Su último aliento 12 Pesadilla
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12 Pesadilla

C uando llegó a casa, le aguardaba una sorpresa, aunque en realidad no debería ser tal.

No era la primera vez que sucedía. Su desidia solía conducir a situaciones como aquella.

Desde luego, en esta ocasión, Tom había hecho méritos para ello.

En cuanto bajó del coche, la vio con cara de pocos amigos.

Le esperaba una conversación incómoda como tantas en el pasado.

No podía hacerse una idea del tiempo que llevaría aguardando su llegada, pero intuía que su cabreo era directamente proporcional a la espera.

—Me alegra ver que sigues vivo. Empezaba a dudarlo, ¿sabes? —los ojos de su hermana brillaban envueltos en una bruma húmeda. Se sentía frustrada y dolida.

—Lo siento, Marjorie. He estado muy liado.

—¿Tanto como para no enviar ni siquiera un triste mensaje después de ver mis trescientas llamadas perdidas?

¿No pensaste ni por un segundo que podía necesitarte, que quizá estaba ocurriendo algo grave, Tom?

—preguntó con la voz a punto de quebrársele—.

No, supongo que no, porque estabas muy liado y no tenías tiempo para tu familia.

La expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas.

Estaba enfadada y mucho. Y estaba decepcionada, eso también.

Le había dado motivos más que suficientes para ello.

Y no era la primera vez. Casi podría decirse que era lo tónica habitual en los últimos años.

A veces, le daban ganas de rendirse y dejarlo atrás, pero le quería demasiado.

Seguía sin comprender que Tom prefería alejarse de todo y de todos. Ni lo comprendía ni quería hacerlo.

—¿Pero qué coño te pasa? —continuó sin darle oportunidad de responder—. Eres un egoísta. Solo piensas en ti, nada más. Deberías dejar de mirarte tanto el ombligo, ¿sabes? No eres el único en este mundo que lo pasa mal.

—Ya hemos hablado de esto muchas veces. No sé para que insistes —respondió el detective con gesto de hastío.

Ella le miró con los ojos como platos. No salía de su asombro. Definitivamente, le daban ganas de olvidarse de que existía. Posiblemente sería más feliz si lo lograba y dejaba de preocuparse por su hermano. Al fin y al cabo, él no demostraba ningún interés por ella ni por su familia.

—No, tienes razón. La verdad es que no sé para qué insisto.

Lo que pasa es que esta vez has borrado de tu memoria hasta el cumpleaños de tu sobrina.

Sam estaba esperando ilusionada que al menos su tío la llamase para felicitarla.

No entiendo por qué te quiere tanto, cuando ella no significa nada para ti.

Le dolió. No era verdad que la niña no significase nada para él.

Todo lo contrario. La quería con locura, pero también era un reflejo de lo que no podía tener.

Era una contradicción que no sabía gestionar.

Su sobrina era lo que más quería pero, a la vez, era un recordatorio vivo de las oportunidades perdidas.

Quería estar presente para ella, pero no sabía cómo hacerlo.

—Lo siento muchísimo, Marjorie, de verdad. Tienes razón. Lo olvidé por completo. Estoy con un caso que me tiene totalmente abstraído y… Te prometo que lo arreglaré —le aseguró compungido.

—Más te vale que lo hagas. Si no, te juro que te lo haré pagar muy caro.

Mi hija no tiene la culpa de tus mierdas, Tom.

Recuérdalo la próxima vez que decidas ignorarla —le dijo, muy cerca de su cara—.

Los demás ya nos hemos acostumbrado a ser un cero a la izquierda para ti, pero ella no se lo merece. Es tan solo una niña pequeña.

Tras esas últimas palabras, se apartó de él y se dirigió a su coche. Arrancó el motor y aceleró dejando tras de sí un sentimiento de culpa en el detective.

Tenía razón. No tenía derecho a herir a los demás, aunque él tampoco había pedido que le tuvieran en cuenta para nada. Era algo complejo. La vida en sí lo es. Todo podría haber resultado mucho más sencillo, pero él seguía atascado en el duelo, como si ya no mereciera sentirse vivo.

Aquella noche le costó conciliar el sueño. Después de levantarse a leer un rato, confiando que eso le ayudase a acallar su mente y lograse que le venciera el cansancio, terminó por quedarse dormido a eso de las dos de la mañana.

Lejos de ser reparador, fue un sueño agitado y poblado de pesadillas relacionadas con el caso de Harry Banks.

Tom estaba en la arboleda que se encontraba próxima a la playa.

Desde su posición, podía ver al niño jugando tranquilamente en la orilla de la playa.

Parecía que estaba construyendo castillos con la arena mojada.

Estaba de espaldas al detective, ajeno a todo lo que le rodeaba.

De pronto, este sintió una presencia maligna que se aproximaba hacia el pequeño.

Él quería avisarle, pero no podía. De su garganta no salía su voz, la cual parecía haber sido silenciada de forma misteriosa y extraña.

Intentó moverse, pero le resultó imposible.

Sentía que unos lazos invisibles le sujetaban piernas y brazos.

Se revolvió para desasirse de esa prisión incorpórea.

