Su último aliento 10 Recapitulando
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10 Recapitulando

N ecesitaba tomar un trago. No se le escapaba que era demasiado pronto para ello, pero no le importó. En aquel momento, el alcohol se le presentaba como una opción asequible y muy a mano como analgésico para sus emociones.

Se dirigió a un bar que se situaba en el centro de Carmel.

Como era habitual en la localidad, había bullicio por las calles.

Pese haber dejado atrás la época estival en la que los turistas colmaban ese bonito pueblo, el ambiente era animado.

Carmel-by-the-Sea era una de esas poblaciones llenas de vida en las que no parece importar el mes que pone en el calendario, pues a sus habitantes les gusta salir.

El bar que eligió no estaba demasiado transitado.

Lo había escogido de manera consciente, puesto que sabía que era difícil cruzarse allí con algún policía de la comisaría que pudiera reconocerle.

No quería darle argumentos al capitán Button para que este pudiera descalificar el trabajo del detective.

No estaba orgulloso de lo que estaba a punto de hacer y todavía menos quería verse expuesto por ello.

Se pidió un Bourbon. El líquido marrón le calentó de forma agradable la garganta.

Cerró los ojos para apreciar el sabor y la textura del licor.

Resulta curioso que las cosas se disfruten más con los párpados cerrados.

Los sabores son más intensos, los aromas más dulces y las emociones más fuertes.

Quería que eso fuera lo único que ocupara su mente en aquel instante.

Necesitaba alejarse del horror que supone la muerte de un niño pequeño.

De vez en cuando, movía el vaso y se fijaba en el rastro del líquido en el cristal siguiendo el ritmo de su mano.

Tenía cierta viscosidad hipnótica que mantenía a raya sus fantasmas.

Centrarse en aspectos tan anecdóticos como aquel le resultaba terapéutico.

Era un modo de desconectar de una realidad demasiado ardua para soportarla.

Por desgracia, el efecto no duraría eternamente y, sin pretenderlo, le asaltaron de nuevo y sin previo aviso las imágenes del crío.

¿Qué pensaría el niño justo antes de su último aliento?

¿Llamó a sus padres con la esperanza aún de que pudieran rescatarlo?

¿Fue consciente de que la vida se le escapaba?

¿Habría sentido miedo? Sí, eso seguro. Experimentaría un tipo de terror al que nadie debería verse expuesto jamás.

Bebió lo que le quedaba de un trago.

Barajó la posibilidad de pedirse otro. Quizá no le viniese mal.

O quizá fuese contraproducente. Entró en el bar con la intención de olvidarse por un rato de los horrores a los que se enfrentaba, pero tampoco quería anestesiar su cerebro hasta el punto de no ser productivo.

Hacía mucho que no bebía, así que sospechaba que su tolerancia al alcohol no era la de antaño.

Mejor no tentar a la suerte.

Mientras se decidía, no pudo evitar que su mente volviese al caso.

Pensó en lo que sabía hasta el momento. No era demasiado.

Tenía más sospechas infundadas que otra cosa.

Ojalá la familia le hubiera contratado desde el instante que detectaron que el niño había desaparecido. Quizá ahora no se vieran en estas.

O quizá estaba siendo demasiado pretencioso.

Por lo que sabía de lo sucedido, la madre acostó al crío como hacía todos los días.

Tenían el ritual de leer a medias un libro antes de dormir.

Harry estaba tranquilo. Nadie había notado en él nada inusual.

Como cada noche, trató de regatear la hora de acostarse, puesto que al día siguiente no tenía cole, pero no le sirvió de nada.

Agatha Banks estaba convencida de que la ventana de la habitación estaba cerrada cuando ella salió, algo que era habitual.

En realidad, de lo que estaba segura era de no haberla abierto, por lo que supuso que no tenía motivos para preocuparse.

De hecho, así la encontró la policía cuando investigaron y no hallaron signos de un allanamiento.

Cuando, a la mañana siguiente, quiso darse cuenta, Harry simplemente ya no estaba.

Le extrañó que no fuese a primera hora a su cama, tal y como solía hacer los días que no había colegio.

Al pequeño le encantaba meterse bajo las sábanas de la cama de sus padres cuando se despertaba.

Al no hacerlo aquella mañana, la madre se dirigió a la habitación del pequeño consternada y un tanto preocupada. Quizás se encontrase enfermo.

Ojalá hubiese sido ese el motivo.

Simplemente ya no estaba.

Tom Beckett no quiso, por el momento, remover esa herida en la madre, viendo el estado tan delicado en el que se encontraba.

Sabía que reconstruir aquel instante paso a paso y con todo lujo de detalles podría ser vital.

Antes o después, tendría que tocar ese palo de manera irremediable.

