Su último aliento 17 Estupor
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17 Estupor

C uando el detective abandonó el despacho del empresario, tenía el estómago realmente revuelto.

No comprendía cómo se podía tener tan poca humanidad.

Timothy Render había antepuesto, en primera instancia, el dinero sobre la vida de un niño.

Esa constituía su mayor preocupación, proteger la empresa menospreciando la vida de un crío pequeño.

Era como si la escala de valores que rige nuestra sociedad hubiera perdido la cordura.

Sintió ganas de gritar. Algo dentro de él le pedía que sacara la rabia que tenía dentro, que no se guardase nada, que regresara al despacho de aquel maldito ser avaricioso y le dejase claro lo que pensaba en realidad de todo aquello.

Por el contrario, una vez que la mano derecha de Gregory Banks le narró todo lo que necesitaba saber, abandonó la empresa de manera estoica, mostrándose recatado y demostrando una exquisita educación, a pesar de que el cuerpo le pedía otra cosa.

Pensaba que las personas ricas y poderosas en realidad son unos pobres desgraciados.

Enfermos como están de soberbia y avaricia, en realidad se rodean de tiburones dispuestos a robarles hasta el alma si es necesario, a cambio de sacar el máximo beneficio.

No hay ningún tipo de humanidad en los negocios. Solo hay codicia y mezquindad.

Render era el hombre de máxima confianza de Gregory Banks y le había traicionado de la peor manera, incluso después de conocer la noticia del asesinato de su hijo.

En ningún momento se había planteado compartir aquella información con el magnate, mucho menos con la policía.

Había decidido unilateralmente que no era relevante y que era mucho más importante mantener su buen nombre a salvo.

Si no hubiese insistido Tom, quizá nunca se hubiese sabido nada al respecto.

Quedaba por comprobar hasta qué punto sería relevante en el asesinato de Harry Banks.

Un par de años atrás, una de las empresas subsidiarias del grupo dedicada a las energías renovables había sufrido un catastrófico lanzamiento a bolsa que había hecho temblar hasta los cimientos del holding .

Mucha gente había perdido importantes cantidades de dinero y, por si eso fuera poco, como medida de recuperación, el comité ejecutivo decidió llevar a cabo despidos masivos con el fin de reducir los gastos hasta que se recuperase el volumen de negocio.

El problema estaba en que, la promesa de recontratación no era más que una argucia para limitar las protestas y demandas, llegando así a acuerdos con un buen número de trabajadores que creyeron que, si se conformaban con las migajas, recuperarían su empleo a corto o medio plazo, en cuanto la situación de la empresa mejorara.

No se dieron cuenta de que no puedes creer lo que te dice el lobo y menos si este promete que no te va a comer.

Hasta la fecha, la promesa no se había cumplido y no tenía visos de cambiar.

En realidad, eran los menos los que recuperaron su puesto cuando la situación mejoró.

Muchas personas, atadas de pies y manos por un documento vinculante en el que se comprometían a no demandar a la empresa y que aceptaban los términos que les ofrecían, en su desesperación decidieron tomar otro tipo de medidas.

Pero no era en esto concretamente en lo que pensaba Tom en aquel preciso instante. Lo que realmente le carcomía por dentro y le impedía salir de su estupor inicial era el hecho de que Timothy Render pudiera tener pistas relevantes acerca del responsable del asesinato de Harry Banks.

Habían recibido distintas y variadas amenazas a través de correos electrónicos, de llamadas y, en menor medida, de cartas.

Algunas de estas comunicaciones habían sido especialmente graves, pero Render decidió que no podrían ir demasiado lejos, ya que la familia y él mismo contaban con un equipo de seguridad personal que les mantendría a salvo si la amenaza se tornase más real.

—¿Me está diciendo que en una de aquellas cartas, un remitente anónimo decía explícitamente que se planteaba incluso arrebatarle la vida al hijo de los Banks? —preguntó sin salir de su asombro, cortando lo que le estaba relatando en aquel instante.

Sabía que no era lo más inteligente hacerlo. Era consciente de que tenía que dejarlo hablar, interrumpiéndole lo menos posible, pero es que le resultaba inaudito que no hubiese compartido aquella información con nadie hasta el momento.