La sensación era difícil de describir, pero los sentimientos dominantes eran la impotencia y la frustración al ser consciente de que no podría hacer nada para evitar lo que estaba a punto de suceder.

Entonces vio como lo que parecía una persona sin forma definida y sin rostro se aproximaba al pequeño por la espalda sin que este se percatara ni lo más mínimo.

De pronto, unas manos brumosas surgieron de la figura indefinida.

Sujetaban un arma blanca. El filo del cuchillo brillaba con un destello claramente perceptible desde la posición de Tom.

La rabia se apoderó del detective, pero era un sentimiento totalmente impotente e inoperante.

Iba a matarlo delante de sus narices.

No podía evitarlo.

Era incapaz de hacer nada para ayudarle.

Tom gritaba y gritaba, pero no salía ni el menor sonido de su boca. Intentaba moverse una y otra vez, pero seguía paralizado. La rabia y el miedo atenazaban su garganta.

El cuchillo pendía ya sobre el pequeño. Se aproximaba a él lenta e inexorablemente. El hombre sin rostro ni forma miró hacia el detective con unos ojos vacíos. Resultaba tan extraño…

Un humano sin forma humana.

Unas manos sin dedos.

Unos ojos vacíos.

La nada tomando el control.

Aquel ser se llevaba un dedo difuso a la boca y le pedía silencio. La frustración de Beckett iba en aumento. Notó cómo unas lágrimas gruesas brotaban de sus ojos. Entonces, una voz conocida le susurró al oído cuatro palabras que pudo entender a la perfección.

«No es culpa tuya».

Pero él sentía que no era verdad. Tenía toda la culpa del mundo, porque era tan solo un espectador que no hacía nada por impedirlo. Había sido policía precisamente para evitar que sucedieran cosas como esas y, si llegaban a producirse, para atrapar a los responsables y hacerles pagar por ello.

Entonces la voz volvió a hablarle, mientras una mano suave acariciaba su rostro.

«Deja ya de culparte».

Beckett se giró sorprendido.

Había reconocido a quien le susurraba y trataba de calmarle.

Lágrimas pesadas cayeron de sus ojos de forma irremediable.

Era su amada Julia.

Despertó de forma abrupta. Se incorporó en la cama.

Estaba sudando de manera profusa. Con ambas manos, se peinó el pelo hacia atrás.

Sentía un agobio difícil de gestionar. Parecía que le faltase el aire.

¿Estaría sufriendo algún tipo de crisis de ansiedad?

Se recostó sobre el cabecero, con la cabeza hacia atrás. Necesitaba coger un poco de aire.

Pasados un par de minutos, se levantó de la cama.

La casa estaba fría, lo que rápidamente chocó contra el calor excesivo de su cuerpo, haciéndole tiritar.

Se dirigió a la cocina. Tomó un vaso de uno de los estantes y se lo llenó con el agua del grifo.

Se lo bebió casi de un trago. Lo rellenó nuevamente y se sentó a la mesa, sobre la que descansaba el periódico de ayer.

A pesar de que le gustaba leerlo mientras se tomaba el café de la mañana, el día anterior no le dio tiempo más que a echarle apenas un vistazo.

Un mechón de pelo le caía por la frente, hasta casi cubrirle los ojos.

No se lo apartó. Estaba cabizbajo y pensativo, revuelto por la pesadilla truculenta que había tenido.

Los sueños, en ocasiones, parecen tan reales que tienen el poder de atravesar el mundo del inconsciente para dejarnos un regusto amargo durante mucho tiempo cuando despertamos.

No entendía qué quería decir aquel sueño. Aquel hombre tan abstracto que atacaba al niño no tenía rostro ni nada que lo identificara. ¿Era acaso un mal presagio porque no sería capaz de resolver aquel crimen? No podía ni pensar en esa posibilidad. Sabía el daño que aquello le causaría.

«No es culpa tuya».

Las palabras que Julia le había susurrado al oído volvieron a su mente.

Era evidente que la muerte de aquel niño inocente no era culpa suya, pero también tenía claro que si no atrapaba a su asesino o contribuía para que lo lograse la policía, se sentiría responsable y cargaría con esa cruz durante mucho tiempo.

Quizá su mente estuviera previniéndole de que no era buena idea trabajar en una investigación como esa.

No le convenía. Demasiadas implicaciones emocionales.

No obstante, también resultaba una cobardía pensar así.

Cualquiera podría verse desbordado por un caso como aquel, pero alguien tendría que hacer el trabajo.

Si todos escurrían el bulto, entonces ¿quién atraparía a los criminales que de manera cruel sesgan la vida de personas que no merecían morir?

Bebió otro sorbo de agua. Quizá hubiera sido mejor haber tomado un vaso de leche.

Eso siempre le había ayudado a dormir cuando se despertaba en mitad de la noche.

Sin embargo, no era buena idea beber nada más.

Si lo hacía, puede que se pasase el resto del tiempo que quedaba hasta el amanecer con inoportunos despertares para ir al baño.

Regresó a la cama. Durante unos minutos, permaneció mirando al techo. ¿Quién era el hombre sin rostro? Tenía que averiguarlo.

Y para lograrlo, lo mejor era estar descansado.