Mientras tanto, procuraría hablar con alguno de sus viejos colegas en la policía para ver qué le contaban al respecto.

Tal vez las cámaras del exterior de la mansión, si las revisaban nuevamente con más atención, captasen algo relevante que pudiera ser de ayuda para descubrir qué sucedió exactamente.

Le daba mucha rabia la sensación de ir a remolque.

Toda esa información de la que no disponía era una rémora que le mantenía varios pasos por detrás del asesino.

Tendría que apresurarse para ponerse al día.

La rabia se recrudeció en su interior al reflexionar acerca de lo obtuso que podía ser el capitán Button.

Si se aviniese a colaborar, podrían avanzar ambos en la misma línea y, quizá, así tuvieran ya algún posible sospechoso gracias al trabajo policial previo.

A pesar del tiempo transcurrido desde que dejó el cuerpo, sabía que había compañeros que todavía le apreciaban.

Contaba con esa suerte. No obstante, a pesar de ello, debería buscarse las habichuelas e indagar por su cuenta.

No podía meterlos en un compromiso y hacer peligrar sus carreras.

El capitán era demasiado rencoroso y retorcido.

Por otra parte, lo que él hacía no estaba totalmente en línea con el trabajo de la policía de Carmel. De hecho, su éxito podría ser sinónimo del fracaso de las fuerzas del orden de la localidad, lo que no les dejaría bien ante la prensa y ese era un tema que suscitaba ciertos resquemores.

Era comprensible.

Volviendo a la información de la que disponía, había un hecho incontestable que era el eje de la investigación, pues el crío fue secuestrado dentro de su propio hogar sin que nadie se diera cuenta.

Una vez más, era algo osado. Las opciones eran múltiples y variadas.

El niño no chilló pidiendo ayuda, puesto que alguien en la casa le habría oído.

Bien pudo deberse a que conocía a su captor o porque le ofreció algo que no supo rechazar.

También podría ser que le amenazase de algún modo, incluso con hacerle daño a su madre.

Finalmente, podía haberle drogado justo antes de llevárselo, mientras el pequeño todavía dormía ajeno a lo que estaba a punto de sucederle.

Después de tantos días, lo más probable era que en el examen toxicológico no encontraran restos de ninguna sustancia.

Desde ese día, transcurrieron otros cinco hasta que el pequeño apareció con el cuello rajado en la playa.

Cerca de una semana sin que no se hallase ni rastro de él.

Nadie se puso en contacto con la familia y no habían pedido rescate, lo cual parecía descartar el móvil económico.

Sin embargo, cuando recordaba lo que había dicho la madre acerca de aquel hombre que se acercó a ella y a su hijo dos años atrás acerca de que Gregory Banks le había arrebatado todo, podía implicar que el motivo raíz estuviera relacionado con el dinero.

No cuadraba.

Le parecía una teoría incompleta.

Si fuera así, en algún momento habría tratado de que le devolvieran lo que le habían robado. Habría puesto precio a la vida del niño, salvo que lo que le sustrajeron fuera precisamente su propia familia o algo que para él tuviese un valor sentimental.

¿Qué les quiso decir entonces?

¿Cuál era el mensaje detrás de aquella frase?

Tampoco podía descartar que se tratase de algo aleatorio.

Quizá el asesino eligió a Harry Banks de forma no premeditada.

Podía haber acudido cualquier día al centro de Carmel o a la puerta del colegio sabiendo que habría niños allí y buscar a un objetivo.

Quizá Harry fue quien se puso más a tiro sin saberlo por algún motivo que solo tendría sentido en la mente del asesino.

Algo captó su atención y lo convirtió en su presa.

En ese caso, en función de lo que dijera la autopsia acerca de si el niño sufrió o no abusos sexuales, tendría que buscar un tipo u otro de criminal.

Podría ser uno que simplemente disfrutaba matando u otro que lo que buscase fuera una satisfacción de tipo erótico.

Cualquiera de las opciones le parecía francamente repugnante.

Decididamente, no podía permitirse el lujo de beber ni una sola copa más.

Necesitaba tener sus sentidos al cien por cien y la mente despejada.

Se había permitido un momento de debilidad, porque era humano y no era inmune al sufrimiento ajeno.

Pidió la cuenta y salió del local sin pensárselo dos veces.

A partir de ese instante, no se lo permitiría otra vez hasta resolver el caso.

Se acabaron las debilidades por su parte.

Sabía que ya no podía devolverles su hijo a aquellos padres, pero podía intentar proporcionarles un mínimo consuelo.

Era fundamental que cerrasen aquella herida lo antes que fuera posible.

No descansaría hasta resolver aquel misterio.

Además, si no lo hacía, podría suceder que otros niños estuvieran en peligro y sus familias ni siquiera se atrevieran todavía a imaginarlo.