—Insisto, detective, que aquí nos enfrentamos a comunicaciones verdaderamente enfermizas casi a diario. Hay mucha gente que, por diversos motivos, no nos tiene aprecio exactamente —se defendió el empresario al ver el gesto del investigador.

Tom Beckett respiró hondo. Necesitaba que sus pulsaciones bajaran, puesto que se habían disparado por la rabia y la impotencia que sentía. Eso no era funcional para su trabajo. Debía estar tranquilo, y además parecerlo, para conseguir la mayor cantidad de datos posible.

—Continúe, por favor.

—Como le iba diciendo, en aquellas cartas, decía que estaba dispuesto a hacer lo que fuera preciso si no recuperaba su dinero.

Si el tiempo pasaba y no le ofrecíamos soluciones convincentes, iría a por lo que más nos importase a cada uno.

Como ejemplo, mandó una foto de Agatha y su hijo, pero era una foto que podía haber sacado de una publicación en prensa o en internet.

Por eso tampoco le dimos mayor credibilidad.

—¿Y en qué momento pasó a especificar esas acciones?

—Cuando uno de nuestros abogados preparó una respuesta para él. Tenía un apartado de correos al que podíamos enviar nuestra respuesta. En concreto, le detallaron la demanda que iban a interponer si no se retractaba.

—Pero no lo hizo.

—No, fue a más. Fue cuando dijo que, si seguían sin hacer caso a sus peticiones, acabaría con la vida del hijo de Gregory Banks si ese era el único lenguaje que comprendíamos.

Aquello era de una gravedad extrema. El detective no alcanzaba a comprender por qué motivo no pusieron al tanto a los padres del crío.

La indignación se leía con claridad en su cara.

Por mucho que intentara controlarse, en su rostro salían subtítulos que transmitían con claridad su opinión al respecto.

Volvió a respirar hondo.

—Señor Beckett, no imagina cuántas veces he recibido yo personalmente amenazas de lo más variopintas y ninguna de ellas ha ido a más —explicó, casi ofendido al ver la expresión del detective—.

Esto forma parte del pan nuestro de cada día, lo crea o no.

Lo evalué con nuestro jefe de seguridad y, aunque mostró alguna reticencia, al final estuvo de acuerdo conmigo en que aquellas amenazas resultaban un tanto desesperadas.

Era una forma de presionarnos y tratar de llevarnos al límite.

No cedemos ante chantajistas. Había que dejárselo claro.

Entonces una idea pasó por la mente de Tom.

Le extrañaba que se hubieran conformado con aquello y no hubieran respondido en forma alguna.

No, definitivamente Timothy Render no era de los que se quedaba indiferente ante acciones como aquella.

Estaba convencido de que hubo una contestación acorde a la amenaza recibida.

—¿Qué hicieron entonces, señor Render? Le ruego que cuente toda la verdad esta vez, por favor. Porque dice que no se lo contó al señor Banks, pero estoy seguro de que tampoco lo dejarían estar sin más. Sinceramente, no creo que ese sea su estilo.

El empresario se irguió, estirando su espalda. Miró hacia abajo y, con su mano derecha, retiró una inexistente mota de polvo que solo veía él en su pantalón. Su pose transmitía tal frialdad, que el propio Tom sintió que la temperatura de la habitación había bajado varios grados.

—Como usted comprenderá, señor Beckett, no podíamos tolerar una amenaza de esa consideración sin más.

No está bien que la gente piense que se puede tomar la justicia por su mano o que tiene el derecho a amedrentar a los demás, por el simple hecho de no haber sabido gestionar sus recursos debidamente.

Cada uno debe hacerse cargo de su incompetencia y sus malas decisiones.

El detective creyó que no sería capaz de aguantar mucho más tiempo allí.

Aquella situación le repugnaba. Ese hombre era detestable.

Daba argumentos que cualquier ser humano vería que no estaban justificados en absoluto.

Pero él se creía en posesión de la verdad.

Convencerlo de lo contrario era tarea imposible.

—¿Qué hicieron? Deje de darme evasivas.

—Lo que estimamos necesario. Es importante transmitir los mensajes con claridad. No podemos permitir que crean que pueden doblegarnos. Supongo que entenderá lo que le digo.

Por supuesto que lo comprendía.

Tom Beckett sintió náuseas.