que amenazó directamente con hacerle daño a Harry Banks.

—Eso no es correcto. En realidad, lo que hice fue decirles que iba a hacer que se pusieran en mi lugar, que sintieran en su piel lo que yo estaba pasando, para que Gregory Banks comprendiera lo que era ver sufrir a tu propio hijo sin poder hacer nada por evitarlo.

—Eso a mí me suena a amenaza.

—¿Y le han contado también lo que me hicieron ellos a mí? Porque no dudaron en mandar un par de matones a mi casa y meternos el miedo en el cuerpo. Le puedo decir que no fueron nada diplomáticos. Si quiere saber qué es una amenaza, pregúnteles qué me dijeron.

—Me hago cargo, se lo aseguro.

—No, no lo hace. No ha estado en mi posición. Usted trabaja para ellos, así que no intente hacerse mi amigo. Está aquí para servirles. No sé ni por qué me molesto en hablar con usted —señaló, ahora visiblemente enfadado. El detective lo comprendía mejor de lo que él imaginaba.

—Señor Curtis, no intento hacerme amigo suyo.

Tengo un trabajo que hacer y no es otra cosa que averiguar quién mató a un niño inocente.

Trabajo para ellos, es cierto, pero de manera puntual y por una motivación muy clara: no me gusta que alguien por ahí vaya asesinando niños.

Entiendo su frustración y su rabia y, por supuesto, no me olvido de su dolor, que tiene que ser profundo.

No soy uno de ellos. Soy un hombre normal, como usted y como cualquiera de los que trabaja aquí.

Yo no vivo en la opulencia ni estoy hablando con usted para acusarle de nada.

Mi trabajo es seguir todas las pistas hasta que una de ellas me ponga en el camino correcto.

—Pues le aseguro que está muy desencaminado.

—Si así es, seguro que puede decirme dónde se encontraba usted cuando asesinaron al pequeño. Concretamente esto sucedió…

—No hace falta que me lo diga. Tengo una coartada sólida porque estuve en el hospital con mi hijo hasta que este falleció.

Cuando salía de allí, venía directo al trabajo.

Así día tras día. Hasta que no se pudo hacer nada más y falleció.

Ahí empezó nuestro maravilloso tour por las funerarias, el tanatorio y el cementerio.

No recuerdo la última vez que dormí más de cuatro horas seguidas.

Aunque hubiera tenido el tiempo de hacerle daño a ese niño, no habría tenido las fuerzas para llevar a cabo algo tan cruel.

Sería fácil de corroborar su coartada. Si decía la verdad, era improbable que hubiera podido llevarse a Harry Banks y mantenerlo más de una semana retenido. Aún así, tendría que investigar si los Curtis tenían algún sitio en el que pudieran haberlo tenido secuestrado.

Cuanto más vueltas le daba, más improbable le parecía. Aquella familia no tenía tiempo ni de respirar, debido a la situación que tenían.

—¿Sabe una cosa, señor Beckett? Me arrepiento de haber proferido aquellas amenazas vacías contra los Banks.

Perdí un tiempo precioso estando cabreado en lugar de disfrutarlo con mi hijo.

Él se merecía que su padre se mostrase alegre y que hiciese que sus últimos días de vida fueran felices y entrañables.

Pero no supe sobreponerme a la rabia y eso lo llevaré conmigo para siempre.