Su último aliento 13 Forense
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13 Forense

S e citó con Allan Parker a primera hora de la mañana.

Sabía que el forense solía acudir muy temprano a su trabajo, así que aprovechó tal circunstancia para reunirse con él antes de que al capitán Button le diera tiempo a saber de su presencia en las instalaciones del Instituto Anatómico Forense del condado.

—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Allan, al ver las profundas ojeras que lucía el detective aquella mañana. Era evidente que le faltaban horas de sueño. Se abstuvo de hablarle de su aspecto y de darle consejos a los que sabía que no haría ni el menor caso.

—Ha sido una noche dura. No he dormido demasiado, pero por lo demás, no lo llevo mal, tranquilo —mintió—. ¿Qué puedes contarme hasta el momento?

—Directo al grano, Tom. Hay cosas que nunca cambian —manifestó el galeno, aunque sin rastro de acritud.

Beckett se encogió de hombros por toda respuesta.

El médico conocía perfectamente sus motivos.

No quería enfrentar sus sentimientos ni reconocerlo delante de nadie.

Detestaba mostrarse débil y no le gustaba hablar de sus emociones, en especial desde que su mujer falleció.

El doctor Parker ya lo había intentado muchas veces sin éxito.

Sabía que no era quien para hacer terapia con su amigo, simplemente buscaba que se desahogase y sacase lo que llevaba dentro, eso que tanto daño le hacía.

En demasiadas ocasiones comprobó ya lo difícil que era penetrar esa hermética coraza.

No merecía la pena. Si alguna vez mostraba síntomas de que era el momento de hacerlo, utilizaría la oportunidad sin dudarlo.

—Ya sabes que me gusta aprovechar el tiempo —se excusó, encogiéndose de hombros. Con su respuesta, no hizo otra cosa que confirmar las sospechas del médico. Tom Beckett intentaba evitar cualquier tipo de conversación incómoda. Estaba allí por un objetivo y no iba a permitir distracciones.

—Bueno, empezaré por las buenas noticias. Por suerte, no tenemos indicios de ningún tipo de agresión sexual.

—Es un alivio, desde luego. Y puede que descarte a un buen número de posibles sospechosos. Si el motivo sexual no está detrás de esto, tenemos que buscar otras razones para hacer algo tan atroz.

—Eso ya es cosa vuestra. Yo tan solo soy un patólogo, nada más.

—¿Has encontrado algún rastro en la ropa del niño?

—Sí, varias cosas que he embolsado debidamente para que las analicen en el laboratorio.

—¿Podrías darme un adelanto?

—Por supuesto. Es más, te las voy a enseñar, aunque me arriesgue a que Benjamin me meta en su lista negra si se entera de que te he mostrado esto a ti antes que a él o a su equipo.

—No veo que haya madrugado tanto como yo ni que esté aquí buscando resultados.

Igual no tiene tanto interés en resolver el caso como en ayudar al alcalde en su campaña electoral, aunque debería saber que ambos objetivos pueden ir unidos.

Además, no te preocupes por ello. Parece que no es demasiado popular en la comisaría.

Hay un par de polis que están dispuestos a ayudarme y solo porque saben que su capitán no me aguanta.

—Les gustará cabrearle —contestó Parker sonriendo—. Creo que es un deporte popular en la comisaría de Carmel. Bueno, y en otros estamentos también. No es un tipo que suela caer bien.

—Eso parece. ¿Qué me cuentas entonces de esas muestras? —preguntó encauzando nuevamente la conversación.

—Por un lado, tenemos un polvo negro bastante extraño. Desde luego, dudo mucho que sea de esta zona, salvo que no sea natural y se corresponda con algún elemento de construcción.

—¿Podrían ser cenizas, por ejemplo?

—Podrían ser, pero no puedo decirte. Prefiero no jugar a ser adivino. Este no es mi campo. Los científicos te lo dirán. Ya les he enviado las muestras para que las analicen en el laboratorio.

El detective no tenía muy claro que fueran a decirle nada, pero se ahorró el comentario.

—¿Qué más tienes?

—Las marcas de ligaduras que tenía el niño no eran las únicas señales de violencia.

El crío recibió numerosos golpes por todo el cuerpo.

Por si esto fuera poco, ya viste el estado de la piel del pequeño en el escenario del crimen.

Mostraba una clarísima deshidratación. El estómago también estaba vacío. Debía llevar bastantes horas sin comer.

—O incluso días.

—Podría ser. Si no le hubiera rajado el cuello, habría terminado por morir de hambre y sed.

A Tom Beckett se le revolvió el estómago. La maldad en sí le resultaba incomprensible, pero aplicada contra la infancia era algo absolutamente inhumano. Aprovechar la vulnerabilidad de otro ser humano, además, era una muestra de cobardía.

—¡Maldito psicópata! ¿Cómo se puede ser tan cruel con un niño? —espetó con rabia, tratando de compartir su indignación y su incomprensión con el médico.

—No intentes entender algo que no tiene sentido. Solo mentes trastornadas son capaces de algo así. Después de tantos años, ya deberías saberlo.

—No estoy del todo de acuerdo. A veces, hay personas totalmente cuerdas detrás de actos deleznables, pero están llenas de maldad y disfrutan viendo sufrir a otros.

—Enfócalo cómo quieras, pero para mí sigue siendo un síntoma de algún tipo de trastorno, aunque médicamente no se le pueda poner un nombre.

Tal vez, esa forma de ver las cosas le proporcionase algún tipo de consuelo al médico, ya que aceptar esa maldad en otro ser humano resultaba bastante difícil de digerir.

Tenían diferentes perspectivas, a pesar de que estaban de acuerdo en lo básico: solo alguien con una tendencia maligna podría hacer algo semejante.