Su último aliento 20 Pesquisas
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20 Pesquisas

S e subió al coche decidido a dirigirse hacia el destino que le había proporcionado Madeleine Curtis, pero algo le detuvo. En última instancia, cambió de opinión y se dirigió al centro de Carmel. Tenía algo más importante que hacer antes de continuar con su investigación.

Llamó al timbre. No estaba seguro de que hubiera alguien en casa, aunque confiaba en que así fuera. Su sobrina ya habría salido del colegio, por lo que sospechaba que estarían ya de vuelta en el piso. Deseaba con todas sus fuerzas que así fuera. No podía posponer aquello ni un minuto más.

Se abrió la puerta y Tom procuró relajarse y mostrarse afable y cordial. Hubo un tiempo en que era algo que le salía natural. ¿Cómo es posible que la muerte pueda cambiarlo todo, incluso tu forma de ser?

—Hola, Marjorie. Sé que es un poco tarde para esto, pero he pensado que igual a Nicole le podía gustar esto que le he comprado.

La cara de sorpresa de su hermana hablaba por sí sola.

Estaba claro que no se esperaba su visita, mucho menos que se acordara de comprarle un detalle a su niña por su cumpleaños.

Poco importaba que hubieran pasado ya varios días desde entonces, ni que el regalo fuera poco apropiado para una niña de seis años.

Lo importante es que estaba allí. Sabía de sobra el esfuerzo que había hecho.

—Pasa, por favor, y dáselo tú mismo. Estoy segura de que le va a hacer una tremenda ilusión. Y ya que estás aquí, podías quedarte a comer con nosotras. Su padre hoy está de viaje, así que no nos vendrá mal tu compañía.

—Por supuesto. Me apetece muchísimo comer con las dos. Hace mucho que no compartimos un rato juntos.

Un par de horas después, retomó su investigación con el corazón un poco más lleno gracias al cariño de su hermana y su sobrina. Era inevitable en instantes así no plantearse si había tomado la decisión correcta aislándose del resto del mundo.

Se dirigió al desguace en el que trabajaba Daniel Curtis. Le extrañaba no haber recibido noticias todavía de Blasco. Lo normal era que no le hubiese llevado demasiado tiempo acceder a la información que le había solicitado. Tal vez se hubiera enfrentado a algún contratiempo.

Unos segundos después de abandonar este pensamiento, sonó el teléfono. Creyó que sería el policía, pero no fue así.

—Gracias por lo de hoy —le dijo su hermana nada más descolgar.

—No tienes por qué dármelas.

—Claro que sí. Sé lo que te cuesta y agradezco mucho que hayas hecho el esfuerzo.

Tu sobrina está encantada de que su tío preferido le haya comprado un regalo, pero sobre todo, está feliz por haber pasado un rato contigo.

Le has hecho mucho bien hoy. No sé si eres consciente de cuánto te quiere y lo importante que eres para ella, Tom.

Se hizo un breve silencio. Como en tantas ocasiones, el detective atravesó un momento de debilidad de esos en los que se decía a sí mismo que no tenía sentido continuar castigándose por algo de lo que él no era responsable.

Tenía derecho a una vida.

Tenía derecho a disfrutar.

Tenía derecho a ser feliz.

¿Por qué empeñarse en lo contrario?

Tal y como vino ese instante, se fue, y regresó su autoinfligida vida ascética. Decidió, hacía ya muchos años, que era a lo único que se merecía aspirar y se había mantenido firme en esa ilógica decisión que no satisfacía a nadie y que solo servía para hacerle desdichado.

En algunas ocasiones, los seres humanos demostramos ser los más irracionales que pueblan el planeta.

—Me alegró de que así sea. Es una niña estupenda, de verdad.

—Sí, lo es. No permitas que pasen meses otra vez antes de volverla a ver. Los críos crecen deprisa, Tom, y tú te estás perdiendo la infancia de tu sobrina. Cuando llegue la adolescencia, no te aseguro que sea tan receptiva como ahora. Ya sabes cómo se vuelven los críos a esa edad.

—Lo intentaré, Marjorie.

Ambos sabían que lo más seguro era que todo siguiera igual que hasta entonces. No tenía sentido alargar más la llamada. Estaba ya todo dicho.

Aparcó el coche en una explanada que había cerca del desguace. Se bajó del vehículo y, cuando se estaba encaminando hacia la entrada, sonó su móvil otra vez.

Esta vez sí era Blasco.

—No he podido llamarte antes. Button nos ha tenido entretenidos con tonterías. Parece que este hombre no entiende qué es hacer trabajo policial de verdad, del útil que salva vidas.

—Lo suponía. De vez en cuando, necesita reafirmarse y demostrar quién es el jefe allí. Supongo que es algo que le pasa a las personas inseguras, en especial si no son demasiado competentes. ¿Has encontrado algo?

—Nada. Pero hay que considerar que ha sido una primera búsqueda superficial. Ninguno tiene antecedentes penales, eso es lo que puedo decirte hasta el momento. Eddy y yo podemos intentar indagar en su pasado, quizá cuando eran unos chavales, a ver qué encontramos.

La referencia al otro policía provocó ciertas reticencias en Beckett. No obstante, era comprensible que Blasco compartiese la información con él. Al fin y al cabo, ambos estaban encargados de la investigación de ese caso.

—Está bien, aunque me imagino que actuaron movidos por la desesperación y es poco probable que encontréis algo relevante que no haya saltado ya en esta primera indagación.

Quedarte sin trabajo teniendo una familia que mantener es un evento muy estresante.

He estado hablando con la mujer de Daniel Curtis. Su hijo ha muerto. Estaba destrozada.

—Ahí tendríamos un posible motivo. Su crío muere porque le despiden y se niegan a ofrecerle cualquier tipo de ayuda. Imagino la rabia que ese hombre debió sentir. Debió estar dispuesto a todo.

—Puede ser. Estoy justo ahora en el desguace en el que trabaja. Espero poder hablar con él.

—¿Necesitas que vayamos a echarte una mano? —ofreció Jim Blasco.

—No, tranquilo. No creo que sea necesario. Solo quiero conversar con él de forma tranquila.

—Si la cosa se pone fea, me tienes en las últimas llamadas. No dudes en avisarme.

—Muchas gracias. Así lo haré.

Los coches apilados se veían repartidos por todo el desguace.

Muchos tenían la carrocería oxidada, lo que daba señales del tiempo que llevaban allí a la intemperie.

A Tom siempre le había llamado la atención el desorden y la impresión de abandono que transmitían estos sitios, algo por otra parte totalmente normal.

Sin embargo, al detective le producía una sensación de incomodidad que no podía negar. Era realmente deprimente.

A la entrada, había una caseta. Se dirigió directamente hacia allí para hablar con la persona que se encontraba dentro.