19 Primeros sospechosos
S entía un regusto amargo en su interior.
Tenía varios nombres que, sin lugar a dudas, iba a investigar, pero seguía con la impresión de que le ocultaban deliberadamente algo importante.
Le daba rabia que fuera así. Entendía que, quizá, para Render sus motivos eran relevantes, pero para Tom no había nada más importante que averiguar quién había asesinado al pequeño.
Lo primero que hizo fue llamar otra vez a Blasco.
Su instinto le decía que, de los dos agentes con los que habló el día anterior, este era del que más se podía fiar.
Le dio buenas vibraciones. Tuvo la impresión de que era transparente, que no ocultaba segundas intenciones.
Con Marckusen, no tuvo la misma sensación.
Percibió en él una desconfianza que no le agradó y provocaba en Tom, a su vez, una reacción similar.
Quizá era su mirada, además de que se abstuvo de hablar demasiado, cediéndole a su compañero la iniciativa.
Había algo que el detective no podía hacer sin la ayuda de la policía.
O, tal vez, sí podía hacerlo, pero gastando una ingente cantidad de tiempo que podría reducirse mucho acudiendo a la instancia adecuada.
Ese algo era conocer el posible historial delictivo de los nombres que le había facilitado el empresario.
No significaba que los descartase si estuvieran limpios, pero si alguno de ellos tenía ya cargos pendientes o se las había visto con la justicia por algún motivo, podrían encaramarse a los primeros puestos de la lista de hombres a entrevistar.
No era descabellado pensar que uno de ellos fuera el que se acercó a Agatha Banks y su hijo un par de años antes.
Marcó el número del policía, el cual respondió al tercer tono.
—Blasco, soy Tom Beckett. ¿Te pillo bien ahora o es un mal momento?
—Dame un minuto.
Beckett aguardó al teléfono. Lo más probable era que Button estuviera por allí cerca del policía y este no quisiera arriesgarse a que le oyera hablando con el detective.
No podía reprochárselo. Conocía de primera mano como se las gastaba el capitán.
Más le valía mantenerse alejado de su radar si no quería verse envuelto en problemas dentro de la comisaría.
Se escuchaba de fondo el ruido típico de la comisaría.
Bullicio de gente hablando, el sutil sonido de los teclados de los ordenadores, los teléfonos…
El recuerdo de su época en el cuerpo le asaltó sin esperarlo.
Fueron buenos tiempos, eso sin duda. Disfrutaba mucho de su trabajo, sentía que aportaba algo a la sociedad, que su labor era importante y que contribuía a hacer del mundo un lugar mejor.
Una punzada de nostalgia le asaltó.
No se dejó sugestionar por ella.
Su decisión de apartarse de la vida que llevaba antes de la muerte de su mujer la había tomado de manera firme y consciente. No tenía marcha atrás.
—Ya estoy contigo, Tom. ¿Qué pasa?
—He estado hablando con Timothy Render, la mano derecha de Gergory Banks.
—Sé quién es. Un tiburón de cuidado, por cierto.
—Sin duda. Es la misma impresión que yo tengo. Y eso me lleva a preguntarte si te suena si, en algún momento, hubo alguna investigación en torno a la fallida salida en bolsa de la que tanto se habló en los medios.
—Que yo sepa no. Me extrañaría que alguien estuviera con eso. ¿Por qué? ¿Crees que tiene que ver con el asesinato del crío?
—Probablemente no, pero me gustaría considerar todas las variables.
—Si me entero de algo, te lo cuento.
—Render me ha contado ciertas cosas interesantes acerca de unas cuantas amenazas que recibieron, algunas de las cuales iban dirigidas directamente contra la vida del pequeño.
—¡No jodas! ¿Y no se les ocurrió llamar a la policía? No me puedo creer que hayan sido tan imprudentes —se asombró Jim Blasco.
—Según parece, Gregory no estaba al tanto de ello. No sé qué opinaría al respecto ahora si se entera.
—Pues no creo que le haga ni la menor gracia. Independientemente de que esté o no relacionado con la muerte de su pequeño, supongo que le hubiera gustado estar al tanto.
—Eso seguro. Sin embargo, Timothy Render asegura que tomaron cartas en el asunto y que les quitaron las intenciones.
No dudo que lo hicieran con bastante éxito, pues debieron dejar las cosas bastante claras.
No obstante, me gustaría investigar si estos hombres que se atrevieron a llegar tan lejos como para realizar una amenaza tan explícita tienen antecedentes penales.
—Dímelos y lo investigo.
—Perfecto. Quiero hacerles hoy una visita, a ver si me da tiempo a hablar con todos ellos, aunque hay uno en especial que, según me ha contado, se mostró más beligerante y posiblemente sea al que visite en primer lugar. Salvo que tú encuentres algo que me indique lo contrario.
—No se hable más. Pásame los nombres. En cuanto tenga algo, te llamo. Procuraré darme prisa, salvo que me líen con otra cosa.
—Gracias, Blasco —dijo con sinceridad el detective.
—Ya imaginarás que nosotros también moveremos ficha si hay algo relevante. Es decir, te agradezco que compartas la información que has conseguido, pero es mi obligación hacer todo lo que esté en mi mano para hallar a este asesino.
—No esperaba menos. Lo esencial es que no dupliquemos trabajo y vayamos de la mano siempre que sea posible. Te aseguro que no pretendo llevarme el mérito de nada. Si sois vosotros los que dais con él, pues fenomenal porque acabará entre rejas que es donde tiene que estar.
Tom Beckett le había facilitado los datos de cuatro hombres que Timothy Render había señalado.
Robert Pearson, Carl Smith, Daniel Curtis y Jacob Livingston.
