11 Compartir
P asó por la comisaría con el convencimiento de que lo que iba a encontrar eran obstáculos, excusas e inconvenientes de lo más variopinto.
No es que Tom fuera un agorero, sino que las experiencias previas así lo decían.
No obstante, la suerte estaba de su lado aquella mañana.
El capitán Button no estaba por allí ese día, puesto que tuvo que acudir a un evento que había convocado el alcalde de Carmel con el objetivo principal de recabar financiación y votos para su campaña electoral.
Había lugar para la esperanza.
Enseguida percibió que el ambiente era relajado.
Es algo que sucede, en algunas ocasiones, cuando no se encuentra el jefe apretándole las tuercas al personal.
Beckett saludó a alguno de sus viejos compañeros, con los que cruzó apenas unas palabras.
La mayoría de los agentes llevaban menos años en el cuartel de la policía de Carmel de los que hacía que Tom la había abandonado.
Había acudido allí con un objetivo muy concreto y no quería entretenerse.
—Aprovechando que no está el capitán, me gustaría hablar con quien esté trabajando en el caso del pequeño de los Banks —le dijo a Willy, uno de sus viejos conocidos. Este le miró entrecerrando los ojos y con una sonrisa de medio lado.
—¿Acaso sabías que no iba a estar y por eso te has dejado caer por aquí? —preguntó, con una sonrisa ladina—. Menudo pájaro estás hecho, Tom. Está claro que hay cosas que no cambian, por muchos años que pasen.
—Inocente de todos los cargos, compañero.
Te juro que no tenía ni la menor idea. —No mentía.
Había sido una grata sorpresa no encontrarse con el capitán en sus dominios—.
Ya sabes que no hago demasiado caso a los medios de comunicación, si es que lo han publicado ahí. Imagino que la suerte está de mi lado.
—Supongo que así es, aunque yo tampoco soy de leer las patrañas que se inventan los plumillas del tres al cuarto.
—Así que tengo que hablar con… —dijo el detective, dejando el final de la frase en puntos suspensivos, al tiempo que procuraba reconducir la conversación hacia sus intereses.
Parecía que Willy tenía ganas de hablar, pero él no podía permitirse perder el tiempo.
Tampoco quería ser descortés ni le convenía serlo, puesto que podía necesitar algo en el futuro.
Simplemente quería ser pragmático e ir al grano antes de que a Button se le ocurriese regresar.
—Con Marckusen y con Blasco —respondió, señalando a una pareja de oficiales que se encontraba al otro extremo de la sala.
Se dirigió hacia ellos. Uno se encontraba sentado en su silla de escritorio, mientras que el otro estaba apoyado sobre la mesa con el rostro circunspecto.
Le sonaban sus caras de haberlos visto en la escena del crimen, aunque no había llegado a hablar con ninguno de los dos.
Por tanto, no sabía si estuvieron allí porque eran los que primero pudieron acudir a la llamada, o porque estuvieron al cargo de la investigación desde el primer instante.
—Buenos días, señores. Soy Tom Beckett —les saludó, tendiéndoles la mano.
—Sabemos quien eres. Y según tengo entendido, no le caes muy bien al capitán —señaló Eddy Marckusen con un tono y una expresión herméticas. Era complicado adivinar qué pasaba por esa cabeza en aquel momento.
El detective privado esbozó una sonrisa.
No sabía cómo tomarse esas palabras. No le resultaba sencillo descifrar la expresión del oficial.
Podía ser de los acólitos de Button o, por el contrario, de sus detractores.
Mejor no arriesgarse. Más le valía ir con pies de plomo y no mostrar sus cartas sin más.
—No, supongo que no estoy en su lista de personas favoritas —señaló de la forma más aséptica que pudo.
—Y solo por eso ya nos caes bien —bromeó el otro, con una expresión mucho más abierta. Su cara le transmitía más confianza que la de su compañero.
Beckett se relajó. Era un buen punto de partida. Sabía que el capitán Button no tenía demasiada buena fama entre sus subordinados, pero desconocía quienes podían ser de su cuerda. Aquellos dos, desde luego, no debían de ser de los que le hacían la pelota. Mejor para sus intereses.
—¿En qué podemos ayudarte? —preguntó Jim Blasco, el segundo oficial que había hablado.
—La familia Banks me ha contratado para investigar el asesinato de su hijo y necesito vuestra ayuda.
Antes de nada, quiero dejar bien claro que no es mi intención ni pisar el trabajo de la policía, ni mucho menos dejaros en mal lugar —aclaró de forma vehemente—.
