18 Motivo
N o les había costado lo más mínimo averiguar los datos de aquel hombre que había contactado con ellos de forma supuestamente anónima y lanzado una amenaza por pura desesperación.
Uno de sus hijos estaba gravemente enfermo y, al verse sin trabajo y sin seguro, la familia no podía afrontar los gastos del tratamiento médico que requería.
No tomó las suficientes precauciones para ocultar su identidad y, en cuanto estuvieron seguros de quién se trataba, dos de los hombres de la empresa encargada de la seguridad del holding de los Banks se presentó en su casa para darle un mensaje muy claro.
El problema es que no fue solo él quien había osado amenazar de algún modo a la empresa, aunque sí fue el único al que se le ocurrió dirigir su amenaza específicamente hacia el hijo de Gregory Banks.
Quizá supuso que era una forma de igualarlos a ambos, al magnate todopoderoso y al pobre trabajador que, en las antípodas en cuanto a su situación económica, sí eran iguales en lo tocante a la condición de padres: a los dos les dolería por igual un hijo.
Porque un hijo duele sin importar el dinero que tengas en el banco o la posición social que ocupes.
Render no estaba al tanto de qué había sido de aquel hombre y su familia.
Tampoco parecía importarle lo más mínimo.
A Tom Beckett le asqueó su falta de humanidad.
A una empresa con tanto capital no le habría costado realmente nada hacer una excepción y ayudar a uno de sus trabajadores en un momento tan complicado de su vida.
Eran razones por humanidad, ni más ni menos, pero quedaba claro que esa no era una de las características que definían a la empresa.
Ni tampoco a las personas que estaban al frente de ella.
—El mensaje le quedó claro, que es lo importante —defendió Timothy Render de manera estoica y sin la menor afectación—.
Puede que usted no comparta nuestro modo de hacer las cosas, detective Beckett, pero en nuestra posición debemos mostrarnos firmes.
No podemos demostrar debilidad ni permitir que cualquiera crea que puede manipularnos o forzarnos a hacer algo que no consideramos adecuado.
Si cedemos a las amenazas, tanto los trabajadores como la competencia nos verían débiles.
Y le aseguro que esa es una imagen que no queremos promover.
—Humanidad no es sinónimo de debilidad, señor Render. A veces, mostrarse más humanos es, en realidad, una seña de valentía. Pero ustedes eligieron usar la fuerza.
—Él lo provocó. Eligió el camino equivocado y tuvo una respuesta acorde a su acción. No hemos vuelto a saber de él. Por otra parte, detective, que yo sepa, no se encuentra usted aquí para que debatamos sobre moral o si nuestra manera de actuar es o no procedente. Su labor es otra.
El tono de la conversación se había elevado de forma casi inevitable al tener ambos hombres formas de pensar tan contrapuestas.
—Tiene razón. No estoy aquí por eso, sino para investigar un crimen. Por eso necesito que me pasen la información de contacto de ese hombre. Como mínimo, necesitaría su nombre y apellidos, aunque me vendría muy bien también su dirección para agilizar mi trabajo —solicitó en tono firme.
—No hay inconveniente —concedió el directivo.
Tom presintió, de pronto, que el empresario estaba manipulándole en cierta manera.
Había logrado que centrase su atención en solo un nombre.
Sin embargo, al principio le había hablado de diferentes amenazas, pero no había mencionado más.
Se había quedado ahí, confiando en que no hiciera más preguntas.
—Una cosa más, señor Render. Al principio ha hablado de más casos similares. Supongo que podrá ofrecerme datos o algún tipo de información al respecto.
—Sí, así es, aunque no eran tan beligerantes como este. Puedo pasarle también los nombres y apellidos si lo desea.
—Se lo agradecería.
Seguía manipulándole. Esa sensación no cesaba de crecer en su interior.
¿Qué intentaba camuflar bajo esos nombres?
Debía haber algo turbio que no quería que saliera a la luz.
Tal vez estaban en tratos con gente poco recomendable y estos les estaban metiendo miedo.
Sonaba demasiado novelesco, pero era posible que hubiera algo escondido que Timothy Render estuviera tratando e tapar por encima de todo.
