15 Timothy Render
S us sospechas se hicieron añicos a la primera. En cuanto dio su nombre, le instaron a que se dirigiera a la última planta donde Timothy Render tenía su despacho. Allí le tocaría esperar, pero procurarían que fuera el menor tiempo posible.
Dicho y hecho.
Cuando apenas llevaba sentado unos cinco minutos en un cómodo sillón, le invitaron a pasar. Se sorprendió gratamente ante tanta diligencia. Estaba siendo mucho más sencillo de lo que había imaginado. Parecía evidente que Gregory Banks había dado instrucciones para que le facilitaran el trabajo.
Era de agradecer.
No en vano, eso justamente debía ser lo normal.
Si el empresario estaba realmente interesado en encontrar al responsable de la muerte de su hijo, haría lo imposible porque todo el mundo mostrase buena disposición a ayudar.
No obstante, Beckett ya se había encontrado en demasiadas ocasiones con reticencias aparentemente absurdas que, al final, tenían su justificación.
A los ricos no les solía gustar que los detectives metieran las narices en sus asuntos, en especial si tenían algo que ocultar, o había algún aspecto del que se avergonzasen en particular y no quisieran que nadie pudiera enterarse.
Temas que, en muchas ocasiones, nada tenían que ver con las actividades empresariales o personales de la persona que le contrataba, acababan destapando aquello que precisamente intentaba ocultar.
Timothy Render era un hombre que aparentaba una agilidad física y mental no demasiado habitual a su edad.
Sus movimientos fluidos y ligeros, indicaban que se mantenía en buena forma física.
Su fuerte apretón de manos no hacía más que ratificar esa imagen que mostraba.
Se notaba que era un hombre seguro de sí mismo, acostumbrado a codearse con personas de éxito.
Tenía el aire de los triunfadores, a pesar que de que él no fuera el dueño de la empresa.
Sin embargo, algo le decía a Tom Beckett que posiblemente era Render quien tomaba las decisiones importantes.
O como mínimo, no se tomaban sin consultarle primero.
—Detective Beckett, espero no haberle hecho esperar demasiado —le dijo al saludarle, mostrando una amabilidad bien fingida.
Estaba seguro de que no le agradarían demasiado las interrupciones a un hombre tan ocupado como aquel—.
Estaba en medio de una conversación importante y no he podido terminar antes. Espero que me perdone.
—No hay nada que perdonar, señor Render. En realidad, apenas han sido unos minutos. De hecho, le agradezco que me haya hecho un hueco, en especial sin haber pedido cita previamente.
El otro asintió y restó importancia con un leve gesto de su mano.
—Estupendo entonces. ¿Le apetece tomar algo? ¿Un café o una infusión? ¿Un refresco? ¿Algo más fuerte y espiritoso quizá? —invitó, tratando de mostrarse cercano y amigable.
—Estoy bien así. Gracias.
—Pues dígame en qué puedo ayudarle —dijo al tiempo que se sentaba e invitaba al detective a que hiciera lo propio.
Su despacho era amplio y casi diáfano, salvo por el mobiliario imprescindible, el cual era elegante y de calidad. Aquello también hablaba de su personalidad. A Timothy Render no le gustaban los adornos innecesarios. Era un hombre pragmático con preferencia por lo funcional.
—Supongo que ya sabrá que estoy investigando la desgraciada muerte del hijo de los Banks.
—Sí, el pequeño Harry —suspiró afligido—.
Era un crío adorable. Estamos todos conmocionados por lo sucedido Espero que encuentren al responsable y le den su merecido.
Yo tengo tres nietos, ¿sabe? Uno de ellos de la misma edad.
No me imagino el dolor que tienen que estar sintiendo ahora mismo Greg y Agatha.
La muerte de un hijo es lo más doloroso que puede experimentar un ser humano.
—Sin duda estamos de acuerdo en ello. Por eso necesito indagar acerca de los motivos que llevaron al asesino a cometer tamaña atrocidad.
—Pues no sé en qué puedo servirle, detective, pues ese no es mi campo. Yo de psicología sé poco como para aventurarme a sugerir razones para dicha barbarie. A mí me resulta inconcebible, como supongo que le sucederá a la mayoría. No veo en qué voy a poder ser de ayuda, la verdad.
—En realidad, de mucha. Usted ha estado trabajando para la familia desde hace varias décadas.
No creo que haya nadie que conozca mejor esta empresa que usted.
Igualmente, estoy convencido de que tiene acceso a información que otros desconocen.
Además, un hombre de su agudeza intelectual, seguro que conoce datos relevantes para mi investigación, incluso aunque usted no lo crea.
—Me halaga con sus palabras y espero que tenga razón. Si es así, adelante, pregunte todo lo que necesite saber.
Tom estudió la expresión del Timothy Render.
Intentaba desentrañar si esa buena disposición a colaborar era impostada o real.
Sospechaba que no le interesaba mostrarse displicente, puesto que al fin y al cabo, era el hijo de su jefe el que había sido brutalmente asesinado.
Aún así, de ahí a colaborar abiertamente, podía haber un trecho si el detective le hacía alguna pregunta comprometida.