Creo que sería una estupidez pretender algo así, cuando ambas partes podemos beneficiarnos mutuamente.
Lo importante es dar con el cabrón que le hizo eso al pobre crío.
—Estamos de acuerdo en eso. Ahora bien, también vamos a dejarte claro que, si intentas jodernos de algún modo, te pagaremos con la misma moneda —señaló Eddy Marckusen con rostro serio, sin dejar ningún lugar para la duda.
— Touché . Me parece lo más justo.
—Muy bien. Ahora que hablamos el mismo idioma, ¿qué se te ofrece? —preguntó esta vez Blasco.
—Varias cosas, aunque soy consciente de que habrá unas cuantas que podréis compartir, otras que no y otras que, quizá, más adelante.
Y por cierto, yo también traigo información a cambio.
Para que esto funcione, está claro que debe ir en ambas direcciones.
Supongo que en eso también estamos de acuerdo.
Ambos policías asintieron levemente con la cabeza.
—¿Qué tal si nos cuentas tú primero lo que tienes? —sugirió Marckusen con cierta desconfianza. Beckett se dio cuenta de que este oficial, que era el mayor de los dos, intentaba analizarle y descubrir si escondía algún interés espurio.
—Sin problema. Hace dos años, en una visita a la misma playa en la que apareció el cuerpo del pequeño Harry, un hombre se acercó al crío y a su madre de forma poco amigable.
Pasó a relatarle la información facilitada por la esposa de los Banks. Estaba bastante seguro de que desconocían aquel dato. Según le que contó la propia Agatha, tuvo la impresión de que no compartió aquel suceso con nadie.
—Podría estar relacionado con el crimen —observó Blasco mirando a su compañero.
—Podría ser —secundó Tom Beckett—. No lo denunció en su momento, lo que dificulta las cosas, puesto que no tenemos ni la menor idea de quién se trata. Si colaboramos, igual podemos averiguar la identidad de este desconocido. Ahora me toca pedir.
—Adelante —dijo Blasco, quien pareció asumir la voz por parte de las fuerzas del orden. El otro policía observaba con detenimiento al detective privado.
—En primer lugar, quisiera saber si ha habido más casos de desapariciones de niños en el área de Carmel en los últimos doce meses. Incluso ampliaría a todo el condado de Monterey. No me refiero exclusivamente a asesinatos, sino también a niños de los que no se ha vuelto a saber nada.
—Ya estamos investigándolo —respondió nuevamente el policía que se mostraba más comunicativo.
—Perfecto. También me gustaría tener acceso al informe del laboratorio o, al menos, que compartáis conmigo lo que sepáis.
Con el forense tengo pensado hablar, pero por supuesto os agradecería que no le comentaseis nada al capitán.
No quiero meterle en un lío y ya sabemos todos como se las gasta Benjamin.
Me impediría cualquier acceso a la información allí contenida y puede ser crucial.
—Creo que el informe del forense todavía no está —señaló otra vez Blasco. Marckusen se mostraba expectante, mientras era su compañero el que tomaba las riendas. A Tom no se le escapó este hecho. Tenía la sensación de que con Blasco era más fácil cooperar, pues el otro se mostraba más desconfiado.
Resultaba comprensible. Al fin y al cabo, el detective era un agente externo en aquella investigación.
No le conocía de nada. Tom desconocía qué experiencias previas podía haber tenido Marckusen en el pasado.
Todos nos guiamos por las experiencias que hemos tenido en la vida, las cuales definen nuestra personalidad y la forma particular de reaccionar de cada uno.
—No, no está, eso te lo puedo confirmar yo. He hablado hace poco con Allan —aseguró Beckett, con la intención de marcar su posición. Era importante que los policías supieran que tenía contactos y amigos dispuestos a ayudarle.
—Respecto a lo del laboratorio, están en ello todavía. Supongo que todavía les llevará un tiempo, a pesar de que es prioritario —informó Blasco.
—Me hago cargo. Os dejo mi tarjeta para que podías localizarme cuando queráis. Si me pasáis vuestros números de teléfono, será más sencillo cooperar sin pasar por el filtro de la centralita de la comisaría. Así también evitamos que el capitán esté al tanto de todos nuestros movimientos.
Ambos policías le dieron sus números de contacto. Tom se sintió optimista. A pesar de que era consciente de que él era realmente el único que había compartido algo de información, tenía la corazonada de que podría trabajar con aquellos dos oficiales.
Ojalá no se equivocara.