Sabía que Blasco podía tardar en devolverle la información, así que decidió hacer una visita a Daniel Curtis, que era precisamente sobre el que más habían estado hablando.
Parecía demasiado fácil, pero no por ello debía dejarlo a un lado.
A veces, lo que parece más evidente justamente lo es.
Desconocía si habría vuelto a encontrar trabajo tras el despido.
Tenía un teléfono de contacto, pero prefería ir directamente a visitarle para poder hablar con él cara a cara.
Si le llamaba, le pondría en alerta y cabía la posibilidad de que perdiese una oportunidad de oro.
Además, en persona podría apreciar su lenguaje corporal y sus gestos.
Cuando llegó a la dirección que le habían facilitado en la empresa, se encontró con una vivienda de planta baja en muy mal estado.
La residencia familiar no se encontraba en Carmel, si no fuera del término municipal, algo que no sorprendía al detective, teniendo en cuento que era una de las poblaciones con el precio del suelo más elevado.
De hecho, los precios del metro cuadrado allí, al tratarse de un mercado considerado de lujo, eran significativamente más altos que el promedio del resto del país.
Llamó a la puerta y esperó. En el interior había escuchado voces y ruidos que indicaban que había alguien dentro. No tardaron demasiado en acudir. Una mujer delgada y de poca estatura se asomó sin abrir totalmente. Tenía un aspecto demacrado.
—¿Qué desea?
—Buenos días. Mi nombre es Tom Beckett. Soy investigador privado —señaló Tom, mostrando sus credenciales—. Me gustaría hablar con Daniel Curtis. ¿Se encuentra en casa en estos momentos?
—Mi marido está trabajando.
La mujer se dispuso a cerrar la puerta.
—Espere, por favor. No sé dónde trabaja ahora mismo. ¿Qué le parece si me dice dónde puedo encontrarlo? —le preguntó, poniendo su mejor sonrisa—. De ese modo, me marcharé enseguida y la dejaré tranquila.
La mujer le miró con desconfianza.
—No me ha dicho por qué motivo quiere verle.
—Le prometo que no le robaré mucho tiempo. Solo necesito hacerle unas preguntas. Estoy investigando la muerte de Harry Banks.
A la mujer le cambió la cara. Tom enseguida imaginó que lo siguiente que haría sería intentar cerrar nuevamente la puerta.
No se equivocó.
El detective se adelantó poniendo la mano para evitar que lo hiciera. Acompañó el gesto de una sonrisa amable. No pretendía asustarla. Necesitaba su cooperación.
—Por favor, señora Curtis. No creo que su marido tenga nada que ver.
Pero necesito hablar con él para descartarlo.
Sé que realizó unas comunicaciones poco amigables tras el despido y, antes o después, puede que la policía llegué hasta él.
Creo que sería mejor que hable conmigo y poderle eliminar de la lista de posibles sospechosos.
Si lo hace, le aseguro que intercederé en su nombre.
Además, comprenderá que no haría bien mi trabajo si no hablara con él para conocer su versión de los hechos.
—Todo el mundo se preocupa por el hijo de los Banks porque son millonarios. ¿Quién se preocupó de nuestro niño? —señaló la mujer con una mezcla de rabia y tristeza.
—Yo me preocupo. Siento mucho lo sucedido.
No se imagina cuánto. Me pongo en su lugar y comprendo cómo se debieron sentir.
Pero su marido no tomó una buena decisión.
No debió proferir amenazas, por mucho que no pensara llevarlas a cabo en realidad.
Creo que eso no logró otra cosa que complicarles un poco más la vida.
Tom no tenía forma de saber si eso era cierto.
No conocía a Daniel Curtis y se estaba aventurando de manera un tanto imprudente con aquella afirmación.
Sin embargo, no se lo ocurrió un mejor modo en aquel instante de acercar posiciones con aquella mujer.
Necesitaba que compartiera el paradero de su marido y, para ello, mostrar un poco de empatía le pareció lo más adecuado.
—Sospecho que, por lo que ha dicho, su hijo no logró superar la enfermedad —insistió el detective, tratando de emplear una nueva estrategia. Por un lado, conectaba con ella a nivel emocional. Por otro, le mostraba que se había tomado su tiempo para averiguar lo que le pasó al crío.
Madeleine Curtis rompió a llorar. Aquello no hizo otra cosa que confirmar las sospechas de Tom Beckett.
Le pasó su pañuelo para que se secara las lágrimas.
A su mente acudió su disgustada hermana porque había olvidado el cumpleaños de su sobrina.
Tenía que hacer algo para remediarlo. Nada duele tanto como un hijo.
Debería mostrar mayor sensibilidad en el futuro. Su familia era lo único que le quedaba.
—No pudimos hacer nada. En esta vida, parece que todo lo decide el dinero. Tenía tan solo siete años. Es tan injusto que tuviera que morir.
Tom pensó en la cruel paradoja que suponía que el hijo de aquella mujer y el de los Banks hubieran fallecido a la misma edad, aunque por motivos bien diferentes, ambos realmente crueles.
Eso el dinero no lo había podido evitar.
—Lo siento, de verdad. Me imagino el calvario por el que habrán pasado —contestó de manera sincera el detective. Le dio unos segundos a la mujer antes de que continuase hablando.
—Mi marido no le hizo nada al hijo de esos señores. Daniel es un buen hombre. Actuó por pura desesperación. Y después se mostraron como perros de presa con él, como si fuera alguien despreciable, a pesar de que lo único que ha hecho en la vida es trabajar y cuidar de su familia.
—Estoy seguro de ello. Y por eso mismo me gustaría hablar con él. ¿Sería tan amable de decirme dónde trabaja en este momento? Me vendría muy bien localizarle.
—Está en el desguace que hay en la carretera del Valle de Carmel.