—Me gustaría hablar con más personal de la empresa. Nunca se sabe lo que puede aportar cada uno. A veces, en las nimiedades que casi pasan desapercibidas, se esconde la clave. Supongo que no habrá inconveniente en que mantenga una conversación con otros.
—No, por supuesto —respondió el empresario de manera escueta.
—Y estaba pensando algo un poco loco, ¿sabe?
Timothy Render le miró con desconfianza otra vez. Estaba bastante claro que no le gustaba lo más mínimo el detective. Posiblemente lo veía como una posible amenaza para el buen nombre de la empresa si a este le daba por indagar en lo que no debía.
—Sorpréndame, señor Beckett.
Mostró una sonrisa sibilina de dientes perfectos, con un tono de un blanco radiante. Se notaba que era un hombre que cuidaba su aspecto.
—Se me ha pasado por la cabeza la disparatada idea de que está intentando desviar mi atención hacia personas concretas —soltó encogiéndose de hombros, como si tal cosa.
—Es exactamente lo que usted me pidió desde el principio. A eso es a lo que se suele llamar cooperar, ¿no le parece? —respondió con un deje sarcástico que no se le escapó a Tom Beckett.
—Cierto, cierto. Sin embargo, empiezo a pensar en que puede que aquí haya algo más gordo. No sé, serán mis años de investigador, que ya me hacen desconfiar de todo. Supongo que me han intentado engañar demasiadas veces como para creerme lo que me cuentan sin hacerme preguntas.
—Lamento que sea esa su experiencia. En mi caso, debo confesarle que, efectivamente, ve cosas donde no las hay, señor Beckett.
Creía que los detectives se basaban en datos sólidos y no solo en hipótesis sin fundamento.
Sospecho que me equivoqué. Quizá sobrevaloré su valía por lo que había oído decir de usted —observó de forma claramente malintencionada.
—Bueno, ya sabe que las corazonadas hay que escucharlas de vez en cuando. No pueden dejarse pasar sin más, porque pueden esconder una verdad importante, por incómoda que esta sea.
—Sí, pero si uno se deja engañar por ellas y acaban dirigiendo sus teorías, lo más probable es que le conduzcan a errores garrafales. No creo que eso quede bien en su currículo. Ya sabe que soy un estratega. Admítame este consejo como amigo.
No debía caer en la provocación. Estaban caminando sobre un fino alambre y Tom era quien tenía las de perder. Tenía que ser más listo.
—¿Qué pasó con su fallida salida a bolsa? —disparó de repente, cambiando bruscamente de tema.
El gesto del empresario se contrajo levemente. Apenas sería percibido por cualquiera, pero el investigador privado estaba acostumbrado a observar las expresiones de la gente, por mínimas que estas fueran.
—Eso ya lo sabe. Seguro que lo vio en las noticias. Por suerte, ya nos hemos recuperado de aquello. No hay mal que cien años dure, como se suele decir.
—Sí, por suerte. Aun así, me gustaría conocer los entresijos de los movimientos posteriores.
—No veo la relevancia que esto puede tener en el caso del asesinato de nuestro querido Harry.
—Tampoco tiene usted que verlo. El detective soy yo —zanjó de manera cortante.
—Y yo soy el encargado de velar por los intereses de la empresa y no veo por qué motivo un detective tiene que meter las narices en nuestra forma de gestionar las crisis financieras puntuales. No es un tema que le competa en absoluto.
—Le recuerdo que Gregory Banks le ha pedido que me dé acceso a la información que le pida.
—Greg está ahora en un instante frágil. Estoy seguro de que, en cualquier otro momento, me daría la razón sobre este parecer.
—Entonces, ¿prefiere que me vaya con sospechas y que empiece a remover todo lo que crea oportuno? Le aseguro que lo haré hasta que me quede tranquilo de que aquello no implicó a gente indeseable que pudo querer cobrarse los favores.
—Creo que tiene demasiada imaginación, detective. Las cosas en la vida real suelen ser mucho más sencillas.
—Sí, hasta que un niño es brutalmente asesinado y abandonado cerca de la casa de sus padres para que estos sean conscientes de que no han podido protegerle.
Se miraron durante unos segundos.
—Siento que no lleguemos en esto a un acuerdo, señor mío. No puedo dedicarle más tiempo. Mi secretaria le enseñará la salida.
—No es necesario. Creo que podré encontrarla yo solo.