—Lo primero que quisiera preguntarle es si, en algún momento, Gregory o Agatha le comentaron si había alguien del servicio de la casa que no les diese buena espina.
O quizá, que hicieran algún comentario sobre alguna persona que estuvieran pensando en prescindir de sus servicios por alguna conducta impropia o cualquier otra justificación.
—En diferentes ocasiones se han visto obligados a reprender o incluso prescindir de los servicios de más de uno.
Los motivos han sido de lo más variopinto: porque les han pillado llevándose algo de la casa, por conductas impropias con otros miembros del personal, por discusiones fuera de tono…
Muchos motivos distintos. Son muy rigurosos en cuanto al comportamiento que esperan de sus trabajadores.
No obstante, no me ha comentado nada al respecto en los últimos tiempos.
Creo que ya hace bastante tiempo que están satisfechos con la gente que tienen trabajando allí ahora.
—Entiendo —observó el detective, mientras tomaba notas.
—Quizá es mejor que esto se lo pregunte a Greg o a su esposa directamente. Yo solo puedo ofrecerle información de segunda mano.
—Sí, ya lo he hecho. Siempre está bien preguntar a cuantas más personas mejor, por si recuerdan datos que a otros se les olvidan o no les parecen relevantes. En cualquier caso, la policía ya los descartó cuando secuestraron al crío, pero quería conocer su opinión de todos modos.
—Pues es todo lo que puedo decirle.
Tom Beckett decidió cambiar de tercio y enfocar las preguntas en otra dirección.
—Debido a la posición social que ocupa la familia Banks, es fácil pensar que puede haber quien sienta envidia y animadversión hacia ellos.
Estoy convencido de que, a lo largo de los años, se habrán enfrentado a todo tipo de situaciones.
Me preguntaba si a usted le viene a la mente algún nombre en particular de alguien que pudiera mostrarse frontalmente hostil.
Quizá se le ocurra alguien que haya demostrado un odio visceral en el presente o en el pasado hacia cualquiera de los Banks.
El señor Render parecía estar reflexionando sobre ello. Hacía tanto que formaba parte del engranaje de esa gran empresa, que cabía esperar que, si intentaba repasar el pasado de forma minuciosa, podría llevarle un tiempo considerable.
—Verá, no es fácil responder a bote pronto a una cuestión como esta.
Una cosa es estar en desacuerdo con los Banks, con sus empresas o demostrar cierto rechazo por la familia.
Obviamente, esos casos pueden contarse por decenas posiblemente, si no más.
Pero estamos hablando de palabras mayores.
Matar a su hijo va mucho más allá de una rencilla o el odio motivado por algo económico, por ejemplo. Eso requiere mucha inquina.
—Se sorprendería por qué razones puede matar un ser humano a otro. Aunque sospecho que ya conoce los motivos principales que suelen barajarse.
—Supongo que la venganza, motivos pasionales o económicos.
—Exacto. Esos tres principalmente, pero hay otros crímenes que no parecen siquiera responder a motivación alguna y, sin embargo, en la mente de un asesino están justificados.
Pero no he venido hasta aquí para discutir sobre ello ni hablar de criminología.
Estoy seguro de que es un hombre muy ocupado.
Por eso, reitero mi pregunta, señor Render.
¿Se le ocurre algún nombre o nombres de quienes pudieran tener algo en contra de los Banks?
Puede que haya una persona en particular que pareciera tener intención de actuar en algún sentido para perjudicarles.
—Dicho así, detective Beckett, la lista podría ser muy larga.
Como en todas empresas, tenemos trabajadores descontentos, en especial si han perdido su trabajo o se sienten agraviados por algún motivo.
También hay clientes que no han quedado plenamente satisfechos con el producto que han adquirido, o aquellos que han perdido dinero en bolsa y nos responsabilizan de ello.
¿Se puede hacer a la idea de la cantidad de nombres que se podrían contemplar teniendo en cuenta las más variopintas circunstancias?
—Sí, me hago cargo y confío en que mis compañeros de la policía de Carmel lo investiguen.
Yo no puedo permitirme ese volumen de trabajo, como ya se imaginará.
Supongo que les pedirán registros de trabajadores despedidos o de quejas que hayan recibido.
Una vez les faciliten los datos, procederán a interrogarlos uno a uno.
Esa es una labor a la que yo no puedo dedicarme, porque pasarían meses e incluso años hasta que hablase con todos.
Yo quiero afinar más. Si no, no estaría aquí.
Puede que no me haya explicado con suficiente claridad.
Estoy convencido de que tiene que haber alguien que, en un momento u otro, haya destacado sobre el resto por la forma en la que ha mostrado su descontento.
Alguien que dio la impresión de que tenía en mente hacer algo malo de verdad.
Tom estaba seguro de que Timothy Render estaba pensando en alguna persona en concreto. A pesar de que, con su expresión hermética, intentaba ocultarlo, al detective le dio la sensación de que había dado en el clavo.
De lo que no estaba tan seguro era de que quisiera compartirlo con él.
¿Qué podría estar escondiendo?
¿Qué sería tan importante que valiera más que la vida de un niño?